Columnas

El fútbol, la FIFA y la gallina de los huevos de oro

La gallina de los huevos de oro es una de esas historias que nos acompañan desde la infancia. Su enseñanza es sencilla: la ambición desmedida suele terminar destruyendo aquello que genera riqueza. El campesino que, cegado por la codicia, mata a la gallina para obtener de una sola vez todos los huevos de oro, descubre demasiado tarde que ha destruido la fuente de su prosperidad.

La historia parece escrita para describir el momento que vive la FIFA. Durante décadas, la Copa Mundial de Fútbol fue mucho más que un negocio. Era una celebración global capaz de detener guerras, paralizar economías y unir a millones de personas alrededor de una pasión compartida. El Mundial era el evento deportivo más importante del planeta porque representaba algo que iba más allá del dinero: identidad nacional, orgullo colectivo, memoria histórica y pertenencia social.

Sin embargo, en los últimos años la FIFA parece haber olvidado que el fútbol es primero un fenómeno cultural y después una mercancía. La organización que gobierna este deporte ha convertido al Mundial en una máquina de extracción de recursos cuya lógica ya no es deportiva ni social, sino exclusivamente financiera.

La Copa del Mundo es la auténtica gallina de los huevos de oro de la FIFA. Y curiosamente, sus dirigentes parecen empeñados en matarla.

El primer gran aviso ocurrió con los escándalos de corrupción que sacudieron al organismo hace algunos años. Aquellas investigaciones demostraron que detrás del discurso romántico sobre el desarrollo del fútbol existía una compleja red de intereses económicos, sobornos, tráfico de influencias y decisiones tomadas en función de negocios multimillonarios.

La FIFA logró sobrevivir a aquella crisis de legitimidad. Pero ahora enfrenta un problema distinto y posiblemente más peligroso: la creciente percepción de que ha convertido al aficionado en una simple fuente de ingresos.

El debate ya no gira solamente alrededor de quién organiza los torneos o quién obtiene los derechos comerciales. La discusión se ha trasladado a los precios de los boletos y a las condiciones bajo las cuales los aficionados pueden acceder a ellos.

Cuando personajes tan distintos como Donald Trump y Carlos Slim coinciden en señalar que los costos resultan excesivos, estamos frente a una señal de alerta. No se trata precisamente de ciudadanos con problemas económicos. Si incluso para ellos algunos precios parecen irracionales, resulta sencillo imaginar lo que representan para una familia promedio. La situación va mucho más allá del costo de una entrada.

Diversas críticas han señalado que los sistemas de venta son cada vez más complejos, opacos y difíciles de comprender para el consumidor común. Nuevas categorías de boletos, paquetes preferenciales, membresías especiales, mecanismos de asignación poco transparentes y procesos de compra que privilegian a quienes tienen mayor capacidad económica están modificando profundamente la naturaleza popular del fútbol.

A ello se suma la especulación. La reventa ha alcanzado niveles absurdos. Existen boletos cuyo valor secundario multiplica varias decenas de veces su precio original. En algunos casos, asistir a un partido mundialista implica desembolsar una cantidad equivalente a varios meses de salario para millones de trabajadores.

Paradójicamente, mientras algunos encuentros presentan precios exorbitantes impulsados por la especulación, existen sedes donde la demanda no alcanza las expectativas proyectadas por los organizadores. La FIFA parece haber diseñado un modelo pensado para maximizar ingresos sin considerar las diferencias económicas, culturales y sociales entre los distintos mercados.

México tampoco escapa a esta realidad.

La parte del Mundial que se celebrará en nuestro país se encuentra rodeada de cuestionamientos que   desde la movilidad urbana hasta los problemas derivados de la reventa. A ello se suma la controversia relacionada con los palcos del Estadio Azteca, rebautizado para efectos comerciales como sede Ciudad de México. 

