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El PRI, Alito y las elecciones del 2027

Hay partidos que pierden elecciones y hay partidos que pierden su razón de ser. El Partido Revolucionario Institucional corre el riesgo de encontrarse en la segunda circunstancia. Desde 2018, todas las encuestas muestran una constante: el PRI es la organización política que concentra los mayores niveles de rechazo entre los ciudadanos. A ese problema estructural se agrega otro de carácter personal: Alejandro Moreno Cárdenas, el terrible Alito, se ha convertido en el político más desprestigiado del país. La combinación es explosiva: un partido desacreditado encabezado por un dirigente que genera más rechazo que adhesiones.

Los números de 2024 muestran con crudeza el tamaño del derrumbe priísta. En la elección presidencial, el PRI obtuvo individualmente alrededor de 5.7 millones de votos, equivalentes a poco más del nueve por ciento de la votación, dentro de la coalición que postuló a Xóchitl Gálvez. En la elección de diputados federales consiguió alrededor del once por ciento de los sufragios. El resultado lo dejó muy lejos de los tiempos en que el tricolor era la primera fuerza política nacional y confirmó una tendencia que comenzó muchos años atrás: elección tras elección, el PRI pierde votos, posiciones, gobiernos, cuadros políticos y, sobre todo, presencia territorial. Los resultados oficiales pueden consultarse en el sistema histórico del INE.

En San Lázaro, la dimensión de la caída es todavía más visible. La bancada priista quedó reducida a unas cuantas decenas de diputados, una parte considerable de ellos provenientes de las listas de representación proporcional y apenas un puñado ganados directamente en los distritos electorales. En el Senado la situación no es mejor. El PRI dejó de ocupar el lugar privilegiado que durante décadas tuvo dentro del sistema parlamentario mexicano. El Partido Verde, durante muchos años su aliado, terminó superándolo en representación legislativa. La paradoja resulta brutal: aquel partido que alguna vez repartía posiciones entre sus aliados ahora tiene que disputar espacios institucionales con quienes anteriormente dependían electoralmente de él.

La geografía política tampoco ofrece demasiados motivos para el optimismo. El PRI conserva únicamente las gubernaturas de Coahuila y Durango. Son sus dos últimos bastiones territoriales y, significativamente, ninguna de esas gubernaturas estará en disputa en 2027. Coahuila sigue siendo probablemente la organización priista estatal más sólida del país, con estructuras territoriales, cuadros y disciplina política que sobrevivieron al derrumbe nacional. Fuera de esos territorios quedan municipios, diputaciones locales y liderazgos regionales, pero difícilmente puede hablarse ya de una verdadera estructura política nacional comparable con la que tuvo el PRI de antaño.

En las capitales estatales el panorama es igualmente reducido. Monterrey, con Adrián de la Garza, y Saltillo, con Javier Díaz, representan dos de las posiciones municipales más importantes que conserva directamente el priismo. Existen otras presidencias municipales producto de coaliciones, circunstancias políticas particulares o liderazgos que mantienen relaciones históricas con el tricolor, pero eso no modifica el diagnóstico general. Para un partido que llegó a gobernar prácticamente todo el territorio nacional, conservar dos gubernaturas y un puñado de ciudades significa haber pasado de partido hegemónico a organización política en riesgo de convertirse en una fuerza regional.

Éste es el PRI que llegará a las elecciones de 2027. Llegará, salvo que ocurra algo extraordinario durante los próximos meses, tratando de conservar sus últimos espacios competitivos. Su verdadera elección no estará en las gubernaturas, sino en los distritos federales, congresos locales, ayuntamientos y capitales donde todavía conserva estructuras. Su estrategia tendrá que ser defensiva: proteger Coahuila y Durango en las elecciones legislativas, conservar Monterrey y Saltillo, rescatar determinados distritos y mantener posiciones como la alcaldía Cuauhtémoc si Alessandra Rojo de la Vega decide continuar vinculada electoralmente con el PRI.

Hay una señal todavía más grave: Acción Nacional decidió romper la lógica de las alianzas nacionales que mantuvo con el PRI durante los procesos de 2021 y 2024. No es una decisión sentimental ni ideológica. Es cálculo electoral. La dirigencia panista considera que el elevado rechazo ciudadano hacia el PRI terminó contaminando a la propia marca del PAN. Incluso después de resultados adversos, Acción Nacional ha sostenido públicamente su decisión de no reeditar una alianza nacional con el tricolor rumbo a 2027. En Nuevo León, Jorge Romero ha señalado igualmente que el PAN pretende competir con sus propias siglas, aunque abra sus candidaturas a liderazgos ciudadanos.

Dicho de otra manera: para el PAN, el PRI dejó de ser un activo electoral y se convirtió en un pasivo. Durante años se justificó la alianza PAN-PRI argumentando que solamente la suma de ambas estructuras podría enfrentar exitosamente a Morena. El resultado de 2024 destruyó esa hipótesis.

