El gobierno de Estados Unidos lanzó una nueva ofensiva política contra Cuba al acusarla de encabezar durante casi siete décadas una campaña de espionaje y subversión dentro de territorio estadounidense. El señalamiento fue difundido por el Departamento de Estado bajo la conducción de Marco Rubio, sin presentar nuevas pruebas públicas que permitan comprobar de manera independiente las acusaciones.
El informe, de aproximadamente 100 páginas, afirma que La Habana habría logrado infiltrarse en las principales instituciones de Estados Unidos, reclutar generaciones de activistas y respaldar movimientos identificados por Washington como parte del “terrorismo de izquierda”. El documento recupera señalamientos históricos de las agencias estadounidenses y los presenta como una amenaza vigente contra la seguridad nacional.
La publicación ocurre mientras el gobierno de Donald Trump mantiene una política abierta de presión contra Cuba y no descarta promover un cambio de régimen en la isla. Trump incluso ha asegurado que Estados Unidos podría tomar el control del país caribeño casi de inmediato, mientras Marco Rubio endurece su discurso contra La Habana y considera insuficientes sus reformas económicas.
Washington omite su historial de bloqueo e intervenciones
El informe presenta a Cuba como responsable de una prolongada guerra encubierta, pero deja en segundo plano las acciones ejecutadas por Washington desde el triunfo de la Revolución de 1959. Estados Unidos impuso sanciones económicas, promovió la invasión fallida de Bahía de Cochinos y participó en planes para asesinar a Fidel Castro, además de desplegar operaciones clandestinas contra la influencia cubana en América Latina.
El bloqueo estadounidense, vigente desde la década de 1960, continúa limitando el acceso de la isla a recursos financieros, combustibles y mercancías esenciales. A esta política se añadió recientemente un bloqueo petrolero de facto que agravó la escasez de combustible, afectó el transporte público y aumentó las dificultades económicas de la población cubana.
Aunque utiliza un lenguaje alarmista, el informe no anuncia nuevas sanciones ni medidas concretas contra La Habana. En cambio, señala a organizaciones estadounidenses de izquierda y solidaridad con Cuba, mientras Marco Rubio presenta a la llamada “extrema izquierda” como una amenaza mundial. El documento concluye con una acusación contra la “civilización occidental”, una narrativa que revive la lógica de la Guerra Fría para justificar mayor presión sobre Cuba.
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