La oposición hizo de la temporada vacacional de líderes de MORENA su nueva coyuntura política. Son conscientes de la miseria y pobreza del mexicano promedio. Entienden que salir del país no es solo un lujo, sino una imposibilidad casi absoluta para la clase trabajadora. Entienden que la gran mayoría de los jóvenes, al ritmo que vamos, nunca tendrán una vivienda. Lo saben y lo instrumentalizan, a pesar de que viven igual o mejor que aquellos a quienes señalan.
No es hipocresía, sino cinismo. El gran triunfo de la nueva derecha es vender la idea de que la pobreza es un castigo y que la riqueza es una recompensa. Su lógica es que la cúpula morenista utilizó el descontento social (que para ellos es resentimiento) para escalar desmerecidamente la escalera social. Ante esto, MORENA y sus voceros señalaron que es incongruente predicar sin el ejemplo. Como dijo Cristo: “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”. Además, añaden que ser de izquierda no es un voto franciscano de pobreza, y que llevar una vida de lujos, si el dinero es bien habido, no es una contradicción ideológica.
Hay poco que añadir al argumento con el que se protegen. Es cierto que la izquierda no pretende empobrecer a los ricos, sino enriquecer a los pobres. Vivir bien es, en ese sentido, un derecho y no una prebenda. Por lo tanto, si uno tiene los medios para gozar la vida, no hay ningún impedimento, siempre y cuando no sea a costa de otros y se luche por las causas correctas. Sin embargo, es interesante ver cómo esta respuesta no ha satisfecho a muchos de los propios simpatizantes de la 4T.
Pero no los satisface por razones distintas. Muchas personas pusieron fe en López Obrador porque este hizo de la sencillez su marca personal. De ahí la insistencia con “no puede haber gobierno rico con pueblo pobre”. No era un tema de consistencia ideológica, sino de pudor ante la miseria. El mismo pudor que sentía Adorno cuando dijo “No se puede escribir poesía después de Auschwitz”. Un asco existencial ante la desgracia. Para Andrés Manuel, la austeridad personal era una cuestión de salud gastrointestinal: “¿cómo tendré lujos cuando mi hermano muere de hambre?” La sola idea, nos dice, debería revolvernos el estómago.
Esta empatía es indispensable para un líder de masas. Ahora que AMLO se fue, la verticalidad de MORENA deja de ser la del rey justo y se convierte en la de los príncipes glotones. Sí, es cierto, la derecha se equivoca en cómo critica los lujos de los dirigentes morenistas. Pero hay otra porción de la población que se siente decepcionada, porque ve en los viajes a España, Portugal o a Tokio unas vacaciones no del trabajo, sino de la propia lucha. Sienten que sus liderazgos consideran que los problemas urgentes pueden esperar unas semanitas. Esto es más evidente cuando una gran cantidad de militantes y colaboradores viven en esquemas de explotación laboral. Servidores que cobran como beneficiarios de programas sociales, brigadistas de partido que ganan menos que el mínimo por jornadas completas de trabajo. Mientras tanto, en quienes ponen sus esperanzas, se toman un mojito en la playa.
No se puede representar a quien vive una vida distinta a la tuya. Solo hay dos opciones: aprender a comer frijoles o aprender a ceder espacio.
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