Diario Red

El derrumbe de la Revista Proceso

La revista Proceso fue, durante varias décadas, la catedral del periodismo mexicano. Hoy, de esa catedral solo queda escombro sintético

Por: Leonardo Toledo Garibaldi

El semanario Proceso fue durante décadas la referencia, una institución nacional que era sinónimo de periodismo. Fortaleció su prestigió resistiendo golpes, amenazas, boicots, intentos de soborno, grillas internas y descalificación permanente, pero sobre todo lo construyó con periodismo, con los mejores reporteros, los mejores fotoperiodistas y los mejores analistas. También tenía unos muy medianos, hay que decirlo, otros muy veletas, pero todo ello le permitía presumir de pluralidad y diversidad de visiones.

Reviso la hemeroteca personal. Encuentro números de los 90, todavía dirigidos por don Julio Scherer García. El papel couché de sus interiores ya parece papel cultural por el paso del tiempo, el humo y la humedad de las montañas. Los reporteros que firman las notas sobre el EZLN, el PRI-Gobierno salinista, el Tigre Azcárraga y el PRD de Cuauhtémoc Cárdenas tienen nombres como Pascal Beltrán del Río, Francisco Ortiz Pinchetti, Carlos Puig, Gerardo Galarza, Gerardo Albarrán de Alba, Sanjuana Martínez, Álvaro Delgado, Carlos Marín y Ricardo Ravelo. Tienen corresponsales en Acapulco, en Oaxaca, en Ciudad Juárez, en Chetumal, en Guadalajara, en Monterrey, en San Cristóbal de Las Casas, en Veracruz y en Villahermosa. Hay columnas y artículos de opinión de Froylán M. López Narváez, Heberto Castillo, Jorge Castañeda, Carlos Monsivais, Carlos Castillo Peraza, Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze, Fernando del Paso y José Emilio Pacheco (con su columna “Inventario” que firmaba nada más con sus iniciales). Las pequeñas columnas del final eran un gozo, pues tenían a Raquel Tibol escribiendo de arte, José Antonio Alcaraz hablando de música, Víctor Hugo Rascón Banda de teatro, Roberto Ponce de cultura, Florence Toussaint de televisión y Francisco Ponce de deportes. Sin olvidar los siempre geniales cartones de Naranjo y Efrén y, por supuesto, el Boogie de Fontanarrosa.

Resulta curioso pensar que en esos tiempos esa era la revista de las izquierdas. Si quienes siguen en activo se juntaran el día de hoy en una nueva revista, su orientación sería sin duda de derechas, con un par de colaboradores “zurdos” para simular diversidad.

Proceso era un lugar donde se hacía periodismo. Se contrastaba, se buscaba, se documentaba, se entrevistaba. Viajaban persiguiendo la nota, verificaban el dato, investigaban a fondo.

Pero sin duda Proceso era un lugar donde se hacía periodismo. Se contrastaba, se buscaba, se documentaba, se entrevistaba. Viajaban persiguiendo la nota, verificaban el dato, investigaban a fondo, siempre dando la nota semanal que se discutiría los lunes en reuniones y pasillos. Era, si se me permite la comparación irreverente con ambos, la catedral del periodismo mexicano.

De esa catedral no quedan más que ruinas. Pero quiero aquí narrar su construcción y su debacle.

Los cimientos de esa catedral, que vencerán el tiempo, están hechos de historia, ese trayectoria que recorrió aquel grupo de editores y reporteros del Excelsior primigenio, que se enfrentó al presidente Echeverría, ese de Tlatelolco, el de la Guerra Sucia, el promotor de la tortura y la desaparición desde la DFS. En aquel Excelsior, bajo el mando de Scherer, se opusieron al tirano los periodistas Eduardo Deschamps, Gastón García Cantú, Miguel Ángel Granados Chapa, Abel Quezada, Vicente Leñero, Froylán López Narvaez y muchas personas más. Resistieron hasta que fueron vencidos desde la entraña, por aquel caballo de Troya que ellos mismos crearon (aquella historia de los cooperativistas que operaron para Echeverría, con consciencia o sin ella, para silenciar un medio que le resultaba incómodo al poderoso. Seguramente más de uno en la actualidad podría aprender valiosas lecciones de aquel episodio).

Hay una foto de Juan Miranda donde ese grupo camina por la calle luego de ser expulsados de su periódico aquel 8 de julio de 1976. Es el inicio de una odisea que emprendieron, a veces en los mismos barcos y otras con naves y rutas distintas, en las que se lanzaron a explorar y a fundar revistas, periódicos, escuelas y partidos. La gran pelea por la libertad de expresión y, por tanto, de la democracia en México, está tallada en esos cimientos, con los nombres de toda esa generación de obcecados irredentos.

La gran pelea por la libertad de expresión y, por tanto, de la democracia en México, está tallada en esos cimientos, con los nombres de toda esa generación de obcecados irredentos.

