Columnas

La ausencia de “El Hugo”

Siempre tuve la intuición de que los mundiales de fútbol tienen algo de ritual civilizatorio. Durante unas cuantas semanas, países enteros suspenden conversaciones ordinarias para hablar de este deporte. Sin embargo, detrás de cada partido y de cada resultado, ocurre que las naciones se narran a sí mismas. El fútbol, como pocas expresiones culturales, se convierte en un espejo donde los pueblos se observan, se reconocen y construyen relatos sobre lo que creen ser.

Hace algunos años participé en un Congreso de Filosofía de la Liberación organizado por el Centro de Estudios de Filosofía y Liberación —encabezado por mi amiga Nadia Heredia— en la Universidad de La Plata, allá en Argentina. Como suele suceder en esta clase de encuentros, los momentos más valiosos no ocurren necesariamente durante las ponencias, sino después, cuando las formalidades académicas cedieron su lugar al vino, la comida y las conversaciones largas.

En una de esas noches platicaba con un artista visual argentino.

Al fondo sonaba Maná.

Recuerdo haber interrumpido momentáneamente la conversación para señalar lo curioso que me resultaba escuchar música mexicana en Argentina —mi fingido asombro quería ocultar mi orgullo patriótico—. De ahí pasamos a hablar de nacionalismos, identidades culturales y, naturalmente, terminamos hablando de fútbol.

Le pregunté entonces algo que me intrigaba.

—¿Por qué los argentinos son tan buenos jugando fútbol?

Su respuesta fue inmediata.

—Porque tenemos “al Diego” en la sangre, en el ADN.

No recuerdo si utilizó exactamente esas palabras o si los efectos acumulados del vino ya comenzaban a intervenir en mi memoria. Pero sí recuerdo perfectamente el sentido de lo que quiso decir.

Acto seguido comenzó a hablarme de Maradona. No del futbolista, sino del símbolo.

Me habló de lo que representó aquel gol con la mano contra Inglaterra en el Mundial del 86.

Me habló de las Malvinas.

De la derrota argentina.

De la humillación histórica.

De la necesidad de encontrar una revancha simbólica allí donde la realidad había sido incapaz de ofrecerla.

Para millones de argentinos, me decía, aquel gol nunca fue solamente un gol, sino una victoria nacional; una especie de reparación imaginaria adjunta de justicia poética.

Maradona, me reiteraba el colega, logró algo que trasciende al deporte, pues se convirtió en una metáfora de la argentinidad.

Y entonces sobrevino la frase que me ha resonado en estos años:

—Ustedes, los mexicanos, no son tan buenos en el fútbol porque no tienen “al Diego”; no por inexistencia fáctica, pues tienen “al Hugo”, pero parece que no lo quieren.

La observación me tomó por sorpresa, porque, en el fondo, tenía razón.

En México tenemos a Hugo Sánchez.

Uno de los mejores delanteros que ha producido el fútbol mundial, y el mejor jugador de su década. Un futbolista cuya carrera será casi imposible de igualar.

Y, sin embargo, nunca hemos terminado de construir alrededor de él algo parecido a lo que los argentinos construyeron alrededor de Maradona.

¿Por qué?

La pregunta no interpela una mera idea deportiva.

¿Por qué Hugo nunca fue capitán de la selección mexicana en ninguno de los mundiales que disputó?

¿Por qué, cuando se habla de los grandes símbolos futbolísticos nacionales, aparecen figuras como Cuauhtémoc Blanco envueltas en una cercanía afectiva que rara vez acompaña a Hugo?

¿Por qué un futbolista objetivamente más exitoso parece ocupar un lugar emocionalmente menor?

Las respuestas fáciles apuntan hacia las televisoras, las dirigencias, los conflictos internos, las rivalidades mediáticas o los intereses económicos.

Y seguramente algo de eso hay.

Pero sospecho que la explicación profunda es cultural. Pensemos en que los pueblos no eligen a sus héroes únicamente por sus logros. Los eligen por lo que representan.

Maradona encarnaba una narrativa profundamente argentina: el genio irreverente, el rebelde que desafía al poder, el muchacho surgido de abajo que derrota a los grandes, incluso cuando debe hacerlo bordeando los límites de la norma.

Hugo representaba otra cosa.

Representaba la disciplina obsesiva, la autoexigencia, la excelencia individual, y la convicción abierta y explícita de saberse extraordinario.

Y quizá ahí reside una parte del problema.

El mexicano suele admirar el éxito, pero también suele desconfiar de quien lo reconoce públicamente. Celebramos al triunfador mientras conserve cierta modestia performativa. Ya lo decía Martinoli: nos incomoda quien se sabe grande.

Nos genera sospecha quien no simula humildades estratégicas para agradar.

Es por esto que intuyo que la observación de aquel argentino no era realmente sobre Hugo Sánchez, era sobre nosotros, las y los mexicanos. Sobre nuestra dificultad para construir consensos simbólicos.

Ahora que el Mundial vuelve a ocupar conversaciones, pantallas y sobremesas, la pregunta regresa inevitablemente.

Argentina tiene “al Diego”.

¿Y nosotros?

Quizá sí tenemos “al Hugo”.

Lo que no hemos terminado de decidir es qué hacer con él.

Al final, los grandes ídolos —deportivos o no— no hablan únicamente de quienes fueron dentro de una cancha o de su espacio de desarrollo. Hablan, sobre todo, de los pueblos que deciden convertirlos —o no— en parte de su propia narrativa.

¿Por qué Hugo nunca fue nuestro Maradona? Creo que no tiene que ver con la calidad de juego —no olvidemos que en números, a excepción de una copa del mundo, Hugo Sánchez supera con creces a Diego Armando— sino con que en México nunca quisimos ni hemos querido tener “al Hugo”.

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