Columnas

Gracias, Díaz Ayuso

La política también tiene ironías. Algunas veces los adversarios hacen más por fortalecer a un gobierno que sus propios estrategas. Ocurrió con la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, cuando el intento de derrocar a Fidel Castro terminó consolidando al régimen cubano y justificando la radicalización interna de la revolución. La anécdota atribuida al Che Guevara, agradeciendo sarcásticamente a un asesor de Henry Kissinger por aquella invasión fallida, refleja perfectamente cómo una mala operación política puede convertirse en propaganda invaluable para el adversario. Algo similar, guardando las proporciones, sucedió con la visita de Isabel Díaz Ayuso a México.

Porque su gira por territorio mexicano terminó siendo una formidable herramienta para Morena y para la narrativa construida durante años por Andrés Manuel López Obrador y ahora por Claudia Sheinbaum. En apenas unos días, la presidenta madrileña logró confirmar prácticamente todos los señalamientos que desde la izquierda mexicana se hacen contra el PAN y la derecha internacional: nostalgia colonial, clasismo, racismo, desprecio al nacionalismo mexicano y disposición a buscar respaldo extranjero para confrontar al gobierno de la Cuarta Transformación.

La visita llegó además en el momento perfecto para Morena. El caso de Rubén Rocha Moya y las tensiones derivadas de los señalamientos provenientes de Estados Unidos comenzaban a generar desgaste mediático y presión política. La oposición buscaba posicionar la narrativa de la inseguridad, los vínculos criminales y la crisis en Sinaloa. Entonces apareció Díaz Ayuso con declaraciones incendiarias, provocaciones culturales y una agenda ideológica tan estridente que desplazó la conversación pública.

En política, pocas cosas son más valiosas que un adversario dispuesto a cometer errores por cuenta propia.

Isabel Díaz Ayuso no vino a México como una figura diplomática prudente. Vino como vocera de la derecha radical española y como protagonista de una batalla cultural importada desde Europa. Sus declaraciones sobre Hernán Cortés, sus referencias identitarias, la insistencia en escribir México con “J” y el tono provocador de sus mensajes estaban  diseñados para generar conflicto político y mediático.

El problema para el PAN es que México no es Madrid. La sociedad mexicana podrá tener profundas divisiones políticas, pero existe un consenso nacional muy amplio respecto a la soberanía, la dignidad nacional y la memoria histórica. Incluso sectores críticos de Morena observan con incomodidad cualquier intento de reivindicar el colonialismo español. Por eso resultó incomprensible la manera en que Acción Nacional decidió placear a Díaz Ayuso como si se tratara de una estadista admirada por el pueblo mexicano.

La derecha mexicana volvió a cometer el error de importar agendas extranjeras sin comprender la realidad política nacional.

Ya les había ocurrido cuando recibieron a Santiago Abascal y firmaron la famosa Carta de Madrid impulsada por Vox. Aquella fotografía en el Senado terminó convirtiéndose en una pesadilla comunicacional para el PAN. La izquierda explotó durante meses la imagen de legisladores mexicanos alineados con una organización ultraconservadora española. Ahora la historia se repite, quizá de manera aún más torpe.

Porque Díaz Ayuso no sólo es una dirigente conservadora; representa uno de los sectores más beligerantes y polarizantes de la política española. Su discurso permanente contra el progresismo, el feminismo, el multiculturalismo y la izquierda europea la convierten en una figura profundamente divisiva incluso dentro de España.

La reacción de la coalición Más Madrid fue reveladora. El envío de una carta disculpándose con el pueblo de México y con la presidenta Claudia Sheinbaum mostró hasta qué punto la visita fue vista como un exceso incluso por sectores españoles. Acusaron a Ayuso de utilizar sus viajes para difundir provocaciones e insultos en nombre de una supuesta batalla cultural. Más aún, denunciaron la utilización de reconocimientos y homenajes como parte de una estrategia propagandística.

La imagen internacional que terminó proyectándose fue lamentable para el PAN. En lugar de aparecer como una oposición moderna, democrática y competitiva, terminó asociándose con posiciones nostálgicas del colonialismo y de la ultraderecha ibérica.

