En Lo que no encaja —un espacio para mirar aquello que desborda la norma— nos aproximamos a una idea con un eco mediático fácil: la comunidad LGBTTTIQ+. La nombramos en singular, como un cuerpo uniforme y cohesionado por intereses idénticos. Sin embargo, basta una mirada aguda para advertir que esa noción es, a menudo, más una aspiración que una realidad tangible.
Esta desconexión no es solo teórica; hoy tiene expedientes abiertos en el Instituto Nacional Electoral. Mientras las autoridades empujan y celebran acuerdos para consolidar las “cuotas arcoíris” de cara a los procesos electorales de 2026, la praxis política revela que la simulación es nuestra grieta más profunda. El sistema permite que el privilegio se disfrace de disidencia a través de la autoadscripción simple, facilitando que perfiles urbanos y profesionalizados ocupen cargos de representación, mientras las identidades que habitan las periferias sociales, las disidencias de género y las orientaciones que no encajan en el canon del partido, se quedan mirando desde afuera.
Y es que, al bajar de la tribuna electoral a la banqueta, se hace evidente que esa pluralidad que debería cimentar una colectividad sólida suele ser, en realidad, nuestra principal fractura. La diversidad existe; habita las calles, las aulas, las oficinas y el núcleo familiar, pero no se vive igual desde todos los frentes. No es lo mismo habitar la disidencia sexual con el respaldo de redes de apoyo y educación, que hacerlo desde la precariedad absoluta o la violencia. Existe un abismo entre residir en un espacio con ciertos aires de apertura social y sobrevivir en contextos donde la diferencia todavía se castiga con el silencio o la agresión. Hay una distancia insalvable entre ser escuchado y ser, apenas, tolerado.
La palabra “comunidad” presupone cuidado mutuo, pero en la práctica, la experiencia de muchas personas LGBTTTIQ+ es profundamente solitaria. Las barreras socioeconómicas y culturales dinamitan la construcción de lazos genuinos; compartir una etiqueta no garantiza la pertenencia. A esto se suman las tensiones internas generadas por los abismos generacionales, las jerarquías de clase y las asimetrías en la visibilidad donde ciertos sectores acaparan el foco, mientras otros permanecen al margen de lo que, supuestamente, es inclusivo.
Esto no anula los avances innegables, pero obliga a matizar el discurso. Hablar de comunidad en singular invisibiliza las desigualdades que atraviesan a sus integrantes. El reto no es confirmar si existe una comunidad, sino qué tipo de colectividad es posible construir entre biografías tan asimétricas. Nombrarse es vital, pero insuficiente. La comunidad no es algo dado, sino algo que se construye -o no- cada día. En este proceso, toca aceptar una incomodidad necesaria: la diversidad no une por defecto; solo revela lo complejos que somos.













