Donald Trump volvió a colocarse en el centro de la crisis en Medio Oriente al advertir a Benjamin Netanyahu que Israel debe actuar con mayor responsabilidad en Líbano, luego de los ataques contra Hezbollah. El mandatario estadounidense intentó presentarse como árbitro de paz, aunque su propio gobierno sostiene una relación histórica de respaldo militar y político a Israel.
Durante la cumbre del G7 en Francia, Trump defendió el memorando de entendimiento alcanzado con Irán y aseguró que el documento establece límites claros para impedir que Teherán desarrolle armas nucleares. El presidente también adelantó que el texto será presentado formalmente, e incluso abrió la puerta a que el Congreso estadounidense lo revise en la siguiente fase de negociación.
El problema para Washington es que el acuerdo con Irán podría quedar en riesgo por la ofensiva israelí en Líbano. Teherán advirtió que los ataques de Israel pueden interpretarse como una violación del proceso de paz, especialmente si no hay retiro de las zonas ocupadas durante la guerra ni garantías suficientes para frenar la escalada regional.
Trump cuestionó la forma en que Netanyahu ha conducido la operación contra Hezbollah y criticó que los ataques terminen afectando a población civil. Sin embargo, su postura exhibe una contradicción profunda de Estados Unidos, que ahora pide contención después de haber respaldado durante años la capacidad militar israelí y su margen de acción en la región.
El mandatario incluso sugirió que Siria podría encargarse mejor de contener a Hezbollah, una declaración que abrió nuevas dudas sobre el tipo de reacomodo regional que busca Washington. La idea confirma que Estados Unidos sigue tratando Medio Oriente como tablero geopolítico, donde decide quién combate, quién negocia y quién debe asumir los costos humanos.
Aunque Trump presume el acuerdo con Irán como avance diplomático, la crisis revela que la paz regional no depende sólo de un memorando. Mientras Washington intenta vender estabilidad, sus propios aliados pueden dinamitar el proceso, y Estados Unidos queda atrapado entre su discurso de paz y el intervencionismo que ha marcado su política exterior.
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