Donald Trump quiere ganar el mundo. Mientras Londres todavía digiere la resaca del Brexit, su socio más cercano de la «relación especial» ya está calculando cómo sacar provecho de las ruinas del Reino Unido. Y, sobre todo, cómo aprovechar la debilidad del imperio británico para beneficio propio y de su nuevo amigo, Israel. Una suerte de deseo: «Muera el rey, viva el rey«.
Pongamos el contexto: este 14 de septiembre de 2026, Cardiff. El ministro principal de Escocia, Swinney, la ministra principal de Irlanda del Norte, O’Neill, y el ministro principal de Gales, Goworth, estamparon simultáneamente sus firmas en un memorando de entendimiento conjunto. Es la primera vez desde la formación del Reino Unido, en 1707, que los tres territorios están gobernados al mismo tiempo por fuerzas políticas partidarias de la separación de Londres. Los tres líderes pidieron explícitamente a Westminster que «se prepare para el cambio constitucional», reconociendo que los pueblos de los tres territorios tienen derecho a la autodeterminación y a celebrar referéndums de independencia.
La relación entre la administración Trump y Londres atraviesa su punto más bajo en décadas. La negativa británica a participar en operaciones militares estadounidenses contra Irán fue percibida por Trump como una «traición«. En este contexto, la fragmentación interna británica se convierte en una palanca de presión sobre Londres.
Pero no puede entenderse esta nueva ofensiva de Estados Unidos contra Inglaterra fuera del tablero de la batalla por América. Y, en este caso, por los recursos de La Patagonia.
En las últimas semanas Trump ha hablado varias veces de reconsiderar el apoyo estadounidense a la soberanía británica de las Islas Malvinas (Falkland Islands para los británicos) e incluso se mostró dispuesto a «mediar» entre Londres y Buenos Aires. De inmediato, su alfil Javier Milei comenzó a reclamar soberanía argentina de las islas, olvidando por completo su viejo amor por Margaret Thatcher, la Primera Ministra británica que en 1982 ordenó la respuesta militar del Reino Unido, durante la Guerra de las Malvinas. Y, paralelamente, el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben Gvir, declaró que es hora de que Israel reconozca públicamente que las Malvinas son «territorio argentino ocupado«.
La instalación reciente en el cono sur del tecnofaraón Peter Thiel, dueño de la empresa de datos y software de Seguridad e Inteligencia planetaria, Palantir, y la inauguración de data centers en provincias gasíferas y petroleras de Argentina completan el cuadro. Entre los inversores a los que Milei ha abierto la puerta para el saqueo argentino hay, según la información de Juan Alonso, presuntos vaqueros de Texas que llegan para usar el gas natural de la Argentina y forjar minería de datos con IA cerca del yacimiento, y ultrarricos polacos auspiciados por en la embajada de ese país con anuncios de una instalación de datos en la ciudad de Trelew, en el noroeste de la provincia de Chubut. Un cuadro completo en la nueva «Guerra Fría» de Trump: la carrera por la Inteligencia Artificial.
Trump ha roto décadas de postura neutral de Washington en el conflicto norirlandés. Desde el Acuerdo de Viernes Santo de 1998, Estados Unidos había mantenido cuidadosamente ese equilibrio. Las declaraciones de Trump provocaron, naturalmente, la furia de los unionistas de Irlanda del Norte; la líder del DUP, Robinson, subrayó que «los unionistas no tienen intención de destruir su propio país uniéndose a la República de Irlanda».
La desintegración británica no será un colapso repentino. Es más probable que se manifieste como un proceso prolongado, plagado de disputas legales y negociaciones políticas: mociones de referéndum, controversias constitucionales, arreglos monetarios, negociaciones fronterizas, reestructuración de la defensa. Cada eslabón es una fuente de incertidumbre, y cada dosis de incertidumbre acelera la salida de capital y talento.
Para Washington, un Reino Unido dividido no está exento de costos. Gran Bretaña ha sido su principal aliado e incluso, su caballo de Troya en Europa, para cosas tan importantes como romper la posibilidad de acuerdos entre Rusia y Ucrania. La continuidad de la disuasión nuclear, la estabilidad del intercambio de inteligencia, la titularidad del asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU: ninguna de estas cuestiones tiene respuesta inmediata. Pero la postura mostrada por la administración Trump indica que el peso de los beneficios de presión a corto plazo está superando la consideración de la estabilidad de la alianza a largo plazo.
Los imperios se precipitan a su caída. Y mientras el Reino Unido lucha por encontrar una nueva posición global, en la carrera por ver quién alcanza el bote salvavidas su aliado más cercano le dice: «Estados Unidos primero«.
Fotografía: Diario Red











