Quizá cualquier otra persona le hubiera nombrado Euterpe (Musa Griega de la música) a su academia musical y albergue.
Juan Gabriel, no.
Quizá otros, sí; él no.
Quizá todos quienes reproducen, sí. Pero quien produce, no. Y es que entre la producción y la reproducción hay enormes diferencias (escuchemos al pensamiento crítico feminista).
Nombrar nunca ha sido un acto inocente. Nombrar es producir mundo. Es delimitar aquello que existe, aquello que merece ser visto y aquello que permanecerá oculto. Por eso los procesos coloniales no sólo conquistaron territorios; también conquistaron vocabularios. Nos enseñaron —y aún nos enseñan— a nombrar el mundo desde categorías ajenas, a pensar desde mitologías que no eran nuestras y a reconocer como universales narrativas que, en realidad, sólo eran —y son— locales con pretensiones de totalidad.
Durante siglos, la cultura occidental convirtió a la mitología griega en el repertorio simbólico desde el cual debía comprenderse el arte, la belleza, la música o la poesía. Si alguien quisiera bautizar una escuela de música con pretensiones cultas, probablemente acudiría a Euterpe. Parecería natural, elegante y correcto.
Juan Gabriel hizo otra cosa.
Le llamó Semjase.
No recurrió a la genealogía de los dioses consagrados por Occidente. Inventó, o si se prefiere, recreó una nueva referencia para nombrar aquello que deseaba fundar. No aceptó pasivamente la cartografía simbólica heredada, sino que produjo una nueva.
Piénsese en que una de las formas más sofisticadas de la colonialidad del ser consiste precisamente en hacernos creer que sólo existen ciertos nombres para comprender el mundo y que la inteligencia consiste en reproducir las categorías disponibles y no en producir otras nuevas.
Juan Gabriel hizo exactamente lo contrario.
Mientras buena parte de las élites culturales —aquellas que quisieron boicotear su concierto en bellas Artes en 1990— buscaban legitimidad aproximándose a los referentes europeos, él construía un universo simbólico propio, un universo simbólico a la mexicana.
La descolonización comienza ahí.
No necesariamente derribando monumentos, sino dejando de pedir permiso para producir nuevas formas de inteligibilidad.
Por eso Semjase es la afirmación de que también desde la periferia puede producirse sentido.
Y quizá esa haya sido una constante en la vida de Alberto Aguilera Valadez.
Escribiendo canciones produjo una manera distinta de habitar el espacio público.
Lo hizo cuando desafió las formas hegemónicas de comprender la masculinidad. Lo hizo cuando convirtió el dolor popular en alta composición musical sin pedir autorización a las élites culturales. Lo hizo, incluso, cuando enfrentó públicamente a los grandes monopolios televisivos en momentos donde muy pocas figuras artísticas podían hacerlo sin pagar costos profesionales enormes. Lo hizo cuando visibilizó al Otro, al anulado, al inexistente con sus letras.
Sobre esto último recordemos la canción Amor del alma.
Pocas veces una letra logra desplazar tan radicalmente el lugar desde donde se mira al otro.
Juan Gabriel la escribió para una persona ciega. Pero no lo hizo desde la compasión ni tampoco desde la lástima y mucho menos desde la condescendencia; lo hizo desplazando el centro mismo de la experiencia.
—»Es más fácil esperar que tú me quieras, a que esperes que algún día yo te vea.»
Y después escribe:
—»Tú puedes ser la luz de mi camino… que yo sin verte te daré mi vida entera.»
Finalmente remata con una de las líneas más hermosas de toda la música popular latinoamericana:
—»En el silencio de mi obscuridad te veo.»
Esta canción es un acto de restitución de existencia.
El sujeto históricamente colocado en la periferia deja de ser objeto de contemplación para convertirse en el centro desde donde se reorganiza toda la experiencia del mundo.
El ciego deja de ser «el otro» y se convierte en quien posibilita otra forma de mirar.
No olvidemos que toda colonialidad necesita producir periferias humanas. Necesita decidir quién merece ser visto y quién permanecerá invisible. Quién habla y quién solamente puede ser hablado.
Juan Gabriel, con una canción, invierte esa lógica.
Hace visible al invisibilizado.
Hace audible al silenciado.
Hace existir al negado.
Por eso reducir a Juan Gabriel a un extraordinario compositor resulta insuficiente. Fue, quizá sin proponérselo explícitamente, un productor de mundos. Alguien que comprendió que crear también consiste en disputar los nombres, las sensibilidades y las formas de mirar.
Semjase permanece ahí como recordatorio.
Lector, lectora, reflexione en esto: quien únicamente reproduce termina habitando siempre el mundo que otros imaginaron por y para ti.