En el centro del problema aparece inevitablemente Alejandro Moreno. Su permanencia al frente del PRI dejó de ser solamente un asunto interno y se convirtió en uno de los principales obstáculos para cualquier intento de reconstrucción partidaria. Alito controló la estructura nacional, modificó las reglas internas y prolongó su dirigencia, pero controlar un partido no significa necesariamente fortalecerlo.

Su estrategia rumbo a 2027 esta orientada hacia la confrontación permanente con Morena y particularmente con la presidenta Claudia Sheinbaum. Sus viajes a Estados Unidos, sus denuncias internacionales y sus acusaciones contra el oficialismo buscan construir la imagen de un opositor perseguido por el régimen.

La elección de 2027 renovará la Cámara de Diputados y numerosas gubernaturas, congresos y ayuntamientos. En buena parte de esas contiendas el PRI aparece actualmente lejos de los primeros lugares. Incluso donde Morena enfrenta problemas, el beneficiario del desgaste oficialista no necesariamente sería el tricolor. Chihuahua puede convertirse en una de las elecciones más disputadas; Aguascalientes y Querétaro siguen representando territorios especialmente favorables para Acción Nacional; Nuevo León presenta una competencia abierta entre Morena, Movimiento Ciudadano y las fuerzas opositoras. Una encuesta reciente, por ejemplo, colocó en Nuevo León a Morena con 31 por ciento, MC con 22 y al PAN y PRI sumando 19 por ciento.

Éste es quizá el dato que debería preocupar más a los priistas. Si Morena pierde votos, esos votos no necesariamente llegarán al PRI. Pueden ir al PAN, Movimiento Ciudadano, candidaturas locales, organizaciones emergentes o simplemente a la abstención. En Sinaloa, por ejemplo, una medición publicada recientemente colocó a Morena con 38 por ciento y al PRI con apenas 10, aunque el oficialismo enfrenta un escenario político complejo. El desgaste de Morena, por tanto, no equivale automáticamente al fortalecimiento priista. El PRI enfrenta el peor problema posible para una oposición: incluso cuando el gobierno pierde respaldo, el partido no necesariamente lo capitaliza.

Por eso 2027 puede producir una paradoja extraordinaria. Morena podría perder votos e incluso posiciones importantes en la Cámara de Diputados y, al mismo tiempo, el PRI podría retroceder todavía más. Una eventual reducción de la mayoría oficialista podría beneficiar principalmente al PAN y a Movimiento Ciudadano. El PRI quedaría atrapado entre Morena, que conserva una poderosa estructura nacional; Acción Nacional, que pretende recuperar su identidad opositora; Movimiento Ciudadano, que disputa principalmente el voto urbano y joven, y nuevas organizaciones que buscarán precisamente a los ciudadanos que no quieren votar por los partidos tradicionales.

A todo esto se agrega el proceso de desafuero contra Alejandro Moreno. La Fiscalía Anticorrupción de Campeche presentó elementos relacionados con presuntos delitos cometidos durante su administración como gobernador, y la Cámara de Diputados podría procesar institucionalmente el expediente. El asunto podría reactivarse durante el periodo ordinario que comienza en septiembre. Para Morena aparece entonces una interrogante: independientemente de la dimensión jurídica del caso, ¿electoralmente le conviene que Alito deje de encabezar al PRI?

La respuesta no es tan sencilla como parece. Un desafuero podría permitir a Alejandro Moreno presentarse como víctima de una persecución política. Podría cohesionar temporalmente a la militancia priista y proporcionarle una narrativa que hoy no tiene. Alito intentaría convertir un procedimiento judicial en una batalla entre gobierno y oposición. Sus viajes internacionales ya apuntan precisamente hacia esa construcción discursiva: presentarse como dirigente perseguido por denunciar al oficialismo. Un desafuero mal procesado políticamente podría proporcionarle la bandera que necesita para tratar de transformar su enorme rechazo ciudadano en solidaridad política entre determinados sectores opositores.

Pero existe la posibilidad contraria, quizá más interesante para Morena: dejar que la inercia haga su trabajo. Mientras Alejandro Moreno permanezca al frente del PRI, Acción Nacional tendrá mayores dificultades para reconstruir una gran coalición opositora. Mientras Alito controle las candidaturas, numerosos liderazgos priistas seguirán evaluando la posibilidad de abandonar el partido. Mientras su figura domine la conversación pública, será más difícil que el PRI construya una nueva identidad política. Desde una perspectiva estrictamente electoral, Alito podría terminar siendo mucho más útil para Morena como presidente del PRI que como dirigente desaforado convertido en víctima política.

De ahí la pregunta final. Si Alito es uno de los dirigentes con mayor rechazo y su permanencia dificulta la reconstrucción opositora, ¿qué le conviene más a Morena? ¿Desaforarlo, convertirlo en víctima y ofrecerle una salida política para explicar la debacle del PRI? ¿O dejar que llegue hasta las elecciones de 2027 y permitir que las urnas dicten sentencia? A veces, en política, el adversario más útil es aquel que insiste en permanecer al frente. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

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