La ofensiva militar encabezada por el presidente en funciones de Estados Unidos, Donald Trump, en coordinación con Israel, contra Irán ya tiene consecuencias directas en la economía mundial: los precios del petróleo se dispararon y el suministro internacional de gas natural enfrenta presiones crecientes.
Tras el inicio de la denominada “Operación Furia Épica” y la posterior respuesta iraní con bombardeos en la región, el crudo registró un alza de hasta 13% en una sola jornada, superando los 82 dólares por barril, su nivel más alto desde enero de 2025. La volatilidad responde a la incertidumbre sobre el suministro energético en una de las zonas más estratégicas del planeta.
La escalada se profundizó luego de los ataques que derivaron en la muerte del líder supremo iraní, Alí Jameneí, y parte de la cúpula militar. En respuesta, Teherán lanzó ofensivas contra Israel y contra países del Golfo con presencia militar estadounidense, ampliando el riesgo regional y elevando las alertas sobre infraestructura crítica.
En este contexto, Qatar detuvo temporalmente la producción de gas natural licuado (GNL) tras afectaciones en instalaciones vinculadas a QatarEnergy, mientras que Saudi Aramco ordenó el cierre preventivo de la refinería de Ras Tanura, la mayor de Arabia Saudita, con capacidad de procesamiento de 550 mil barriles diarios. Aunque descritas como medidas de seguridad, estas decisiones reflejan la vulnerabilidad del sistema energético regional ante una escalada militar.
El punto neurálgico es el estrecho de Ormuz, corredor marítimo por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo comercializado en el mundo y volúmenes significativos de gas. Cualquier interrupción sostenida en esa vía estratégica impacta directamente en la cadena global de suministro, desde Asia hasta Europa y América Latina.
De acuerdo con reportes de la Agencia Internacional de Energía y análisis de mercado difundidos por S&P Global, escenarios de escalada militar en el Golfo Pérsico tienden a provocar alzas inmediatas en el crudo, incremento en las primas de riesgo del transporte marítimo y presión sobre contratos de gas natural licuado. La alteración parcial del flujo en rutas estratégicas puede traducirse en volatilidad prolongada y efectos inflacionarios en economías dependientes de importaciones energéticas.
Además del encarecimiento inmediato, el conflicto introduce riesgos estructurales: renegociación de contratos de largo plazo, aumento en costos logísticos, mayores seguros para buques tanque y presión sobre mercados eléctricos que dependen del gas importado. En un escenario de prolongación del conflicto —ante la advertencia de una posible “gran oleada” de ataques adicionales por parte de Washington— la incertidumbre podría consolidarse como un factor permanente en los mercados energéticos.
Así, lo que comenzó como una operación militar focalizada entre Estados Unidos, Israel e Irán se ha convertido en un factor determinante para la estabilidad energética global. Los movimientos en el campo de batalla ya se reflejan en los precios internacionales y podrían trasladarse pronto a combustibles, electricidad y costos de transporte en múltiples regiones del mundo.
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