La imagen del presidente estadounidense Donald Trump anunciando aranceles del 50% a vehículos, acero y componentes canadienses, invocando una ley de 1930, no es la de un líder fuerte, sino la de un gobernante desesperado que ve cómo su estrategia imperial se desmorona pieza por pieza. La realidad es tozuda: Trump está perdido porque nadie, absolutamente nadie, se suma a su cruzada.
El pasado fin de semana entraron en vigor los nuevos aranceles unilaterales de Washington contra Ottawa, que afectan a productos canadienses valorados en 20 mil millones de dólares, el 5,5% de sus exportaciones totales a EE. UU. La administración Trump recurrió a la sección 338 de la ley arancelaria de 1930, un instrumento de la era de la Gran Depresión que permite imponer gravámenes sin investigación previa. Pero la jugada no funcionó. El primer ministro canadiense, Mark Carney, respondió con una jugada inesperada: aranceles recíprocos «dólar por dólar» a partir del 8 de septiembre, y la amenaza latente de llevar las represalias al terreno energético. Canadá, que suministra 4 millones de barriles diarios de petróleo crudo a EE. UU., no se doblega. Y no lo hará.
El problema de Trump es más profundo. Mientras golpea a su vecino del norte, Estados Unidos enfrenta una crisis energética mayúscula: el cierre del estrecho de Ormuz y la confrontación con Irán han dejado a la superpotencia sin gas y sin petróleo en cantidades suficientes. Su guerra comercial con Canadá, su principal proveedor extranjero de crudo, solo agrava la hemorragia. La Casa Blanca se aísla sin aliados poderosos. Sus únicos defensores son los gobernantes cipayos y peones que ha impuesto en América, y la Unión Europea otanista que hace tiempo camina detrás del imperio.
Ahí radica el núcleo de su fracaso. Trump ha llamado a líderes mundiales para exigirles que cesen sus interacciones con el «régimen» iraní. Su secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha fijado plazos y amenazado con acciones unilaterales. Pero el eco es sordo. Ni la Unión Europea, ni China, ni Rusia, ni los países del Sur Global han secundado el ultimátum. El imperio intenta dictar órdenes, pero nadie obedece. Unos porque no quieren y otros porque, literalmente, no pueden. Ese es el caso de países sudamericanos que, por más que deseen romper sus lazos con China, no pueden hacerlo sin provocar una caída al abismo.
La estrategia de máxima presión sobre Irán ha fracasado; la guerra comercial contra Canadá no recoge apoyos; y sus intentos de reorientar el comercio global chocan con la realidad de un mundo multipolar que ya no teme a Washington.
Lo que estamos viendo es la soledad del poder hegemónico. Trump remasteriza los errores de 1929, pero no cuenta con el respaldo de la comunidad internacional. Los aliados tradicionales, como Canadá, le responden con desprecio, el desprecio del viejo banquero ante el nuevo rico fanfarrón; los adversarios, como Irán o Cuba, resisten; los socios comerciales, como México y China, diversifican sus vínculos. Nadie se suma a la fiesta imperial porque todos saben que la fiesta ha terminado.
Desde América Latina, observamos esta debacle con atención. Canadá ha entendido que ceder ante las exigencias neocoloniales de Trump —eliminar el francés de los rótulos, renunciar a acuerdos con terceros, aceptar ser el «estado 51″— sería una traición a su identidad. Y los pueblos del Sur Global también lo entienden. La resistencia es la única respuesta viable ante un imperio que se va quedando solo. Con sus nuevas armas, sus tecnofaraones y su capataz asesino, que es Israel. Pero Trump está perdido. Y mientras él se enreda en sus aranceles, el mundo sigue su curso. Sin él.
Fotografía: Diario Red












