La votación más política de la ONU ya se acerca. Los próximos 27 y 28 de octubre, la Asamblea General votará la resolución no vinculante que busca poner fin al bloqueo estadounidense contra Cuba, impuesto a principios de la década de 1960. Desde que se implementó esta votación, casi la totalidad de los miembros ha votado a favor, y solo Estados Unidos e Israel se han opuesto sosteniendo la medida criminal que Washington mantiene contra el pueblo cubano.
Pero este año tiene un ingrediente nuevo: la desesperación de un imperio en decadencia y la necesidad de un secretario de Estado que busca en Cuba un trofeo político.
Uno de los momentos más históricos ocurrió durante la presidencia de Barack Obama, cuando, tras una serie de negociaciones, tanto Estados Unidos como Israel se abstuvieron de adoptar una posición coercitiva. Totalmente contraria es la actitud del segundo mandato de Trump, que, sostenido en su política exterior de extorsión, logró que siete países votaran en contra y al menos doce se abstuvieran. Es la negativa más alta de la historia, y se enmarca en la consolidación del Escudo de las Américas, esa arquitectura de tutela militar que Washington impone sobre la región.
El proceso actual se encuentra en un punto de alta tensión diplomática. El gobierno cubano ha denunciado públicamente que la administración estadounidense, encabezada en el ámbito diplomático por el secretario de Estado Marco Rubio y el embajador ante la ONU, Mike Waltz, ha ejercido presiones y “chantajes inéditos”: amenazas de aranceles, restricciones de visados y hasta la ruptura de relaciones diplomáticas sobre diversos países para fragmentar el bloque de apoyo histórico a la isla. “Con sus reiteradas mentiras y nuevas acciones, Rubio intenta silenciar el acto de castigo colectivo que comete contra el pueblo cubano y hacer cómplice de esa barbarie al resto de la comunidad internacional”, denunció el canciller cubano, Bruno Rodríguez.
Vale aclarar que la votación de la ONU contra el bloqueo puede tener peso político, pero solo el Congreso de Estados Unidos puede levantar el embargo de la era de la Guerra Fría. Rubio lo sabe. Waltz lo sabe. Trump lo sabe. Por eso no buscan un resultado real: buscan un espectáculo. Buscan demostrar que pueden doblegar a la comunidad internacional con chantajes, amenazas y lobby clandestino.
Paralelamente, Rubio y Waltz se han empeñado en convertir la sede de Naciones Unidas en un espacio de lobby anticubano, en total contravención de las normas que rigen el uso de las instalaciones de la ONU. El Ministerio cubano de Relaciones Exteriores denunció que, durante un encuentro realizado en la sede, el diplomático describió la iniciativa como una “reunión clandestina absolutamente ajena a la agenda de la ONU” y lamentó que la Secretaría de la organización no impidiera su realización, pese a las reiteradas advertencias de la delegación cubana.
Ante la vislumbrante decadencia de los republicanos y la baja aceptación de su política interna, el factor Cuba siempre llega como un salvavidas. En este caso, significaría promover el legado de Trump, que cada vez se ve más opacado. Para Trump, Cuba no es un problema de derechos humanos: es su trofeo imperial. Y Rubio, su ejecutor, está dispuesto a todo para entregárselo. Aunque para ello tenga que violar las normas de la ONU, chantajear a medio mundo y convertir la Asamblea General en un circo.
La pregunta no es si la resolución se aprobará. Se aprobará, como siempre. La pregunta es qué queda de la credibilidad de Estados Unidos cuando su secretario de Estado convierte la diplomacia en extorsión. Y la respuesta, para Washington, es que cada voto en contra del bloqueo también significa un voto contra la política imperial y que demuestra que Cuba no está sola.
Fotografía: Diario Red












