Columnas

El regreso del fascismo español: el hispanismo y su fracaso en México

Hoy voy a comenzar hablando de alguien que es visto, por quienes nos dedicamos a la academia de forma seria, como el equivalente a un superhéroe: Antonio Gramsci. Pensador del sur de Italia, hijo de un modestísimo matrimonio con abundante familia, sufrió tuberculosis osteoarticular durante toda la vida, algo que impidió su crecimiento y afectó profundamente a sus pulmones. Su vida, llena de carencias y problemas, tanto económicos como de salud, le formaron políticamente para buscar un mundo más digno para todas y todos. Es decir, lenta pero inexorablemente, hicieron de él un comunista. 

Esa decisión, sin embargo, no era sencilla en una Italia que se encontraba a las puertas del fascismo. Durante décadas, Gramsci no sólo militó, sino que puso todo su empeño en combatir a ese terrible movimiento. Los fascistas -Mussolini incluido- lo creían demasiado importante para ser asesinado, pero al mismo tiempo demasiado inteligente para estar suelto. Por ello, ya siendo Secretario General del Partido Comunista Italiano, fue encarcelado por la policía política, llevándolo durante las siguientes décadas a prisiones insalubres, especialmente pensadas para profundizar su enfermedad. 

A pesar de ello, durante su larga estancia en la prisión, Antonio Gramsci creó una de las más enriquecedoras obras académicas del siglo XX. Para evitar la censura, inventó conceptos que eran fácilmente comprensibles para quien le leyera con conocimiento del tema, pero que parecían totalmente inocuos para un lector no avisado. Como no le era permitido más que tener un libro a la vez, solía aprenderse pasajes enteros de memoria, y recordaba lecturas que había realizado incluso antes de su encierro. Escribía en papeles sueltos, en el concreto, en su mente incluso, cuando no podía hacer otra cosa, y cuando recibía un cuaderno, lo plasmaba todo en él. Los así llamados cuadernos de la cárcel son un torrente de ideas, con algunos errores menores, que buscaron durante años, tener la cohesión de una obra conjunta. 

Si hablo de Gramsci, además de querer recordar que en esta semana se celebra el Día de la victoria (es decir, cuando las fuerzas soviéticas derrotaron finalmente al nazismo y al fascismo en el mundo), es porque varios de sus conceptos me vinieron a la mente gracias a la visita de otra fascista, esta vez venida de Hispania: Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, a nuestro país. 

Sí, sé que algunas de las personas que me lean dirán que “ahora se llama fascista a cualquiera” y que, así, si todos (al menos todos los que no nos gustan) son “fascistas” entonces en realidad ninguno de ellos (tal vez incluso, nadie en general), es verdaderamente fascista. Pero esta forma de pensar se deriva precisamente, de lo que Gramsci nos enseñó: el sentido común y la lucha por la hegemonía. 

Durante su encarcelamiento, Gramsci escribió que cada una de las clases sociales tiene a lo que llama “intelectuales orgánicos”, esto es, una capa o estrato de personas que, vinculadas a esa clase en particular, desarrolla actividades que pueden ser llamadas intelectuales: creación, mantenimiento o difusión del conocimiento. Gramsci pensaba que si bien todos hacemos, de muchas maneras actividades intelectuales, no todos tenemos la función social que hace que se nos considere “un intelectual”. Así, si bien cada clase tiene sus propios intelectuales, son aquellos de las clases dominantes que, apropiándose del pensamiento de las otras clases, o bien imponiendo el suyo, crean lo que llamaríamos el pensamiento dominante de su época. 

Ese pensamiento dominante, va creando en la gente algo que él llamaba el “sentido común”. Es decir, una forma de conocimiento que la gente siente como intuitivo, evidente y que en ese sentido, no es cuestionado ni disputado de forma activa por la sociedad. Más aún, que descalifica de inmediato a aquellos que le cuestionan y de esta forma, blinda el dominio de la clase dominante, invisibilizando sus contradicciones discursivas y protegiendo los presupuestos de su propio dominio. 

 A pesar de ello, ese sentido común es siempre disputado socialmente. Es decir, se trata no de un pensamiento monolítico y cerrado, sino de un campo en disputa en cualquier sociedad. Mucha gente escucha frases comunes y no cuestiona su pertinencia o veracidad, pero hay alguien, que en algún momento, si lo hace. Y ahí, cuando lo hace, es que los mecanismos sociales buscan lograr un consenso: buscar un acuerdo entre posturas diferentes que haga que ambos reconozcan como verdad algo a medio camino, o bien articulan medidas de coerción: callar a esa persona, excluirla del grupo, cortar comunicación con ella, o simplemente silenciarla por mecanismos externos (desde la burla hasta la violencia física). Cuando una clase consigue, mediante esos mecanismos de coerción y consenso, no ser cuestionado de forma común en su sentido común, se le llama precisamente hegemonía. 

