El gobierno de Estados Unidos renovó un año más la «Ley de Comercio con el Enemigo», un instrumento de 1917 que ha sido usado por más de seis décadas para legalizar el bloqueo económico, comercial y financiero sobre Cuba.
Se trata de una legislación concebida para la guerra, única en su tipo, que le otorga al presidente de Estados Unidos la facultad para restringir el comercio con países «hostiles» y aplicar sanciones económicas en tiempo de guerra «o en cualquier otro período de emergencia nacional«. Solo se aplica con Cuba y ha sido renovada, cada año, por 12 presidentes de Estados Unidos —seis demócratas y seis republicanos— desde 1962.
La Asamblea General de la ONU ha votado 34 veces y por contundente mayoría en contra del bloqueo. Cada año, desde 1992, los países que forman las Naciones Unidas rechazan la imposición unilateral del imperio sobre un país que no ha dado al mundo otra cosa que solidaridad. Pero cada año, desde 1992, Estados Unidos ejerce su derecho de veto contra la resolución de la Asamblea General.
En julio pasado, Washington volvió a tener una derrota diplomática en el tema. Después de semanas de presión documentada del Departamento de Estado que encabeza Marco Rubio para impedir que el tema llegara al plenario —un debate urgente solicitado por Cuba que Washington intentó frenar dos veces—, la Asamblea General de las Naciones Unidas autorizó la discusión, con una mayoría contundente de 136 votos a favor, 30 abstenciones y 9 en contra, entre ellos Estados Unidos, Israel y Argentina.
Pero, ¿de qué sirve la diplomacia en tiempos de guerra?
El bloqueo no es una abstracción jurídica. Es hambre. Es enfermedad. Es muerte. La Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos ha alertado del «deterioro de las condiciones humanitarias» en Cuba: la mortalidad infantil se ha duplicado a 9,9 por cada mil nacimientos, la supervivencia al cáncer infantil ha caído del 85% al 65%, y más de 100 mil intervenciones quirúrgicas han sido pospuestas por la grave escasez de medicamentos y material médico.
La crisis energética, agravada por el bloqueo petrolero impuesto por Trump el 29 de enero de 2026, ha dejado a La Habana y provincias con apagones de hasta 22 horas diarias. En cinco meses, Cuba recibió solo uno de los ocho petroleros mensuales que necesita. Las mujeres embarazadas, los niños, los enfermos crónicos: todos pagan el precio de una política que el gobierno cubano ha calificado de «genocida». Congresistas estadunidenses lo han llamado también una Gaza silenciosa.
Este martes, una vez más, el canciller cubano Bruno Rodríguez condenó enérgicamente la decisión del gobierno de Donald Trump de extender el bloqueo por un año más, hasta septiembre de 2027. Estados Unidos intenta «asfixiar a una nación entera», dijo. Y declaró: Cuba no es una amenaza. El bloqueo sí.
Sin embargo, el mundo observa. O más precisamente: el mundo mira hacia otro lado. El rechazo en la ONU no salva vidas. Algunos gobiernos, como el de México, envían puntualmente ayuda humanitaria básica, pero aún es insuficiente, se requiere un apoyo estratégico para solventar las carencias que ponen en peligro la vida de 10 millones de personas y la existencia misma de Cuba, un país que ha sido potencia deportiva, científica, educativa y solidaria. Los 26 mil niños de Chernóbil que recibió y atendió en Tarara durante el llamado período especial (que tenía de especial solo el nivel de brutalidad de Estados Unidos) son solo una muestra.
La pregunta es: ¿por qué el silencio? ¿Por qué cuando Estados Unidos anuncia sanciones económicas sin precedentes a Irán el mundo no le sigue en esa locura delirante? ¿Por qué Europa se niega a llevar barcos militares al estrecho de Ormuz pero acepta que queden varados en el Caribe 7 mil contenedores con insumos para Cuba? ¿Por qué, cuando se trata de Cuba, el mismo mecanismo para defender la soberanía se torna en una suerte de indiferencia tolerante? Como con Palestina. O con Venezuela. O Haití. O Congo. La comunidad internacional usa un rasero distinto para cuando se trata de un país que tiene aliados poderosos, como China, con quien nadie en estos días se quiere enemistar.
Cuba no es una amenaza para nadie. Cuba es un país que ha sido víctima de la medida coercitiva unilateral más prolongada de la historia contemporánea. El bloqueo no es una política de presión multidimensional que busca asfixiar económicamente a Cuba. Y sin embargo, la comunidad internacional trata este genocidio silencioso como si fuera un asunto menor, una disputa comercial, un problema de «los cubanos» y su «régimen», porque no hay que olvidar que el primer pretexto para el bloqueo es la democracia.
Poner freno al bloqueo requiere algo más que valor para desafiar al imperio. Requiere audacia, imaginación política y la decisión de no ser cómplices de una infamia.
Cuba resiste. Lo ha hecho durante más de seis décadas. Pero la resistencia no es un deber exclusivo de las y los cubanos. Todos los países que han votado contra el bloqueo están obligados a hacer algo más que solo discursos en la Asamblea General de la ONU y alguna «ayuda humanitaria». Están obligados a presionar para que se cumpla el mandato, repetido cada año, de poner freno al bloqueo irracional.
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