Como todos los que vimos el partido de México contra Inglaterra, en el que fuimos derrotados por tres goles contra dos, comparto un sentimiento de tristeza y quizá un poco de frustración. Durante varias semanas volvimos a creer que esta vez la historia podía ser diferente.
Vi el partido en el Estado de México, en casa de mi madre. De regreso a la Gran Tenochtitlán, ombligo del mundo, observé un gran movimiento. La zona de Reforma continuaba cerrada. Grupos de jóvenes se dirigían a sus casas ondeando banderas, comentando las jugadas, lamentando los errores y discutiendo las oportunidades desperdiciadas.
Volvió a ocurrir. Terminó un nuevo ciclo de críticas, esperanzas, ilusiones y derrotas que colocan a México en la media tabla del fútbol mundial. No fue un fracaso. Tampoco fue la hazaña que millones de aficionados esperábamos. México compitió, tuvo buenos momentos, mostró personalidad y encontró una generación de jugadores que podría crecer durante los próximos años.
La pregunta es qué sigue. ¿Qué les deja este Mundial a los jugadores? ¿Qué aprendió la Federación Mexicana de Fútbol? ¿Qué cambiará en la Liga MX? ¿Qué beneficios permanentes obtuvieron las ciudades sedes? ¿Qué nos deja como sociedad? Son las mismas preguntas que nos hacemos cada cuatro años. Y ése es precisamente el problema.
Lo primero que debemos reconocer es que la geografía del fútbol mundial cambió. Los grandes campeones del siglo XX se han desdibujado durante el primer cuarto del nuevo siglo. Italia, atrapada en una profunda inconsistencia, ni siquiera clasificó al Mundial. Uruguay no ganó un solo partido. El llamado juego bonito de Brasil ya no es suficiente para garantizar su presencia en las instancias finales. Alemania tampoco es aquella maquinaria implacable que dominó durante décadas el fútbol internacional.
En cambio, se consolidó una nueva élite. Argentina mantiene la fortaleza futbolística que le permitió convertirse en campeón del mundo. Francia cuenta con un impresionante conjunto de jugadores. España construyó una nueva generación. Después aparecen Inglaterra, Portugal, Países Bajos y sorpresas como Noruega. También debemos destacar el crecimiento del fútbol africano, de algunos países de Medio Oriente y, por supuesto, de Estados Unidos. El fútbol mundial cambió, México no. Seguimos atrapados en la misma discusión de los últimos treinta años.
Después de cada Mundial aparecen los mismos diagnósticos: desarrollar fuerzas básicas, descubrir talento, exportar jugadores a Europa, fortalecer la competencia interna, mejorar la formación de entrenadores y establecer un proyecto de largo plazo. Después se guardan los diagnósticos en un cajón, comienza nuevamente el torneo, regresan los patrocinadores, vuelven las transmisiones, se venden millones de camisetas y no pasa nada. El problema del fútbol mexicano no se encuentra fundamentalmente en la cancha. Está en los escritorios.
La Federación Mexicana de Fútbol es responsable de décadas de improvisación, decisiones contradictorias, cambios de entrenadores y proyectos abandonados. ¿Cuántas veces hemos escuchado hablar de procesos de largo plazo? ¿Cuántas veces nos han prometido una transformación profunda? ¿Cuántas veces hemos iniciado nuevamente desde cero? La Selección Mexicana se ha convertido en un extraordinario producto comercial, pero no en la consecuencia de un verdadero proyecto deportivo nacional. Ésa es la contradicción fundamental.
Tenemos una de las selecciones que más camisetas vende, que mayores audiencias genera y que mejores contratos comerciales obtiene, pero seguimos sin construir un sistema capaz de convertir el talento mexicano en competitividad internacional. Somos campeones del marketing, pero en el fútbol seguimos en la media tabla.
Javier Aguirre lo dijo con claridad. Para ganarle a Inglaterra, México tenía que jugar un partido casi perfecto. No ocurrió. Cometimos errores e Inglaterra los aprovechó. Ésa es precisamente la diferencia entre los equipos de media tabla y los integrantes de la élite mundial. En el máximo nivel, los errores se pagan.
