La Casa Blanca intentó suavizar el discurso del presidente Donald Trump al asegurar que la diplomacia es su “primera opción” frente al interés de controlar Groenlandia. Sin embargo, el propio gobierno reconoció que la acción militar sigue abierta, lo que desnuda una política exterior basada más en la coerción que en la negociación entre iguales.
La portavoz presidencial, Karoline Leavitt, afirmó que Trump mantiene “todas las opciones sobre la mesa” según lo que considere conveniente para Estados Unidos. La frase, recurrente en la retórica trumpista, funciona como una amenaza velada: la diplomacia aparece no como un principio, sino como un paso previo a la imposición.
Para justificar el planteamiento, Leavitt recurrió a un argumento histórico: que desde el siglo XIX Estados Unidos ha considerado “beneficiosa” la anexión de Groenlandia. La referencia omite deliberadamente el contexto colonial de esas ambiciones y normaliza la idea de apropiarse de un territorio ajeno bajo el pretexto de la seguridad nacional.
El discurso se vuelve más explícito cuando la Casa Blanca afirma que Trump busca disuadir la “agresión rusa y china” en el Ártico, y que por ello se analiza incluso una posible compra de la isla. Reducir la soberanía de un territorio a una transacción comercial revela una lógica imperial, donde los intereses geopolíticos estadounidenses pesan más que el derecho internacional.
La contradicción se profundiza con las declaraciones del jefe adjunto de Gabinete, Stephen Miller, y de la propia Leavitt, quienes no descartaron el envío del Ejército para anexionar Groenlandia, territorio que depende de la corona danesa. Hablar de diplomacia mientras se legitima públicamente la fuerza militar erosiona cualquier pretensión de diálogo genuino, incluso entre aliados.
En paralelo, el secretario de Estado, Marco Rubio, confirmó que se reunirá con diplomáticos de Dinamarca, aunque dejó claro que todo presidente estadounidense se reserva el derecho de actuar militarmente si identifica una amenaza. La afirmación asume que Estados Unidos puede decidir unilateralmente cuándo una amenaza existe, aun si ello pone en tensión alianzas como la OTAN.
Rubio intentó desligar el tema de una intervención directa, pero la comparación con otras operaciones recientes del gobierno estadounidense refuerza la idea de que la fuerza se ha convertido en una herramienta normal de política exterior, no en un último recurso.
En conjunto, el caso de Groenlandia exhibe el núcleo del trumpismo en política internacional: invocar la diplomacia mientras se mantiene la amenaza militar, hablar de seguridad para justificar la expansión, y tratar la soberanía de otros países como una variable negociable. Más que diplomacia, lo que Trump plantea es un ultimátum con lenguaje institucional.
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