El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha elevado la tensión en Oriente Medio al advertir que si no se alcanza un acuerdo significativo con Irán sobre su programa nuclear, podrían suceder consecuencias graves en los próximos diez días. Su discurso combina la promesa de negociación con una presión explícita que analistas califican de coercitiva.
Irónicamente desde la cumbre de su «Junta de Paz», Trump resaltó el trabajo del enviado especial para Oriente Medio, Steve Witkoff, y de su yerno, Jared Kushner, quienes han sostenido reuniones con representantes iraníes. Según Trump, estas conversaciones son constructivas, pero subrayó que no lograr un acuerdo tendría consecuencias negativas, dejando claro que la opción militar permanece sobre la mesa.
El mandatario estadounidense también fijó un plazo de diez días para definir la dirección que tomarán las negociaciones. Durante ese período, la presión se intensifica mientras las Fuerzas Armadas de EE.UU. mantienen un gran despliegue naval y aéreo en Oriente Medio, preparando el terreno para cualquier posible acción si no se concreta el acuerdo.
Paralelamente, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, reforzó la presión sobre Irán, asegurando que cualquier ataque será respondido con fuerza y que Israel espera que Washington exija el fin del programa nuclear iraní, sus misiles balísticos y el financiamiento a grupos radicales regionales como Hamás, Hizbulá o los hutíes del Yemen. El ministro israelí de Defensa, Israel Katz, insistió en que el país se mantiene unido, fuerte y listo para cualquier desafío.
La situación actual refleja que, aunque Trump habla de negociación, su estrategia combina diplomacia con intimidación militar, aumentando la incertidumbre y el riesgo de un conflicto en la región. Las próximas jornadas serán decisivas para determinar si Irán cede ante la presión o si la tensión escala hacia un enfrentamiento abierto.
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