En pocos días, Estados Unidos celebrará elecciones legislativas. Treinta y cinco escaños del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes estarán en juego en una jornada en la que se dirime la sobrevivencia de la democracia estadunidense.
El Partido Demócrata libra su propia pugna interna y el socialismo blando estadunidense intenta abrirse paso. Angie Nixon derrotó a Alexander Vindman en Florida. Abdul El-Sayed obtuvo la candidatura senatorial en Michigan con un discurso por la salud pública. Peggy Flanagan ganó en Minnesota y podría ser la primera mujer indígena en llegar al Senado. Los tres enfrentan las políticas de Trump y la influencia del sionismo.
Del otro lado, Donald Trump y su conglomerado de sionismo bélico y tecnológico buscan ganar a toda costa y no tienen pudor en utilizar todos los medios a su alcance.
Un caso más que revelador ocurrió en Nueva York: Darializa Ávila Chevalier, de ascendencia dominicana y respaldada por Zohran Mamdani, se enfrentó a Adriano Espaillat, quien contó con el respaldo de AIPAC, importante lobby proisraelí, y más de 3 millones de dólares. Durante las cuatro semanas decisivas, la conversación pública se desplazó desde los intereses de la clase trabajadora hacia la “batalla cultural” de la ultraderecha.
Según nos cuentan Julián Macías Tovar y Matías Bosch Carcuro en su texto “América nunca será socialista”: Nueva York, laboratorio de la radicalización electoral y la intoxicación informativa en Estados Unidos, el segundo apellido de la candidata se usó como prueba de su supuesta “ascendencia haitiana”. La convirtieron en “haitiana” y “musulmana”, encajando con el relato de una conspiración contra la “población auténtica”.
Así, esta votación se convirtió en una suerte de experimento sobre el voto de una comunidad migrante en una primaria partidaria y de una elección legislativa nacional. Ese experimento cobra otra dimensión a la luz de las operaciones de intoxicación y manipulación informativa a gran escala documentadas en América Latina y Estados Unidos.
Los datos son contundentes. En junio de 2026, las menciones contra Ávila sumaron casi 59.000, unas 2.000 veces más que en los meses anteriores. Más de 48.000 menciones aludían a Mamdani como alguien que odia a Estados Unidos. Una publicación del New York Post que estigmatizaba al alcalde tuvo un alcance de 32,4 millones de usuarios. Y lo más llamativo: de los cientos de miles de comentarios contra los socialistas demócratas, más de 233.000 provinieron de Estados Unidos y solo el 2 % de República Dominicana. La operación no era orgánica: era una campaña coordinada, financiada y masiva.
Hay algo profundamente inquietante en todo esto: no es solo que una candidata haya sido objeto de una campaña de desinformación. Es que la campaña funcionó. Es que la mentira, amplificada por algoritmos y financiada por intereses ajenos a la comunidad, logró torcer la voluntad de una parte del electorado.
La pregunta que debería inquietar a cualquier demócrata es simple: ¿qué queda de la democracia cuando el debate público se fabrica, cuando la opinión se compra y cuando el algoritmo decide quién es enemigo y quién es patriota?
Cuando la democracia se convierte en una escenografía, los votantes se vuelven actores de un guion escrito en otro lugar. De cara a noviembre, la derecha local e internacional actuará coordinada para asegurar la victoria de Trump y del movimiento MAGA. El pueblo estadounidense y las poblaciones migrantes con derecho a voto pueden dar una lección. Pero deberán enfrentar las maniobras antidemocráticas más sofisticadas, financiadas y masivas que se puedan imaginar.
Porque cuando la mentira se vuelve algoritmo, la democracia deja de ser gobierno del pueblo y se convierte en gobierno de quien controla las redes.
Fotografía: Diario Red