Sobre esos cimientos se levantaron columnas que sostenían los grandes muros de la catedral. No estaban hechas de grandes nombres propios, sino de ideas. La idea de una red de corresponsales y reporteros con mirada crítica y trabajo en terreno; la idea de una plantilla de editorialistas que no solamente explicaran sino que marcaran línea; la idea de hacer escuela (varias generaciones de estudiantes de periodismo y comunicación aprendimos los géneros básicos con el manual que salió de Proceso); la idea de construir una agencia de noticias mexicana, la idea de darle fuerza a la imagen, al fotoperiodismo, hacer de la fotografía en portada su principal editorialista.

Esos eran los pilares, los soportes sobre los que se construyó la catedral. Claro que también había fuertes muros, cada uno de ellos construido con sólidos ladrillos: formadores, diseñadores, impresores, personal administrativo, las personas de comercialización que muchas veces tuvieron que cambiar su alma o bajar al infierno (y quedarse ahí a vivir), los distribuidores, los voceadores, los detractores que servían de contrafuerte promocional.

El tejado, la enorme cobertura la constituyeron lectores y suscriptores. Eran su legitimidad, su firme, su losa, su paro y no pocas veces su fuente. Tal vez de ahí surgieron también esos anunciantes que hoy suenan demasiado raro para un medio de esas dimensiones. En esos mismos números consultados de la década de los 90, el dr. Jorge Guillén anunciaba sus servicios de microtransplante de pelo, el dr. Carlos A. Mora y su asistente Paola Mora Sánchez te invitaban a lucir tu mejor sonrisa, con presupuesto gratis, facilidades de pago y excelente atención en su consultorio de odontología integral, mientras que el Hostal de los quesos, pioneros en servicio a domicilio, presumían ser “simplemente los mejores tacos de México”. Algunos anuncios no tienen sentido para las generaciones actuales, como el de la empresa Sinc, S.A. que ofrece transfers ¾ y VHS de NTSC a PAL/SECAM.

Esas portadas que a veces competían con The New Yorker y a veces con el Alarma. Pero casi siempre era imposible permanecer indiferente ante ellas.

O todos los que participaban en “Palabra de lector”, desde los directores de cine peleando sus derechos con los dueños de videoclubes hasta el agregado de prensa de la embajada de Estados Unidos de América que manda una carta donde califica una nota firmada por Sanjuana Martínez como “pseudonoticias”.

Por último, la fachada. Esas portadas a veces magistrales y a veces indescifrables, que al menos una vez en cada sexenio hicieron enojar a todos los presidentes de México en los últimos 50 años. Esas portadas que a veces competían con The New Yorker y a veces con el Alarma. Pero casi siempre era imposible permanecer indiferente ante ellas. La portada era su marca distintiva, su cara más visible, su editorial al paso. También debió ser, no lo dudo, instrumento de negociación, ariete que abría las carteras para esos anuncios a plana completa de gobiernos estatales y dependencias federales.

Fue también una portada la que les hizo perder simpatías, suscriptores y pauta gubernamental.

La debacle

Los muros y las columnas cayeron lentamente. Luego del retiro simultáneo de don Julio Scherer, Vicente Leñero y Enrique Maza en noviembre de 1996 el semanario entró en un periodo de inestabilidad y extravío. Se nombró una coordinación colectiva de seis personas: Francisco Ortiz Pinchetti, Gerardo Galarza, Froylán López Narváez, Carlos Marín, Carlos Puig y Rafael Rodríguez Castañeda (no sé por qué pensaron que un sexunvirato tendría más posibilidades de éxito que los triunviratos, que históricamente han demostrado que funcionan bien solamente cuando dos de los tres triunviros están muertos). Según Francisco Ortiz Pinchetti esa dirección colectiva resultó “aberrante” y solamente propició la ruptura interna. Dos años después el sexunvirato ya era cuadriunvirato, y de esos cuatro, solamente tres eran del sexteto original.

Al final quedó como director único Rafael Rodríguez Castañeda. Los otros seis optaron por el exilio. Ya como director decidió renovar los muros, contrató sangre nueva de reporteros y corresponsales, así como un cambio de editorialistas. Se fueron los Krauze y los Aguilar Camín, llegaron Denise Dresser, Ernesto Villanueva, Carlos Montemayor, Enrique Semo, Jaime Martínez Veloz, Anabel Hernández, Javier Sicilia, Ariel Dorfman, Marta Lamas, John M. Ackerman, Víctor Flores Olea, Germán Martínez Cázares, Sabina Berman, Jenaro Villamil, Jorge Volpi y el maestro Miguel Ángel Granados Chapa. También apareció el MonoSapiens, de los moneros Helguera y Hernández.

Una revista que construyó su prestigio mediante el reportaje y el fotoperiodismo terminó recurriendo a imágenes sintéticas para expresar su opinión política.

Los exiliados de esa etapa se fueron muy enojados. Como si Newton tuviera razón, mientras Rodríguez Castañeda se inclinaba más hacia la izquierda, ellos se volvían más de derecha, hasta llegar a su versiones actuales. En 2006 fue despedida Sanjuana Martínez, quien demandó a la revista y ganó el juicio en 2015, aunque la enemistad sigue y sigue.