Raúl Jiménez tuvo oportunidades, pero enfrente estaba un portero inglés que detuvo prácticamente todo. Cuando tuvo la responsabilidad de cobrar el penal, cumplió. Julián Quiñones hizo lo mismo. Cuando recibió el balón dentro del área, disparó y anotó. México tuvo orden, personalidad y disciplina. No fue suficiente. Espero que el desempeño de buena parte de los jugadores mexicanos durante este Mundial les permita incursionar en otras ligas. Jugar permanentemente contra los mejores puede ayudarlos a crecer como futbolistas y como personas.
Pero aquí aparece otro de los grandes problemas. La Liga MX. Mientras el fútbol mexicano continúe controlado por un grupo de empresarios que priorizan el negocio sobre el desarrollo deportivo, seguiremos instalados en la mediocridad internacional. No tengo nada contra los negocios. El fútbol profesional es una industria multimillonaria que genera empleos, inversiones, publicidad, derechos de transmisión y enormes ganancias, el problema comienza cuando el negocio se convierte en el único objetivo, cuando resulta más importante vender camisetas que formar jugadores; cuando se contratan futbolistas extranjeros de nivel medio en lugar de dar oportunidades a jóvenes mexicanos; cuando los equipos pueden fracasar deportivamente sin enfrentar consecuencias; cuando los intereses de los propietarios, las televisoras y los patrocinadores determinan el rumbo del fútbol nacional. Después de cada Mundial hablamos de proyectos deportivos. Después regresamos al negocio.
Javier Aguirre anunció su retiro de la Selección. Sería positivo que Rafael Márquez continuara con este proceso. La continuidad es indispensable para construir cualquier proyecto de mediano y largo plazo. Pero la decisión no corresponde a los aficionados. Tampoco necesariamente a quienes más saben de fútbol. Serán los dueños de los equipos quienes, al final de cuentas, decidirán si Rafael Márquez permanece o debe buscar otros horizontes. Ahí está el problema, el fútbol mexicano tiene dueños. Lo que no tiene es un verdadero proyecto nacional.
El Mundial también obliga a realizar otra reflexión. ¿Qué les quedó a las ciudades mexicanas? Según las autoridades, el evento dejó una derrama económica de alrededor de 30 mil millones de pesos.
Seguramente fue así. Ganaron las cadenas hoteleras, ganaron los restaurantes, ganaron las aerolíneas, ganaron las plataformas digitales, ganaron los patrocinadores, ganaron las empresas de transporte, los comerciantes. Y, por supuesto, ganó la FIFA. La FIFA siempre gana.
Los países organizadores ponen los estadios, la infraestructura, la seguridad, los servicios públicos y una buena parte de los recursos.
La FIFA pone las reglas. También se lleva la parte fundamental del negocio. Ése es el modelo. No debería sorprendernos. La FIFA es una extraordinaria maquinaria comercial que utiliza la pasión de millones de aficionados para construir uno de los negocios más rentables del planeta.
La pregunta es si México negoció adecuadamente los beneficios de organizar un Mundial. Particularmente la Ciudad de México. ¿Qué infraestructura permanente quedó después de la fiesta? No hubo grandes obras urbanas. No se construyeron nuevos sistemas de transporte vinculados con el Mundial. No se desarrollaron proyectos capaces de transformar permanentemente la movilidad de los habitantes. No hubo una verdadera estrategia de recuperación del espacio público.
Nos dedicamos a tapar baches, pintar algunas calles, mejorar temporalmente ciertas zonas y sobrellevar como pudimos la organización del evento. Hay que reconocerlo. Salió bien. Pero pudo ser mucho mejor. Los grandes acontecimientos deportivos deberían servir para transformar las ciudades. La Ciudad de México tuvo una oportunidad extraordinaria. La desperdició.
Durante algunos meses las autoridades trabajaron para mostrar una ciudad más limpia, ordenada y segura a los visitantes. Pero una ciudad no debe transformarse para quienes vienen durante dos semanas. Debe hacerlo para quienes viven en ella todos los días. Ése debería ser el verdadero legado de un Mundial. Mejor transporte público, más espacios deportivos y calles recuperadas, parques seguros, infraestructura permanente, comunidades beneficiadas. No solamente fotografías, discursos, estadísticas de ocupación hotelera y cifras sobre derrama económica.