En estas semanas hemos visto una pugna por la hegemonía del discurso público. Por un lado, el fascismo intenta convencernos a nosotros, mexicanos, que nuestra interpretación de la realidad y nuestras experiencias cotidianas, está equivocadas: para ellos -y quienes les pagan- en realidad no existe el racismo en el mundo; los españoles nos ven, de forma general como hermanos y los procesos de conquista y exterminio no fueron tales, sino más bien amorosos y cálidos procesos de encuentro cultural que se desarrollaron para “mejorar” a nuestra decadente “raza” y sus salvajes pensamientos. Por otro, insiste en reescribir la historia para colocar a una serie de personajes, desde Cortéz hasta Salinas Pliego, como héroes de procesos de mejora de nuestra sociedad. 

La visita de Diaz Ayuso es un paso más, así, en un largo camino donde gente sin preparación formal válida, como el comunicólogo Zunzunegui (la versión de nuestra época de lo que en el pasado fue el ingeniero Krauze), asumen que sin tener las herramientas ni los conocimientos adecuados, han logrado acceder a “la verdad” que los especialistas no pueden ver sobre la historia. Son los intelectuales orgánicos de una burguesía parasitaria en nuestros países.  

Como en otros momentos, esta estrategia de reescritura no logra convencer a las personas. La gente se da cuenta, muchas veces, de que la realidad no se corresponde con esas interpretaciones sin sustento. Y por ello, quienes se interesan de cambiar el sentido común, gastan ingentes cantidades de dinero para bombardearnos con mentiras. En este momento, a nivel nacional, esto puede ser visto con Salinas Pliego. Obligado a pagar sus impuestos, ha comenzado una cruzada en donde sus actos como defraudador, como ladrón y como usurero, son vistos como acusaciones falsas hechas por un gobierno de “extrema izquierda” que “odia a la libertad” y nos enemista con “nuestros hermanos españoles”. Cada reportero, en cada noticia, en cada momento, en cada programa que tiene en su nómina, es obligado –él mismo lo ha reconocido- a decir lo que él quiere, aunque sea mentira, porque, como él dice: para eso le paga. 

El viaje de Ayuso sirvió para traer a un personaje mediano de la política española unida a la más recalcitrante interpretación racista de la historia de ese país: el hispanismo. Para esta versión de la historia, los mejicanos (que lo mencionan así no porque “sea ortográficamente válido”, sino porque mediante esa palabra muestran su abierto desprecio a la decisión de nuestro país de mantener la grafía náhuatl en el nombre oficial de nuestro país y con ello, su desprecio a todos los mexicanos) somos en realidad españoles de segunda categoría, mezclas imperfectas con indígenas que no nos dieron “nada bueno”. Somos como un perro caramelo, que nunca podrá entrar a sus concursos de pedigrí, pero que quieren que les cuide el patio. 

Esta visión, que ha ganado muchos adeptos entre los españoles -incluyendo en primer lugar, a los desposeídos de ese país, que ven en el desprecio al mexicano y al latino en general, una forma de colocarse ellos mismos por encima de alguien-, intenta ser presentada como “la verdad de la historia” incluso en nuestro país. Para hacerlo, hacen una falsa promesa de igualdad a los desposeídos de aquí: si aceptas la superioridad de Hispania sobre México, entonces serás igual a nuestros pobres: continuarás sin dinero, si, pero al menos no serás un indígena. 

Esa promesa, para muchas y muchos de nosotros es no sólo un sinsentido, sino una ofensa. Mis raíces, como las de millones en esta tierra, no vienen del genocidio, sino de su supervivencia. No de las conquistas, sino de sus resistencias. No, finalmente, de la violencia del que ataca, sino de la lucha en contra de ella. Aunque a veces haya tenido que ser, ella misma, también violenta en su defensa. 

Por eso, es que Ayuso y sus huestes sufrieron una estrepitosa derrota en esta gira. Porque aunque sea presentado como una “versión alternativa”, para la gran mayoría se muestra con claridad como una mentira descarada y a quienes le enarbolan, como gente tonta o malévola. Los primeros, verdaderamente creen lo que dicen; los segundos -que son mayoría- no lo hacen, pero intentan engañarnos. 

Cuando Salinas Pliego y sus medios intentan presentar a la presidenta de Madrid como víctima de persecución política, lo hacen para ocultar la verdad de su retiro temprano. Sus presentaciones estaban básicamente vacías, nadie con algo de relevancia o legitimidad intentó interactuar con ella -ni siquiera para desmentirla públicamente- fuera de espacios informales, y el tono de sus palabras fue claramente reconocido por la gente común, a tal grado que incluso las marcas que originalmente se vincularon a esas actividades, se retiraron. 

Por ello, para este tema, quise recordar a alguien que, por la calidad de su pensamiento y por lo que sufrió, muestra las diferencias de lo que podríamos llamar los intelectuales orgánicos de la derecha y la izquierda en el mundo. Mientras la mentira y la victimización son las herramientas de los que luchan a favor del fascismo -y el hispanismo es como lo mostré, una forma de fascismo-, la lucha, la valentía y la búsqueda de una vida mejor para todas y todos, lo es en la izquierda. No todas las ideas son iguales; no todas las “opiniones” tienen valor. Si yo pienso que no está lloviendo, eso no significa que no me voy a mojar cuando salga a la calle en un aguacero. 

Repitan mentiras, pues, que más fácilmente permiten detectarles en su inmundicia cuando lo hacen. 

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