En 2020 Rodríguez Castañeda fue removido de la dirección y ocupó su lugar Jorge Carrasco, con una línea más de confrontación con el gobierno de López Obrador. Una portada alarmista sobre el manejo de la pandemia marcó el inicio de la guerra entre el presidente y el semanario. Les retiraron las pautas publicitarias oficiales y Proceso comenzó a replicar todas y cada una de las posiciones de la oposición, enfundadas en la frase “Proceso siempre ha criticado al poder”.

Ante la crisis económica derivada de la falta de publicidad oficial, la dirección decidió derribar el tejado, cambiar los muros de adobe por tablaroca y llenar sus columnas de agujeros. “Dejaron ir” a muchos colaboradores, analistas, fotógrafos, reporteros y corresponsales. Cambiaron el enfoque de sus reportajes, que dejaron de ser de fondo para convertirse al click bait. Los reporteros de carrera fueron reemplazados por becarios sin trayectoria. La catedral del periodismo mexicano se caía a pedazos.

El triste fallecimiento del director del departamento de fotografía, Marco Antonio Cruz, en abril de 2022, significó el fin de una era de fotoperiodismo de calidad y la llegada de una nueva generación de fans del Photoshop. Las portadas dejaron de ser grandes fotos que sintetizaban los sucesos más importantes de la semana y comenzaron a ser fotomontajes que acomodaban la realidad a la nueva línea editorial. Sin muros, sin columnas y sin tejado, la fachada era lo único que quedaba de la vieja institución, pero cada vez era más de cartón y utilería.

La portada del número de junio de 2026 (ahora mensual) es una declaración de derrota. El derrumbe definitivo de la catedral periodística.

La imagen generada mediante inteligencia artificial no aporta información nueva. Tampoco revela un hecho desconocido ni devela un acontecimiento. No hay ahí evidencia alguna ni un momento memorable. No es fotoperiodismo. Simplemente convirtieron en ilustración uno de los hashtags políticos más repetidos de los últimos años. Es propaganda transformada en diseño, en ilustración chafa.

Este noviembre la revista Proceso cumplirá 50 años. La extinción de su legitimidad y de su opción por el periodismo no necesariamente significa el fin de su existencia material.

Llevo varias semanas no soportando los artículos de un analista de Proceso. Están escritos con el más puro estilo de los textos generados en ChatGPT. Igual y así ha sido siempre su estilo de escribir y la IA se lo copió.

No lo soporto porque me parece uno de los mejores analistas en su tema. Pareciera que usa un prompt básico, y que copia y pega sin rubor, sin revisarlos. Pareciera también que en la redacción nadie se detiene a corregirlos, nadie se anima a quitarle aunque sea una de sus muchas oraciones adversativas. Pero insisto, igual y así ha escrito siempre y no lo había notado. No es IA, es su estilo.

No lo sé, pero un medio que escribe con IA, que ilustra con IA, no está haciendo trabajo periodístico. Reporteros, analistas e ilustradores que en lugar de buscar evidencia la dibujan, la inventan. Una revista que construyó su prestigio mediante el reportaje y el fotoperiodismo terminó recurriendo a imágenes sintéticas para expresar su opinión política. En el caso de la portada ni siquiera es su opinión, es un hashtag inflado por granjas de bots desde hace tres años.

No es que hagan falta fotos. Los sindicatos hacen fotos y videos. Los estudiantes en paro hacen fotos y videos. Los movimientos indígenas hacen fotos y videos. Tal vez las organizaciones de derechos humanos y la academia crítica con el actual gobierno no hacen tantas fotos ni tantos videos, pero algo hacen. No hacen falta fotos, pues.

No es un problema con las nuevas tecnologías, hay que usar las herramientas disponibles. Pero si tu solución tecnológica está planteada para ahorrarte una lanita, lo que te mueve no es la innovación, sino que estás escarbando en tu ruinas para recostarte entre ellas.

Este noviembre la revista Proceso cumplirá 50 años. La extinción de su legitimidad y de su opción por el periodismo no necesariamente significa el fin de su existencia material. Ahí seguirá mientras le sirva a los intereses que ahora la sostienen y mientras pague los sueldos de sus cada vez menos trabajadores. Pero ya no es una catedral, ya no tiene pilares ni grandes muros, ya no hay un tejado que la cubra, la fachada es una simulación, una ocurrencia convertida en ruido aleatorio vectorizado y pixelado.

Por azares del destino, también en un mes se cumplen 50 años del golpe a Excelsior. Los cimientos que se construyeron después de ese golpe sostienen a todo el país, a todas sus luchas y sus victorias. Los gigantes que los construyeron que aparecen llorando en la foto de Juan Miranda nos sostienen en sus hombros a todas, todos y todes.

Como dijo el poeta Sabines. “¡A ver qué imagen haces de tí mismo con los pedazos que recoges de tu sombra!”.

Foto: Diario Red

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