Antes que nada, mi más sentido pésame a las familias de las 64 víctimas que perdieron la vida en los cinco estados azotados por las torrenciales lluvias de la semana pasada. Mi solidaridad con los damnificados, con quienes lo perdieron todo —su casa, su cosecha, su tranquilidad— y mi exigencia firme a las autoridades de todos los niveles: fortalecer la prevención, atender con dignidad a las víctimas y reconstruir lo destruido sin burocracia ni mezquindad política.
Como bien dijo la presidenta Claudia Sheinbaum, “yo le creo a las víctimas antes que a los funcionarios”. Y en esta ocasión, esa frase no fue una consigna, sino una acción. Porque mientras gobernadores y alcaldes permanecían indiferentes, pasmados o en sus giras personales, la presidenta se trasladó al epicentro de la tragedia el sábado 11 de octubre: caminó entre el lodo de Huauchinango, se acercó a las familias en Poza Rica, escuchó reclamos duros pero legítimos, y lo más importante, dio la cara.
El paso devastador de las lluvias entre el 9 y el 10 de octubre afectó a Puebla, Veracruz, Hidalgo, Querétaro y San Luis Potosí, dejando una estela de destrucción: carreteras colapsadas, ríos desbordados, pueblos incomunicados y cientos de viviendas arrasadas. Pero, al mismo tiempo, evidenció quién gobierna con reflejos políticos y quién se esconde detrás del protocolo.
Sheinbaum actuó con lo que los manuales de gestión de crisis llaman “presencia de Estado”: no delegó el desastre a los comunicados ni a los portavoces; llegó personalmente. Su visita no fue una postal ni un acto de propaganda, sino un mensaje: el gobierno federal está donde el pueblo sufre.
Ir a Huauchinango, puerta de entrada a la Sierra Norte de Puebla, y a Poza Rica, el corazón herido de la Huasteca veracruzana, le permitió tener contacto directo con las realidades locales, con la piel de la tragedia. Esa cercanía, más que simbólica, fue política: apretó las tuercas a sus colaboradores y a los gobernadores, que hasta entonces no habían dimensionado la magnitud del desastre.
Sheinbaum, en este episodio, demostró que la empatía no está reñida con la autoridad. Que el poder también se ejerce escuchando y que la legitimidad se sostiene más con botas en el fango que con discursos en el Zócalo.
El contraste entre la presidenta y los gobernadores fue brutal. Puebla: la frivolidad en medio del desastre. Mientras los ríos y calles se desbordaban y las comunidades de la Sierra Norte clamaban ayuda, el gobernador Alejandro Armenta enfrentaba su propia tormenta: el escándalo de su viaje en avión privado a Estados Unidos. La moral y la política, en este caso, se mezclaron con el cinismo.
El gobierno estatal reaccionó, sí, pero sólo lo hizo de manera adecuada al enterarse que la presidenta Sheinbaum pondría un pie en Puebla. La presencia de la presidenta obligó al gobernador a ponerse al frente, aunque fuera para la foto. A su llegada, los reclamos de los pobladores no fueron contra ella, sino contra de la administración estatal y municipal, por la falta de previsión, por la ausencia de maquinaria, por el abandono histórico de las comunidades serranas.
Armenta tiene una oportunidad de rectificar: demostrar que puede ser más que el heredero del marinismo. Gobernar no es posar para revistas ni financiar portadas; es atender al pueblo cuando más lo necesita. Si algo debe aprender de esta tragedia es que los símbolos importan, pero la acción concreta salva vidas.
La gobernadora Rocío Nahle encarna otro tipo de error: la soberbia. Esa tendencia suya a minimizar los problemas, a rebautizar los desastres con eufemismos, la ha llevado a perder contacto con la realidad. Llamó “pequeño desbordamiento” a una inundación que destruyó colonias enteras en Poza Rica.
Frente a las cámaras, intentó mantener el control, pero la llegada de Sheinbaum la descolocó. Tuvo que moderar su tono, plegarse a la estrategia federal y aceptar que el diagnóstico era más grave de lo que había querido admitir. En los ojos de los damnificados había frustración y enojo. “No nos digan que todo está bajo control”, le gritaban. Y tenían razón.
El desastre natural se convirtió también en un espejo político: mostró quién gobierna con humildad y quién con arrogancia.
En los estados de Julio Menchaca (Hidalgo), Mauricio Kuri (Querétaro) y Ricardo Gallardo (San Luis Potosí), la situación fue menos grave, pero la respuesta más coordinada. Sus gobiernos activaron protocolos de emergencia y evitaron, en la medida de lo posible, mayores pérdidas humanas. Seguramente, en su próxima visita, la presidenta encontrará mejores resultados.
De cada tragedia se desprende un aprendizaje. Y esta no es la excepción. Las lluvias del 9 y 10 de octubre nos dejan varias lecciones que deberían quedar grabadas en la memoria política de México.
