En el libro «Silenciando el pasado: El poder y la producción de la historia», Michel-Rolph Trouillot nos muestra que el pasado es algo demasiado importante para decir simplemente que “ha pasado”. Después de todo, es posible ver cómo cada nueva interpretación sobre “lo que sucedió” reconstituye la forma en que entendemos ese pasado y cómo lo construimos, haciendo de él un espacio en permanente disputa. Incluso cuando lo vemos bajo el prisma personal de la memoria, lo que fue está siempre en una constante y nunca acabada transformación.
Para ejemplificar su argumento, el autor presenta una serie de episodios. Uno de ellos es aquello que ha sido llamado “el descubrimiento” de América. Después de todo, a pesar de no ser considerado, para quienes lo estaban viviendo, el asunto más importante de su época, se trata de algo que, a largo plazo, cambió el mundo, sus fronteras y reglas para siempre. La discusión sobre el tema es amplia y compleja en todo momento, pero se recrudece especialmente el 12 de octubre. Para algunas personas, no existe ningún tipo de problema con hablar de “descubrimientos”; otros intentan esquivar las críticas a esta idea hablando con eufemismos, que llegan incluso al de “encuentro” entre dos mundos. Para otros, muchos -y especialmente aquellos que forman parte de las comunidades, pueblos y tribus indígenas del continente-, este hecho tiene una connotación negativa, que ha sido calificada en no pocas ocasiones como el inicio de un proceso terrible.
Esta discusión se presenta en algunas ocasiones como algo simplemente conceptual. Afirmar esto, sin embargo, sería asumir que las palabras no tienen un contexto ni sirven para formular y estructurar relaciones sociales y, si ese fuera el caso, entonces simplemente aquellos que defienden la idea del “descubrimiento” aceptarían dejar de usar esa palabra. Si ella no tuviera un peso ideológico y político, si no significara algo más que el simple acto de la llegada de Colón y sus barcos, se utilizaría otra sin ningún problema. Pero no se hace. Existe, por parte de algunos, una férrea -y cada vez más abiertamente racializada- defensa de su utilización.
Al usar esa palabra en concreto, se está haciendo implícitamente un proceso doble: por un lado, de ocultamiento y, por otro, de deshumanización. Al hablar de “descubrimientos” o de “encuentro”, se están ocultando los procesos de violencia, tanto simbólica como física, que existen detrás de ese momento histórico: el exterminio de cientos de culturas, lenguas y cosmovisiones; el genocidio de la población nativa, la forma en que fue esclavizada y reconvertida. Para que cada uno de esos procesos fuera posible, se requirió deshumanizar a quien fue exterminado y esclavizado. El indígena americano se volvió, para esta visión, algo parecido al resto de los animales -porque, debemos recordar, los seres humanos, todos somos animales, pero no todos somos animalizados socialmente-, un ente que tan sólo ligeramente puede ser considerado superior a las cosas, pero que no tiene, en realidad, el nivel de los «verdaderos humanos». Después de todo, a la gente se le conoce. A las cosas, se les descubre. Y por eso, se dice, se ha descubierto a América y a los americanos.
Incluso en aquellos casos en que encontramos fanáticos de suplir la realidad con lo que dicen “las leyes”, tenemos siempre el hecho de que hubo un debate que duró décadas y que tuvo que ser decidido formalmente sólo después de una larga controversia pública en Valladolid que duró de agosto de 1550 a mayo del 51 -es decir, sesenta años después de la llegada de Colón- para decir que, efectivamente, los habitantes del continente debían considerarse humanos plenos -aunque, repito, eso no sucedió en la realidad-. Esta conducta me recuerda que, el primer día de mi primera clase en la facultad de derecho, un profesor llegó y preguntó si existían los esclavos en México en ese momento. Obviamente, todos le fuimos diciendo que sí -porque no sólo existen, sino que todos sabemos de casos de esclavitud en el país-, a lo que él respondía siempre: “No, no sabes”. Después de preguntarnos a todos, nos dijo: “Muy simple, la esclavitud no existe en México, porque la Constitución la prohíbe”. Esta misma confusión es la que intentan quienes dicen que “la Nueva España no era una colonia”, que “no había esclavitud en ella”, que “la Inquisición no ejecutaba personas” o que “había igualdad y personalidad universal en el reino”. Confunden lo que las normas “dicen” -o mejor, lo que ellos dicen, en este momento, que las normas decían en ese entonces- y la realidad. Si el mundo fuera así, entonces el viejo meme de burla que dice que si alguien te quiere asaltar, lo que tú debes hacer es decirle que, según la Constitución, nadie puede quitarte tus cosas, sería verdad. Pero pensar eso le parece a todo mundo ridículo, y de ahí viene, precisamente, la gracia del meme -y del hispanismo-.