Dicen que se construyeron y rehabilitaron miles de canchas para que niñas, niños y jóvenes practiquen fútbol. Como decía Santo Tomás: hasta no ver, no creer. Espero que sea cierto. Espero, sobre todo, que dentro de cinco años esas canchas continúen abiertas, iluminadas, seguras y en buenas condiciones. Porque construir una cancha es relativamente sencillo. Mantenerla durante veinte años es otra historia.
Para mi generación, las canchas de fútbol eran las calles. Colocábamos dos piedras para marcar las porterías. Jugábamos durante horas. Interrumpíamos el partido cuando pasaba un automóvil y regresábamos inmediatamente al juego. Eso desapareció. Los automóviles y la inseguridad nos arrebataron esos territorios. Las calles dejaron de pertenecer a los niños, los parques se volvieron insuficientes, las unidades deportivas fueron abandonadas. Los espacios públicos disminuyeron. Por eso resulta insuficiente hablar de un legado deportivo si no existe una verdadera política pública que vincule el deporte, la educación, la salud, la seguridad y la recuperación del espacio público.
México no necesita solamente once buenos jugadores. Necesita millones de niñas, niños y jóvenes haciendo deporte, no todos llegarán a Primera División, no todos jugarán en Europa, no todos vestirán la camiseta de la Selección Nacional. Eso es lo de menos. El deporte es salud, disciplina, convivencia, comunidad y prevención. Una cancha iluminada y segura puede transformar una colonia. Un entrenador comprometido puede cambiar la vida de un adolescente. Un equipo deportivo puede construir relaciones de solidaridad donde antes existían aislamiento, violencia y desesperanza.
Ése debería ser el verdadero legado social del Mundial. Pero hay otra lección. Durante tres semanas existió una enorme euforia social y un apoyo prácticamente unánime a la Selección Mexicana. Millones de personas vestimos la misma camiseta, ondeamos la misma bandera, celebramos los mismos goles, sufrimos los mismos errores, nos abrazamos con desconocidos. Eso me demostró algo.
La sociedad mexicana está harta de la polarización. Estamos cansados de dividirnos permanentemente entre buenos y malos, conservadores y progresistas, chairos y fifís, pueblo y élites, vencedores y vencidos. Necesitamos identidades colectivas positivas. Necesitamos espacios de encuentro. Necesitamos razones para celebrar juntos. El fútbol no resolverá nuestros problemas. Pero puede recordarnos algo que muchas veces olvidamos. Seguimos formando parte de una misma sociedad.
El Mundial terminó para México. Vendrán los análisis. Las críticas. Los cambios. Las promesas. La Federación Mexicana de Fútbol anunciará seguramente una nueva estrategia. Los dueños de los equipos hablarán de fortalecer la Liga MX. Los comentaristas deportivos discutirán durante semanas sobre los jugadores que deben continuar. Después comenzará nuevamente el torneo. Regresarán los patrocinadores. Volverá el negocio. Corremos el riesgo de que no cambie absolutamente nada. Ésa sería la verdadera derrota. No perder tres goles contra dos frente a Inglaterra. La verdadera derrota sería desperdiciar, una vez más, la oportunidad de aprender. El fútbol mundial cambió y México necesita cambiar.
La Federación Mexicana de Fútbol debe dejar de administrar fracasos. La Liga MX debe entender que sin competencia y formación de jugadores mexicanos no existe futuro. La FIFA seguirá haciendo negocios porque para eso existe. Las autoridades mexicanas deben explicar cuál será el legado permanente del Mundial para nuestras ciudades. Y nosotros, como sociedad, deberíamos preguntarnos por qué solamente alrededor de un balón somos capaces de reconocernos como parte de un mismo país.
Perdimos contra Inglaterra. Duele. Durante algunas horas sentimos tristeza y frustración. Después regresamos a la realidad. El problema es que, fuera de la cancha, los mismos de siempre ganaron.
La FIFA ganó. Los patrocinadores ganaron. Las televisoras ganaron. Los empresarios ganaron. Ahora falta saber si también ganó México. Ésa es la pregunta que deberíamos hacernos cuando se apaguen definitivamente las luces de los estadios y termine la fiesta mundialista. Porque organizar un Mundial es relativamente fácil. Lo verdaderamente difícil es aprovecharlo para cambiar un país.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
@onelortiz












