En estos días, aciagos para algunos, pero calmos para la mayoría, se genera siempre un espacio de reflexión y esperanza. Es el fin de año, un fin de ciclo que resulta tan artificial, al menos, como lo es también la idea de que tenemos una relación con un día para entender las características particulares de nuestra propia existencia. Pero como los humanos somos seres de repeticiones y patrones, constituimos estos espacios como formas concretas de vivir la realidad entera.
No resulta fácil, lo sé perfectamente, pensar en paz o alegría para el futuro. Cada momento, en cada día, en cada actividad, las cosas parecen más complicadas para todas y todos. La inseguridad de nuestro país, la exigencia económica imparable, el lento pero nunca pausado andar del tiempo, van llamando a cada una y cada uno de nosotros, a algo equiparable con la desesperación. Y no parece que las cosas mejoren en situación ninguna. Nunca.
Claro que leemos noticias favorables. Los números dicen que todos los días mejoramos. No se trata, como en el caso argentino -o como sucedía en el pasado de nuestro país- de un abuso de la ignorancia social para decir cosas que cualquiera con un poco de conocimientos o sentido común podría desmentir (¿de verdad alguien podría pensar que la gente en Buenos Aires consigue ahora, con un salario totalmente reducido, comprar más que nunca? ¿en serio alguien que ha trabajado alguna vez –y no los parásitos sociales en que están convirtiéndose los “libertarios” de este momento- puede pensar que se vive “mejor que en el pasado?), sino de números que aunque reales, no tienen el impacto que querríamos en nuestro día a día.
A pesar de ello, también tenemos, todos y cada uno de nosotros, elementos para saber que las cosas no están como nos gustarían que estuvieran. No es solo que haya cosas que “estén mal”, y que “todo pueda mejorarse”, sino que hay problemas urgentes que deben ser tomados en consideración de forma inmediata: nuestra dependencia cada día más clara, del mercado estadounidense; la naturalización de las formas de violencia cotidiana y la normalización del crimen organizado; la descomposición social de la clase política hegemónica; la profundización de lo que se ha llamado el fascismo social –formas que, repitiendo elementos fascistas, no podrían ser llamadas, efectivamente como tales- son elementos cotidianos en estos tiempo.
Hay, en este sentido, tres problemas fundamentales que deben ser revisados y que las propuestas legislativas muestran no lo serán en lo inmediato. La primera y más importante, es la necesidad, urgente cada día más, de una reforma fiscal extensa y radical. Por un lado, entiendo los problemas que de ello se desprenden: somos una economía dependiente, en un momento en que los movimientos económicos -al menos si cuentas con las posibilidades para pagar por ello- permiten escapar automáticamente, algo que ha sido aprovechado por los grandes capitales para limitar las acciones de los gobiernos progresistas o que no han podido comprar abiertamente. Pero a pesar de ello, a pesar de que en este momento parece que el mundo está a ser cada día, a cada hora un lugar más pequeño para la justicia, el gobierno de México debería intentar hacer algo. No en el romanticismo que algunos “verdaderoizquierdistas” pretenden, sino en un sentido pragmático y decidido. Con compromisos internacionales y presiones verdaderas. Aunque se convierta en el escenario ideal para que los Salinas Pliego, los “Marea Rosa” y los “Sombreros” ataquen al gobierno. Es un movimiento necesario, del tipo que lo fue, en el pasado inmediato, la reforma judicial o el aumento al salario mínimo.
La segunda cuestión problemática, es precisamente el fortalecimiento, cada día más claro, de las visiones fascistoides del movimiento del sombrero y de Salinas Pliego. No se trata, como pretenden algunos, de simples formas de oposición al gobierno, sino de construcciones ancladas en principios y lógicas totalmente contrarias a la democracia y los derechos humanos.
Hace algunos meses, escribía ya sobre como estos movimientos representaban lo que en la historia ha sido llamado el huevo de la serpiente. La normalización del discurso punitivista, que pretende “atacar” a los criminales y que al mismo tiempo, genera la idea de que quien lo utiliza queda mágicamente fuera de ese ataque; la idea, totalmente equivocada de que las penas más grandes disminuyen el delito y al mismo tiempo, que es posible tener una mejor sociedad si los gobernantes y funcionarios se comportan como sicarios todo el tiempo. Un sinsentido total y absoluto, que se alimenta de las dificultades que tenemos en la vida cotidiana por los delitos.
Esta visión se alimenta, como bien se sabe, por un discurso anti intelectual y anticientífico. Esto no dice mucho: después de todo, mucha gente que dice combatir y discutir contra este tipo de discursos -como los médicos que luchan contra los antivacunas, o los estudiantes universitarios que hablan contra el terraplanismo- repiten argumentos totalmente anti intelectuales y totalmente anticientíficos en el área social. Algo que ha sido llamado, medio en serio y medio en broma como “terraplanismo de la ciencia social” o escepticismo selectivo.
Finalmente, en tercer lugar, el último gran problema que tenemos en lo inmediato, es precisamente las condiciones internacionales que rodean nuestras condiciones de vida. Estados Unidos, lo sabemos bien, ha girado de su histórica hipocresía supuestamente “democrática”, a una cínica y abierta dominación autoritaria. Israel realiza un genocidio abierto, que es defendido por algunos como si fuera un juego de futbol, y América Latina, toda, está en peligro inmediato por estas condiciones. Pero nuestro país no parece poder hacer mucho para retomar la centralidad discursiva en ninguno de estos temas.
Esta columna, la última del año, podría parecer totalmente pesimista. Indicaría, pensarían algunos, problemas estructurales que no nos permitirían estar tranquilos. Pero eso no me parece del todo cierto. Nuestro país, a pesar de estos pesares, continúa mejorando a pasos calmos pero constantes. Nuestro futuro parece, ahora, mejor de lo que parecía hace 10 años. Por eso tantas y tantos de nosotros luchamos. Para que los problemas de hoy, fueran menos graves de lo que en las condiciones anteriores, lo serían. Porque en este momento, en nuestros fríos amaneceres, el sol saliera un poco más claro de lo que antes lo hacía. Porque tuviéramos, al menos remotamente, la posibilidad de intentar mejorar nuestro futuro inmediato.
Por ello, por lo que hicimos y por lo que costó; por lo que construimos a partir de ello, les deseo de todo corazón, un buen año. Que nuestros problemas inmediatos sean más leves de lo que parecen; que las posibilidades de hacer algo diferente, sean mayores. Que este futuro que se antoja tan difícil, nos encuentre organizados, educados y conmovidos. Porque el futuro no es un asunto mágicamente construido, sino un resultado del presente. Y que nuestro esfuerzo hoy, ayude entonces, lo que podremos hacer mañana.
También puedes leer: La nueva Doctrina Monroe













