“La Inteligencia Artificial dominará el mundo. Muy pronto seremos superados. Los robots nos convertirán en sus esclavos. Hay que parar”. Si lo dice hasta Elon Musk, que no ha demostrado estar especialmente preocupado por el futuro de la humanidad, a lo mejor hay que sospechar.
De momento, la única inteligencia que ha demostrado voluntad de oprimir y destruir a los demás es la inteligencia humana.
Los seres humanos pensamos a través de relatos. Los relatos son la base de nuestra cultura. La mitología, esas historias de dioses con pasiones humanas, son eso: relatos que construyen nuestra cultura y, por tanto, nuestra forma de ver el mundo. Y, claro, entre los relatos disponibles que han llenado la literatura y el cine de la ciencia ficción destacan las historias sobre la rebelión de máquinas y los robots superinteligentes que toman el control del mundo y someten a la humanidad. Desde la odisea en el espacio de Kubrick hasta Matrix, pasando por Terminator. Por eso las apocalípticas admoniciones de Sam Altman, Dario Amodei o Elon Musk entran en el debate público y en nuestras cabezas como cuchillo en la mantequilla. Porque la maquinaria cultural ya ha dejado ese surco, ahí, cavado bien profundo. Pero presuponer maldad y voluntad de dominio político en la tecnología no es otra cosa que una proyección humana de nuestra propia experiencia histórica. De momento, la única inteligencia que ha demostrado voluntad de oprimir y destruir a los demás es la inteligencia humana.
El problema de la IA no es que nos supere en inteligencia. Si efectivamente se han desentrañado los mecanismos lingüísticos que configuran y organizan el pensamiento, eso sería lógico. Y el problema tampoco es dilucidar, en 2026, si la humanidad va a entrar en una guerra mundial contra los robots. Esa predicción la están haciendo partes interesadas. Económicamente interesadas. ¿O acaso alguien piensa que cualquier cosa que salga por la boca de los oligarcas de la tecnología puede tener otro objetivo que el de intentar mantener e incrementar su poder económico?
Si los campeones libertarios de la desregulación, si los que golpean a la Unión Europea por su supuesto exceso de burocracia que les impediría llevar a cabo libérrimamente sus negocios extractivos, si esos, de repente, empiezan a decir que hay que frenar y que hay que regular su propia tecnología porque es demasiado peligrosa, sería de una inocencia y de una ternura propias de un niño de cinco años creer que simplemente nos están alertando de forma altruista sobre una amenaza y que ellos mismos quieren ayudarnos a conjurarla, aunque eso les haga perder dinero.
Obviamente, lo que está ocurriendo aquí es otra cosa. El problema no es que la IA nos supere en inteligencia o que intente destruir a la humanidad. El problema es si la inteligencia y el conocimiento son fáciles de mercantilizar. Eso es lo que realmente preocupa a los ejecutivos de las empresas de IA: que no parece tan fácil convertir el conocimiento y la inteligencia en mercancías. Empaquetar y comercializar cosas que están hechas de materia, como los coches, las naranjas, el petróleo o los relojes, es algo que permite establecer el dominio de propiedad y de explotación sobre estos bienes de una forma directa. Sobre las cosas que están hechas de átomos —o incluso de electrones, como la energía eléctrica— se puede construir una captura empresarial e incluso un oligopolio. Sin embargo, con las cosas que están hechas de bits, con la información, con el software, con el conocimiento, eso es mucho más difícil, por no decir imposible. La materia no se puede duplicar, no se puede copiar sin coste. Tú no puedes crear un barril de petróleo copiando otro barril de petróleo; lo tienes que sacar de la tierra. Pero una idea, una canción, una aplicación informática, un modelo de lenguaje de IA, puede ser copiado infinitamente a un coste prácticamente cero. Por eso UNIX le ha ganado la batalla a Windows en los servidores de internet por una proporción de 10 a 1. Por eso la SGAE se puso tan nerviosa cuando llegó Napster. Por eso la única forma que tiene Netflix de ser viable es no subir los precios tanto como para que nos volvamos todos a Pirate Bay. Y por eso China está respirándoles en la nuca a OpenAI, Anthropic y SpaceX con sus modelos open source.
La clave del debate aquí es el viejo desafío socialista: el control y la orientación colectiva de todos los recursos estratégicos.
Por mucho dinero que meta Estados Unidos en sus modelos cerrados, están hechos de bits y su tecnología se escapa del control corporativo como el agua se escapa de un cesto. Si encima Washington no consigue evitar que los chinos tengan sus propios chips, entonces es normal que sientan el miedo a ser superados en cuestión de meses que transpira las palabras de Trump. Por eso los oligarcas de Silicon Valley están pidiendo ahora que se implementen regulaciones para frenar a la IA. Porque, si tú vas primero y el coche de atrás va más rápido que tú, la única forma de seguir primero es que todos pisen el freno. Eso es lo que significa la psyop de los últimos días anunciando el apocalipsis. Es el pavor que sienten los millonarios estadounidenses y su presidente al saber que pueden perder en poco tiempo la hegemonía planetaria sobre la que puede ser, quizás, la tecnología más poderosa de nuestro tiempo.
La IA no está concebida en beneficio de la humanidad, sino para el beneficio empresarial y la competición capitalista. Pero la tecnología se les está escapando de las manos. Por eso la clave del debate aquí es el viejo desafío socialista: el control y la orientación colectiva de todos los recursos estratégicos; ahora también la inteligencia y el conocimiento. En una sola frase: el interés colectivo frente al interés individual.
¿Podemos imaginar entonces una IA socialista desarmando un sistema histórico —el capitalismo— que lleva a la humanidad a su autodestrucción? Suena un poco a posadismo —pensar que los extraterrestres, al ser superiores, serían socialistas y vendrían a liberarnos—, pero no suena mal. ¿El conocimiento como recurso colectivo de la humanidad expropiado a los capitalistas? Suena a comunismo y, por eso, suena de maravilla.
Fotografía. Diario Red












