Columnas

¿Con Maru o con Claudia?

La política simplifica los debates en preguntas aparentemente sencillas. Este fin de semana México vivió dos concentraciones políticas que, más allá de sus dimensiones y objetivos inmediatos, reflejan dos proyectos, dos discursos y dos formas distintas de entender el poder. La pregunta que inevitablemente surge es: ¿con Maru o con Claudia? Para mí la respuesta es sencilla: sin duda con Claudia Sheinbaum.

El sábado 30 de mayo, la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos Galván, convocó una movilización nacional para defenderse de lo que ha calificado como una ofensiva política en su contra. Un día después, la presidenta Sheinbaum reunió a miles de simpatizantes en el Monumento a la Revolución y en plazas públicas de todo el país para informar sobre los avances alcanzados a dos años de su triunfo electoral.

A primera vista podría parecer que ambos eventos forman parte de la misma lógica política: movilizar simpatizantes para fortalecer una posición pública. Sin embargo, cuando se analizan con detenimiento, las diferencias son profundas.

La concentración de Maru Campos tuvo un objetivo eminentemente defensivo. No fue una convocatoria para presentar resultados de gobierno ni para anunciar proyectos de desarrollo para Chihuahua. Fue una movilización construida alrededor de la figura de la gobernadora y de los problemas políticos y jurídicos que enfrenta.

La mandataria chihuahuense sostiene que es víctima de una persecución política por combatir al narcotráfico. Sin embargo, el debate es otro. Lo que se encuentra bajo escrutinio no es la lucha contra la delincuencia organizada, una obligación constitucional de cualquier autoridad, sino la presunta participación o tolerancia de agentes de la CIA en actividades operativas dentro del territorio nacional.

Por supuesto que México debe combatir al narcotráfico con toda la fuerza del Estado. Nadie puede estar en desacuerdo con ello. Pero también es cierto que nuestra historia está llena de ejemplos que demuestran los enormes riesgos de permitir la intervención directa de organismos extranjeros en asuntos que corresponden exclusivamente a las instituciones mexicanas.

La soberanía no es una consigna. Es uno de los pilares del Estado mexicano. Precisamente por ello, corresponde a la Fiscalía General de la República determinar si existieron o no violaciones a la ley, en su caso, deslindar responsabilidades. El asunto debe resolverse en los tribunales y no en las plazas públicas.

En términos políticos, la apuesta de Maru Campos y de la dirigencia nacional panista es evidente. Buscan transformar una investigación jurídica en una narrativa de victimización. Intentan convertir a la gobernadora en una figura nacional capaz de encarnar la resistencia frente al gobierno de la 4T.

Durante algunas semanas la estrategia parecía avanzar razonablemente bien. El PAN cerró filas, la gobernadora realizó una intensa gira mediática y consiguió colocar su versión de los hechos en la conversación pública. Sin embargo, la oposición mexicana posee una extraordinaria capacidad para sabotear sus propios esfuerzos.

Resulta difícil imaginar un peor respaldo político que el expresado por los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón. Ambos representan aquello que amplios sectores de la población identifican con los fracasos del antiguo régimen: corrupción, violencia, desigualdad y pérdida de credibilidad institucional.

Cuando Fox y Calderón salen en defensa de una causa, con frecuencia terminan debilitándola. Son figuras profundamente desgastadas ante la opinión pública. Su apoyo no fortalece; contamina políticamente cualquier movimiento que pretendan respaldar. En lugar de ampliar la base de simpatía hacia la gobernadora, la asociaron con los gobiernos que una parte importante de los mexicanos repudia.

Del otro lado de la moneda, Claudia Sheinbaum encabezó una concentración con un sentido completamente distinto. No acudió a defenderse de una investigación ni a denunciar una persecución. Compareció ante sus simpatizantes para presentar un balance político de los primeros dos años transcurridos desde su victoria electoral.

No pretendo hacer aquí un resumen de su discurso. Basta señalar dos aspectos que considero relevantes.

