Para Oscar Correas, abogado, camarada, pero más importante: maestro.
Una de las más populares estrategias de la ideología dominante, consiste en presentar lo que pasa ahora como algo eterno. Algo que ha pasado siempre, que ha existido siempre y que entonces, necesariamente, existirá igualmente siempre.
Las y los abogados pretenden, en este sentido, asumirse eternos. Hijos del imperio romano (podría, claro, ser de cualquier otro imperio, pero es «el romano» al que le tocó el papel) tienen una actividad que se remontan a una tradición de milenios: la de «abogar» por otros ante la autoridad.
A pesar de ello, la figura de intercesor que existía en el pasado dista mucho de la figura moderna que llamamos en la actualidad abogado. Las autoridades, las normas, los sistemas, los ritos y procedimientos, son tan pero tan diferentes que la única manera de proporcionar la idea de una continuidad, es hacer metáforas. Y las metáforas, debemos recordarlo, existen en todo: «todo en el mundo es la metáfora de otra cosa» como Skármeta hizo decir al cartero de Neruda (quien, por cierto, tiene igualmente hoy, 12 de julio, su aniversario).
El problema, debemos ver, es cuando la metáfora comienza a olvidarse de que es tal. «El mito es el sueño de la metáfora» dice la frase y el mito es igualmente, el origen del dominio. Pensar que las metáforas que hacemos son la realidad, es el inicio del terror.
Contrario entonces, a la vieja idea que pretende encontrar en las cavernas al «primer abogado» en un Neanderthal que intercedió en una repartición cualquiera (lo que tendría tanta lógica como decir que Pericles fue el primero de nosotros), la historiografía muestra que los primeros abogados, en el sentido moderno de la palabra, nacieron en la pugna medieval entre los poderes fácticos de los comerciantes, por un lado (quienes después, para el surgimiento del estado moderno, apoyarían a la Corona) y los señores feudales y la iglesia, por el otro.
La existencia plural de sistemas normativos en los pequeños territorios europeos por donde los comerciantes pasaban, generaba un problema específico para el comercio: la existencia de tasas impositivas, impuestos, «donaciones» obligatorias, emolumentos, variados, continuos y en muchas ocasiones, injustos. Para ello, los comerciantes diseñaron varios caminos. Por un lado, institucionales, por otro, revolucionarios. La forma institucional consistió en una estrategia de defensa interna, es decir, conocer las normas que les obligaban a pagar, los sistemas normativos que les diseñaban y sobre todo, los mecanismos de defensa que existían en dicho sistema. El revolucionario, consistía en la idea de cambiar el mundo; primero a través de la centralización normativa, impulsada hacia la figura del «soberano» apoyado por ellos, después, a través de su sustitución por un «régimen de derecho».
Este esfuerzo, que duró más de setecientos años, se desarrolló de una manera interesante. Porque para tener una defensa adecuada, los comerciantes precisarían a alguien que se dedicara exclusivamente a conocer las normas, variadas, de su camino. Que no se relacionara con el sistema de producción de bienes ni directamente, a los procesos de intercambio. Por otro, porque tanto la iglesia como los diferentes señores y autoridades intentaron cooptar esa posibilidad, impidiendo que la gente pudiera aprender o estudiar las reglas si no contaban con permisos especiales.
Las primeras cátedras de lo que ahora sería llamado «derecho» fueron entonces, ilegales. Los primeros en estudiarlas, fueron perseguidos y muchos de ellos, muertos. Por ello ¿quién podría voluntariamente entregarse a esta labor, que les volvía dependientes de los comerciantes y haría peligrar su vida? Los comerciantes encontraron pronto la respuesta: comenzaron a llevar a niños pequeños encontrados en su camino, huérfanos, que alimentaban y criaban para aprender las leyes y normas, que generalmente eran sistematizadas por ellos, y quienes no tenían otra idea de la vida, que servir para ello.
Años pasaron, muchos. Y entonces los comerciantes encontraron, en Bizancio, en lo que hoy es Turquía, un conjunto mucho más sistematizado de normas jurídicas que podía ser reinterpretado para mejorar sus actividades comerciales. Le llamaron “derecho romano” (porque era, después de todo, del Imperio Romano de Oriente, es decir, de la parte asiática y sobreviviente en la edad media, del antiguo imperio) y llevaron esas normas a Europa, bajo pena de muerte. Y comenzaron a crear sus propios acuerdos, basándose en ellas. Estudiaron la mejor forma de adecuarlas a las suyas y unirlas a los resquicios del viejo derecho romano occidental que permanecía en la iglesia como Derecho Canónico, con lo que generaron un sistema mixto que parecía, después de un tiempo, haber siempre existido.
Así nació el abogado moderno, junto con el derecho tal y como lo conocemos. No en la Roma de las películas y las grandes obras del pasado. No en un lugar mágico, especial y entre las clases ricas. Sino a la orilla del camino. Con niños mal nutridos que eran llevados para no morir de hambre o frío y entrenados desde pequeños para defender a sus amos.
Muchas y muchos, siguen cumpliendo esa función. Pero otros, muchos, salieron del pueblo y decidieron cambiar las cosas. Sabiendo los límites de sus propios deseos. Conociendo la imposibilidad de poder hacer algo fuera de los pesados parámetros que tenían que aceptar para ingresar al gremio. Dejando la vida, muchas veces, para hacer un mejor lugar de este, que es nuestro.
A ellas y ellos, feliz día del abogado. Porque ellas y ellos, son nuestros compañeros. Al resto, que sigan su trabajo. Mañana, no serán necesarios y tampoco, disculpados. Porque la justicia nos alcanzará a todas y todos.












