El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, volvió a dejar en claro la postura de la Administración Trump hacia Cuba, mostrando un énfasis marcado en el cambio de régimen como condición para cualquier mejora en las relaciones bilaterales.
Durante su comparecencia ante el Senado, Rubio dejó entrever que Estados Unidos desea un cambio político en la isla, pero trató de suavizarlo al indicar que eso no significa que Washington vaya a provocarlo directamente. Sin embargo, sus palabras reflejan la continuidad de una política de presión económica y política, que utiliza la ley del embargo como mecanismo de coerción y condiciona cualquier alivio a un cambio de gobierno en La Habana.
Rubio vinculó esta postura con los recientes acontecimientos en Venezuela, donde la captura del presidente Nicolás Maduro ha dejado a Cuba sin su principal proveedor de petróleo, lo que según Estados Unidos, aumentará la presión sobre la economía cubana y podría acelerar el deseado cambio de régimen. Esta narrativa refuerza la idea de que la política estadounidense hacia Cuba se centra más en la presión y el castigo que en la cooperación o el diálogo.
El gobierno cubano, por su parte, ha respondido denunciando estas acciones como intimidación y coerción, y ha reiterado que solo aceptará negociaciones basadas en la igualdad y el respeto, subrayando que no cederá ante amenazas.
Aunque Rubio también habló de Groenlandia, señalando que se han iniciado reuniones técnicas con Dinamarca y autoridades locales para buscar un resultado positivo, el tema parece más un intento de proyectar normalidad diplomática, mientras la atención del funcionario se mantiene en la presión sobre La Habana.
La estrategia de Rubio deja entrever un enfoque de política exterior basado en coerción y objetivos políticos específicos, donde los derechos y la soberanía de los países afectados quedan subordinados a los intereses estadounidenses, especialmente en el caso de Cuba.
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