Brasil se encamina hacia las elecciones del 4 de octubre con una polarización que, a simple vista, parece un déjà vu de 2022. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, en busca de un cuarto mandato, se enfrenta al senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente encarcelado por intentar un golpe de Estado, precisamente tras perder la presidencia hace cuatro años. Las encuestas, a pesar de que dan a Lula una ventaja con más del 40% de intención de voto, avizoran una contienda peleada.
Porque Lula no solo compite contra Flávio Bolsonaro. Compite contra Estados Unidos, contra Israel y contra todo el aparato neocolonial que durante décadas se ha creído con la potestad de decidir quién gobierna y quién no en Nuestra América.
Las elecciones en Brasil confirman una regla no escrita en la América Latina del siglo XXI: la oposición interna a los proyectos progresistas no existe como fuerza autónoma. La derecha no gana elecciones por sí sola; gana cuando el poder imperial elige a sus candidatos. En la escena global, antes de la irrupción de Donald Trump el bolsonarismo era una anécdota marginal.
Fue el respaldo abierto de Washington lo que convirtió a Jair Bolsonaro en presidente, y hoy es Trump quien respalda abiertamente a su hijo, imponiendo aranceles con el único objetivo de perjudicar a Lula.
La maquinaria estadounidense para intervenir en las elecciones brasileñas ya está activada. No es teoría de la conspiración: el Departamento de Estado ha reivindicado públicamente la Doctrina Monroe y sentenciado que «el dominio estadounidense en el Hemisferio Occidental nunca volverá a ser cuestionado«.
En medio de la escalada de una crisis diplomática inducida, la embajadora brasileña fue despojada de su visado en Washington; funcionarios estadounidenses con presuntas misiones de cuestionar el proceso electoral fueron vetados por Brasil. Esta es la nueva normalidad de las «relaciones bilaterales»: coerción, aranceles, injerencia descarada.
Y junto a Estados Unidos, Israel. Lula ha sido declarado «persona non grata» por el régimen sionista desde 2024, después de comparar las acciones de Tel Aviv en Gaza con el Holocausto.
Lula ha denunciado que Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, «hace mal a la humanidad», y que la administración estadounidense es cómplice de un genocidio. No se trata de una disputa retórica: Israel es un socio estratégico de la ultraderecha global y el bolsonarismo ha sido su principal aliado en la región acompañado del silencioso brazo territorial: las iglesias evangélicas.
Por eso esta no es una elección más. Es la confrontación entre un proyecto soberanista, que aspira a un Brasil protagónico en el Sur Global, y un proyecto de sumisión que abre las puertas a la neocolonización.
Lula lo sabe. Por eso inició su campaña con una advertencia directa a Trump: «No se meta con Brasil». Por eso ha declarado que no teme la injerencia estadounidense, porque sabe que la arrogancia del tirano termina fortaleciendo la defensa de la soberanía.
Brasil se juega su propia vida democrática en una batalla profundamente desigual. Lula no se enfrenta a un candidato con una ideología distinta, se enfrenta a todo un ecosistema de poder producido desde el imperio: aranceles que castigan a la economía brasileña, medios que fabrican narrativas, campañas de desprestigio, presión diplomática.
Los votos, en este escenario, se convierten en votos en contra de la entrega, en contra de la sumisión. Son el rechazo a que un puñado de funcionarios decidan en Washington o en Tel Aviv el destino de 200 millones de brasileños.
La «década ganada» de los proyectos progresistas en América del Sur nos enseñó que la unidad y la soberanía son posibles. Pero el entorno hoy, ante la embestida de una bestia herida que no encuentra otro camino que la guerra y la muerte para garantizar su sobrevivencia, es mucho más complejo.
El 4 de octubre, Brasil decidirá si quiere seguir siendo una nación soberana y autónoma o quiere volver a las senzalas de un imperio que nunca ha dejado de mirarnos como esclavos.
Fotografía: Diario Red