La coyuntura internacional vuelve todavía más absurdo el movimiento político de Acción Nacional.

Después del choque diplomático entre Donald Trump y Pedro Sánchez, España necesita fortalecer relaciones con gobiernos progresistas de América Latina. Los aliados naturales del gobierno socialista español son hoy Brasil, Colombia y México. La relación entre Claudia Sheinbaum y Pedro Sánchez tiene lógica geopolítica, económica y diplomática. Eso explica también la molestia de la derecha española.

Para sectores como el representado por Díaz Ayuso, el fortalecimiento de vínculos entre el gobierno mexicano y el socialismo español representa una derrota ideológica. Su visita a México buscó intervenir en esa disputa simbólica y política. Intentó dinamitar cualquier posibilidad de normalización plena entre ambos gobiernos e incluso boicotear la posibilidad de una futura visita de los Reyes de España a México. Sin embargo, el resultado fue exactamente el contrario.

Morena encontró en Díaz Ayuso la caricatura perfecta del enemigo político que ha construido discursivamente durante años: una derecha clasista, extranjera, conservadora, cercana a la Iglesia, hostil al nacionalismo mexicano y nostálgica de privilegios históricos.

La narrativa cayó como anillo al dedo. Cada declaración de Ayuso parecía diseñada para alimentar la propaganda morenista. Cada fotografía con dirigentes panistas reforzaba el discurso presidencial. Cada provocación cultural ayudaba a cohesionar al oficialismo y a reactivar viejos reflejos nacionalistas profundamente arraigados en la sociedad mexicana.

Mientras tanto, el PAN parecía incapaz de entender el daño político autoinfligido. Ese es quizá el problema más profundo de la oposición mexicana actual: vive atrapada en el resentimiento y en la lógica de la derrota. No logra comprender las emociones políticas que dominan al país desde 2018. Continúan pensando la política desde pequeños círculos ideológicos y desde redes sociales donde ciertas provocaciones generan aplausos, sin advertir que fuera de esos espacios sus mensajes resultan ajenos o incluso ofensivos para amplios sectores de la población.

La cancelación de la misa prevista en la Catedral Metropolitana fue un síntoma de ello. Alguien finalmente entendió que rendir homenajes asociados a Hernán Cortés o alimentar disputas identitarias vinculadas con la conquista era políticamente suicida en México.

Pero el daño ya estaba hecho. El episodio también deja una lección sobre las nuevas derechas internacionales. Existe una articulación ideológica entre sectores conservadores de Europa y América Latina que buscan construir una especie de internacional reaccionaria. Comparten discursos contra el progresismo, la migración, los movimientos feministas, la diversidad sexual y las izquierdas latinoamericanas. Sin embargo, muchas veces fracasan porque intentan trasladar mecánicamente debates europeos a contextos históricos completamente distintos.

México no tiene las mismas heridas políticas que España. Aquí el nacionalismo revolucionario, la memoria histórica de la intervención extranjera y el discurso antiimperialista siguen teniendo enorme peso simbólico. Por eso figuras como Díaz Ayuso generan rechazo más allá de las simpatías partidistas.

Paradójicamente, quien terminó fortalecida fue Claudia Sheinbaum. La presidenta apareció como defensora de la soberanía y de la dignidad nacional frente a una visitante extranjera vista como arrogante y provocadora. Morena recuperó la iniciativa narrativa y logró reposicionar el eje de discusión pública lejos de los temas incómodos que venían acumulándose.

El PAN, en cambio, volvió a quedar atrapado en la imagen de una oposición desconectada del país real. La visita de Isabel Díaz Ayuso será recordada como uno de esos episodios donde la política internacional termina impactando de forma inesperada en la política doméstica. Lo que pretendía ser una ofensiva ideológica terminó convirtiéndose en propaganda gratuita para el oficialismo mexicano.

Por eso quizá desde Morena alguien podría repetir aquella frase atribuida al Che Guevara: Gracias, Díaz Ayuso.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

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