Escuchar al Servicio Meteorológico Nacional. Las alertas se emitieron con anticipación. Falló la respuesta, no la predicción. Los gobernadores deben entender que la prevención es más barata que la reconstrucción.
Usar las redes sociales para informar, no para presumir. Los funcionarios deben abandonar la obsesión por las selfies y los videos de propaganda. En emergencias, las redes deben servir para salvar vidas, no para ganar likes.
Fortalecer Protección Civil. Su papel no es contar muertos ni ofrecer conferencias de prensa, sino prevenir. Se necesita profesionalizar el área, dotarla de presupuesto y quitarle la carga política.
Realizar simulacros de evacuación en caso de inundación, huracán otros desastres como incendios.
Involucrar a la sociedad civil. No se puede ni se debe impedir que los ciudadanos se organicen para ayudar. La solidaridad popular es parte del tejido que sostiene a México. El gobierno debe coordinar, no obstaculizar.
Evitar la politiquería del apoyo. Los recursos deben entregarse de manera directa, sin clientelismo ni burocracia. Que no haya intermediarios ni fotos con cheques gigantes. La dignidad del damnificado vale más que un titular.
La siguiente etapa es la más difícil: la reconstrucción. No sólo de caminos y viviendas, sino de confianza. Cada desastre natural en México desnuda la precariedad institucional y la fragilidad de nuestra infraestructura. Los mismos errores se repiten sexenio tras sexenio: planeación urbana deficiente, tala inmoderada, falta de drenaje, corrupción en obras hidráulicas.
La presidenta Sheinbaum ha hablado de un nuevo modelo de desarrollo sustentable. Este es el momento de convertir esa idea en política pública: inversión en infraestructura verde, reforestación de cuencas, construcción de bordos de contención, drenaje pluvial inteligente y reubicación responsable de viviendas en zonas de alto riesgo.
La prevención no debe ser un gasto, sino una inversión de Estado. En un país donde el cambio climático multiplica la intensidad de los fenómenos naturales, gobernar sin prever es condenar a la tragedia.
La catástrofe también tiene un costo moral. No basta con prometer ayuda. Hay que demostrar empatía genuina.
La gobernadora Nahle debe abandonar el tono regañón y abrir un canal permanente de diálogo con las comunidades afectadas. En Poza Rica y Papantla hay familias que aún no saben dónde dormirán mañana. Y en esas circunstancias, la soberbia política se convierte en crueldad.
En Puebla, Alejandro Armenta debería hacer un acto de contrición pública. Su silencio ante los reclamos ciudadanos fue elocuente. ¿Cuánto cuesta un viaje en jet privado a Estados Unidos? Esa cantidad, exactamente esa, debería donarla a los damnificados. Lo mismo su jefe de oficina con el dinero que gastó para aparecer en revistas, o la presidenta del Congreso local con lo que ha invertido en espectaculares. La política también se mide por la coherencia moral.
Si hay algo que define al pueblo mexicano, es su capacidad de solidarizarse ante la adversidad. Cuando el Estado falla, la gente actúa. Los ciudadanos no esperan permisos para ayudar; se organizan, recogen víveres, transportan donaciones, levantan escombros.
Esa fuerza social debe ser reconocida y aprovechada por las autoridades. En lugar de entorpecer la ayuda o monopolizarla, los gobiernos deberían coordinarla. La sociedad civil, las universidades, las iglesias, los colectivos, todos forman parte de un entramado que sostiene al país cuando la tragedia golpea.
México no sólo necesita mejores gobiernos, necesita gobiernos que confíen en su gente. Las lluvias de octubre dejaron muerte y destrucción, pero también mostraron que la empatía y la acción siguen siendo las armas más poderosas del liderazgo.
Claudia Sheinbaum dio una lección de gobierno de proximidad: no se trata de aparecer en televisión, sino de aparecer en el lugar donde la gente sufre. Los gobernadores que quieran aprender algo de esta experiencia deben dejar los reflectores y ponerse las botas.
No hay peor pecado político que la indiferencia. No hay mayor virtud que la solidaridad.
Que esta tragedia no quede archivada como una estadística más. Que sirva para repensar el modelo de desarrollo, fortalecer los sistemas de protección civil y exigirle a cada funcionario que asuma su responsabilidad no sólo como burócrata, sino como ser humano.
Las lluvias pasaron, pero el dolor permanece. Lo que sigue es una tarea colectiva: reconstruir, prevenir y aprender. Los gobiernos deben dejar de administrar las tragedias y empezar a evitarlas. La presidenta mostró el camino con humildad y determinación. Ahora le toca a los gobernadores seguir su ejemplo, no con discursos, sino con resultados.
La naturaleza nos recordó, una vez más, que no distingue colores partidistas. La lluvia cae sobre todos. Lo que diferencia a un buen gobierno de uno mediocre no es la intensidad del desastre, sino la profundidad de su respuesta.
Porque cuando el agua arrasa, lo único que flota es la verdad. Ya veremos, cuando las aguas bajen, quienes aparecen desnudos y desnudas.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
@onelortiz
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