El primero es el balance general de gobierno. Pese a los enormes desafíos que enfrenta México, particularmente en materia de seguridad, desapariciones y procuración de justicia, el país ha mantenido estabilidad económica, ha preservado los programas sociales y ha logrado conducir una relación compleja con Estados Unidos sin caer en escenarios de confrontación abierta.

El segundo aspecto fue el desarrollo conceptual de la soberanía nacional. La presidenta no presentó ideas radicalmente nuevas, pero sí articuló una visión coherente sobre la independencia del país, la defensa de las instituciones mexicanas y la necesidad de que los problemas nacionales sean resueltos por los propios mexicanos.

Y es precisamente aquí donde se encuentra la diferencia fundamental entre ambos eventos.

Mientras la concentración de Maru Campos giró alrededor de una investigación relacionada con la posible actuación de agentes extranjeros en territorio nacional, la concentración de Claudia Sheinbaum reivindicó la capacidad del Estado mexicano para defender su soberanía y tomar sus propias decisiones.

No obstante, también sería un error ignorar las contradicciones que quedaron exhibidas en el evento de Morena.

La presidenta estuvo bien. Llegó puntual, sin excesos de protocolo y manteniendo el estilo austero que ha caracterizado a buena parte del movimiento desde sus orígenes. Pero el comportamiento de una parte importante de la élite morenista contó una historia distinta.

Mientras miles de ciudadanos llegaron desde temprano y soportaron largas horas bajo el sol, numerosos dirigentes, legisladores y funcionarios arribaron por accesos especiales, ocuparon espacios privilegiados y permanecieron cómodamente instalados en zonas exclusivas.

La imagen no es menor.

Tuve la oportunidad de acompañar los mítines de Delfina Gómez en 2017 y de asistir a múltiples actos de campaña de Andrés Manuel López Obrador en 2018. Aquellos eventos eran auténticas fiestas populares. La gente acudía por convicción, entusiasmo y esperanza. Existía una sensación de cercanía entre dirigentes y ciudadanos.

Hoy la realidad es diferente.

Los actos de Morena muestran signos crecientes de estratificación política. Se observa una separación cada vez más marcada entre quienes ocupan posiciones de poder y quienes integran la base social del movimiento. La espontaneidad ha sido sustituida por protocolos; la cercanía, por filtros; y la horizontalidad, por jerarquías cada vez más visibles.

Es una señal de alerta que Morena debería tomar muy en serio.

La presidenta lo ha dicho en múltiples ocasiones: lo importante es estar con el pueblo y no simplemente tomarse fotografías en los eventos. Ella parece comprenderlo. Sin embargo, una parte significativa de la clase política morenista parece haber olvidado la lección.

Al final, las dos concentraciones dejaron enseñanzas distintas.

La de Maru Campos mostró a una oposición que intenta construir liderazgos nacionales a partir de conflictos judiciales, pero que sigue arrastrando el peso de figuras desacreditadas y de errores estratégicos recurrentes.

La de Claudia Sheinbaum confirmó que la presidenta conserva una importante capacidad de convocatoria y una narrativa política sólida alrededor de la soberanía, la estabilidad y los programas sociales. Pero también evidenció que Morena enfrenta un riesgo que históricamente ha terminado por debilitar a todos los movimientos políticos exitosos: la formación de una élite que comienza a sentirse distante de la ciudadanía que la llevó al poder.

Por eso, frente a la pregunta de este fin de semana, mi respuesta sigue siendo la misma.

¿Con Maru o con Claudia?

Con Claudia.

Pero también con la exigencia de que Morena recuerde que su principal fortaleza no está en las zonas VIP, ni en los accesos especiales, ni en los privilegios del poder. Su verdadera fuerza sigue estando en el pueblo que durante años llenó plazas, recorrió caminos y construyó un movimiento que prometió hacer política de manera distinta. Si olvidan esa lección, el riesgo no vendrá de la oposición, sino de ellos mismos.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

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