El asunto no es menor. Miles de propietarios adquirieron esos espacios bajo determinadas condiciones contractuales o patrimoniales y ahora existe incertidumbre respecto a su utilización durante el Mundial. El conflicto evidencia una tensión creciente entre los intereses comerciales de la FIFA y los derechos previamente adquiridos por particulares. Pero el problema más profundo no está en los palcos. El verdadero debate gira alrededor de quién puede seguir asistiendo al fútbol.

Durante décadas los estadios fueron espacios de convivencia popular. Obreros, estudiantes, comerciantes, profesionistas y familias enteras compartían las tribunas. Existían diferencias económicas, por supuesto, pero el acceso al espectáculo seguía siendo relativamente democrático.

Hoy la situación es distinta. La Fórmula 1, algunos conciertos internacionales y diversos espectáculos masivos ya habían comenzado a funcionar como marcadores de clase. La capacidad de asistir se convirtió en un símbolo de estatus económico. Ahora el fútbol corre el mismo riesgo.

La clase media empieza a ser expulsada de los grandes eventos deportivos. Los sectores populares, que históricamente constituyeron la base social de este deporte, enfrentan barreras prácticamente insuperables. Para millones de aficionados, asistir a un partido mundialista ha dejado de ser una aspiración razonable para convertirse en un lujo reservado a una minoría. Ni siquiera el acceso televisivo escapa a esta lógica.

La FIFA ha construido un modelo que controla de manera cada vez más estricta los derechos de transmisión, la publicidad, los contenidos digitales, los patrocinios y hasta diversas actividades comerciales realizadas alrededor de los estadios. Lo que antes era una fiesta popular se ha transformado en una plataforma global de explotación comercial.

Por supuesto, nadie puede negar que el fútbol genera enormes recursos económicos. Tampoco resulta cuestionable que quienes organizan los torneos busquen obtener beneficios financieros. El problema surge cuando la búsqueda de ganancias deja de reconocer límites.

Toda actividad humana necesita equilibrio. Los clubes requieren aficionados. Los patrocinadores necesitan audiencias. Las televisoras dependen del interés popular. La FIFA necesita que millones de personas mantengan viva la pasión por el fútbol.

Pero esa pasión no es infinita. La historia demuestra que los consumidores pueden alejarse cuando perciben abusos sistemáticos. Los aficionados aceptan pagar por experiencias extraordinarias, pero también esperan condiciones razonables, transparencia y respeto.

Lo más preocupante es que la FIFA parece confundir el entusiasmo actual con una fuente inagotable de ingresos. El Mundial de 2026 probablemente será un éxito económico. Los estadios lucirán llenos, las audiencias televisivas romperán récords y los patrocinadores estarán satisfechos. Sin embargo, los efectos de las decisiones actuales podrían manifestarse en el mediano plazo.

Cuando un deporte pierde contacto con sus bases populares, comienza un proceso de erosión silenciosa. Los niños dejan de identificarse con él. Las familias reducen su participación. Los estadios se convierten en espacios exclusivos para consumidores de alto poder adquisitivo. La identidad colectiva es reemplazada por la lógica del cliente premium. Ese es el verdadero riesgo.

No se trata solamente de boletos caros ni de sistemas de venta cuestionables. Se trata de la transformación de un fenómeno social en un producto de lujo.

Pronto rodará el balón y millones volveremos a emocionarnos con cada partido. Durante algunas semanas olvidaremos los precios, las polémicas y los excesos comerciales. El fútbol conserva una magia capaz de superar casi cualquier crítica. Pero cuando termine el torneo, la pregunta seguirá vigente.

¿Entenderá la FIFA que su mayor activo no son los contratos televisivos ni los patrocinadores globales, sino los millones de aficionados que aman este deporte? Porque la historia de la gallina de los huevos de oro siempre termina igual. Quien confunde la riqueza con la codicia suele descubrir demasiado tarde que ha destruido aquello que le permitía prosperar.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

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