La inocencia y la trampa política son productos de una misma matriz —aunque en distinta bolsa—; de suerte que preguntar si ¿la ciencia es un lujo o una necesidad? Parece una inocentada, pero resulta una trampa política.
En un capítulo con el mismo nombre que esta columna, Mario Bunge —en su libro Ciencia, técnica y desarrollo— desmonta una de las ideas más persistentes en contextos como el latinoamericano: la ciencia puede esperar, pues primero están “los problemas reales”. Un paralelismo podemos hallarlo en la práctica jurídica, por ejemplo; primero se busca ganar el asunto, sea como sea, y luego, si acaso, se le atribuye sentido a este ejercicio profesional.
El planteamiento no es nuevo. En países etiquetados —no sin carga ideológica— como “subdesarrollados”, la ciencia suele presentarse como un gasto prescindible frente a urgencias inmediatas como la pobreza y la inseguridad. Bajo esta lógica, invertir en investigación se presenta como un lujo de naciones ricas y no como una prioridad de sociedades en crisis.
Bunge advierte que esta dicotomía es falsa. No se trata de elegir entre ciencia o desarrollo, sino de entender que sin ciencia no hay desarrollo; robustece su afirmación citando a Milstein —Nobel de medicina en el 84— quien apunta que la afirmación de que los países menos desarrollados no deben invertir en investigación “es una receta segura para frenar el desarrollo tecnológico de un país en desarrollo. Subdesarrollado hoy y más subdesarrollado mañana…”
El practicismo —o ahora algunos le llaman pragmatismo político— es particularmente funcional al poder. Para quienes son amantes de éste, solo vale aquello que produce resultados tangibles en el corto plazo —sobre todo aquellos que, en su miope visión, ganan votos—. La investigación, la reflexión teórica o el conocimiento sin aplicación inmediata se consideran superfluos.
Y es en ese punto donde emerge un fenómeno más peligroso que inquietante: la construcción política del desprestigio hacia la ciencia, el saber, el conocimiento, la reflexión y a quienes las practican y producen.
Claramente el problema no es únicamente presupuestal, sino narrativo y político.
Cuando el conocimiento científico incomoda —cuando cuestiona políticas públicas, desmonta discursos oficiales o evidencia contradicciones— deja de ser celebrado como motor de progreso y comienza a ser presentado como elitista e innecesario.
Imagine querido lector y lectora; he escuchado políticos decir que los libros no sirven para nada. Dejando de lado el problemático fondo de la afirmación, quienes lo dicen no son, si quiera, conscientes del error semántico que implica la doble negación de su aseveración ¡de terror!
Es así que el pensador, el científico, el investigador se transforma en una figura distante, tecnocrática, ajena al “pueblo”; como si quien trabaja en ella no fuese el pueblo mismo.
En su versión más extrema, esta narrativa deriva en un antiintelectualismo que no solo desconfía del conocimiento, sino que legitima el no saber y le dota de prestigio.
Lo paradójico es que esta operación suele presentarse como un acto de democratización. Se dice que se está devolviendo la voz a la gente, cuando en realidad se está erosionando la capacidad colectiva de comprender problemas complejos.
Porque, como podemos advertirlo en el texto de Bunge, una sociedad que prescinde de la ciencia no se vuelve más libre, se vuelve más vulnerable
Sin investigación científica no hay autonomía tecnológica. Sin autonomía tecnológica no hay soberanía real. Y sin soberanía, el margen de decisión política se reduce drásticamente, aunque el discurso diga lo contrario. Básicamente lo que queremos decir es que sin ciencia difícilmente habrá, verbigracia, autosuficiencia alimentaria.
La ciencia no es un lujo porque no representa un mero ornamento del desarrollo, sino que aquella es una de las condiciones de posibilidad de éste. Esto no implica endiosar —o fetichizar— a la ciencia, siempre debe mediarle la crítica.
Finalmente, el verdadero dilema no es si invertir o no en ciencia, es si estamos dispuestos a sostener un modelo de sociedad que tolere el conocimiento incómodo.
Porque, en el fondo, lo que está en juego no es el presupuesto de los científicos, sino la posibilidad misma de pensar críticamente la realidad. Y eso —aunque no siempre produzca resultados inmediatos— nunca ha sido un lujo.