Hay un problema adicional en este aspecto. Hablar de los procesos sociales como si fueran procesos “acabados” y cerrados que se encuentran en el pasado es, recordemos, decir que “ya pasaron”. Incluso si se acepta todo lo que he dicho como algo cierto, esta versión puede apostarle a “superar” ese pasado y “construir” -según nos dicen- un futuro juntos. Ahora que eso ya pasó.
A pesar de eso, las narrativas del continente europeo contemporáneas mantienen una visión «descubridora» y «conquistadora» sobre nosotros. Las y los americanos somos vistos en todo tiempo y lugar como seres secundarios; animalizados, que, en el mejor de los casos, accedemos al nivel de buen salvaje, y que quizá a través de individuales esfuerzos, ha podido superar su natural bestialidad para ser un ente (casi) civilizado, pero excepcional. Nuestros gobiernos son vistos como incultos, nuestras decisiones, como infantiles y los expolios de nuestros recursos, como necesarios.
Esto no es, en ningún caso, algo personal, individual o voluntario. No se trata, para la mayoría de la gente, de una decisión consciente sobre cómo tratar «al otro» que no es europeo, como tampoco lo es para el mexicano «occidentalizado» (pero nunca verdaderamente occidental, como siempre recuerdo) que repite ese discurso sobre las comunidades indígenas en el país y con otros sujetos racializados del exterior. Se trata de la construcción estructural de una narrativa que justifica las condiciones de explotación del mundo y legitima un arranque disparejo en lo que se presenta como algo igualitario.
Autores tan distintos como Carl Schmitt (en el Nomos de la Tierra) y Enrique Dussel (en Europa, modernidad y eurocentrismo) mencionan algo que es continuamente olvidado: este proceso de supuesto “encuentro” entre América y Europa, no sólo significó la «creación» (invención, dijera O’Gorman) del continente americano -pues América no existía como sujeto histórico o político antes de ello-, sino que significó igualmente la creación de Europa. Antes de este momento, existieron algunas características comunes que hermanaban a los diferentes pueblos de lo que ahora llamamos con ese nombre, como, por ejemplo, la existencia del «mundo cristiano» opuesto a los califatos, pero estas ideas no cubrían adecuadamente la amplitud de lo que hoy es «Europa». Ambos continentes, como sujetos históricos, tienen un parto común, que sólo puede darse en su encuentro mutuo.
Esto, sin embargo, no puede convertirse en la visión romántica del americano blanqueado que acepta el discurso de una «raíz común» de nuestro pueblo y los conquistadores. Nosotros, mestizos como todo ser humano, somos el producto histórico de guerras de conquista y de procesos vivos de explotación y coloniaje. La relación de poder nunca fue verdaderamente equilibrada y, más importante aún, continúa siendo un factor constituyente de nuestras relaciones actuales. No observar esto no hace sino reproducir esquemas de pensamiento que nos colocan en una situación de total desventaja. No, no ganamos menos dinero que los alemanes porque «trabajemos menos»; ni somos menos productivos porque ellos sean superiores. Los órdenes del mundo se han diseñado para que su producción se sustente sobre los hombros de la nuestra, y que sus vacaciones y espacios de retiro y descanso sean pagados no sólo por sus pueblos, sino también por los nuestros. El que ellos tengan mejores condiciones no es el natural resultado de una serie de características culturales, sino de formas de opresión concretas, que se convierten en cultura a través de la materialización de desigualdades históricas.
Cuando hablamos, entonces, del problema del colonialismo, no hablamos de un acto sucedido en un momento y para siempre, que comenzó, para nosotros como pueblo, hace quinientos años. Hablamos de un problema de hoy, de este momento, que se reconstituye y se reproduce, que se invisibiliza y le da ventajas a los otros presentándose a sí mismo como “el orden natural del mundo”. Lo repito: no se trata de una culpa individual ni de un problema que quienes se benefician de ello -lo que incluye a los mexicanos occidentalizados en ambos grupos: los colonizados y los colonizadores- puedan simplemente decidir abandonar por voluntad personal. Pero tampoco es que sea algo totalmente inevitable que no deba ni siquiera discutirse. Como dijera James Connolly respecto a Jorge V:
“No lo culparemos por los crímenes de sus antepasados si renuncia a los derechos reales heredados de ellos; pero, mientras reclame esos derechos en virtud de su ascendencia, también deberá asumir, en virtud de esa misma ascendencia, la responsabilidad por sus crímenes”.
Si para algo debe servir este día es, precisamente, para preguntarnos, todos, si queremos seguir siendo cómplices y ejecutores secundarios. Si debemos seguir aceptando ese mundo injusto. Si no es momento de luchar contra él. Si nuestra dignidad no nos grita “basta” para ser tratados de esta manera. El pasado no es algo que “ha pasado”. Es algo que continúa, hasta hoy, pasando.












