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Eduardo Mancilla: la peligrosa reputación de convertirse en el hombre de choque de Alito Moreno

La confrontación entre el diputado priísta Eduardo Gutiérrez Mancilla y el morenista Arturo Ávila no comenzó con los empujones en el Senado. Minutos antes, Ávila había participado en una conferencia en la que legisladores de Morena pidieron acelerar el posible desafuero de Alejandro “Alito” Moreno y volvieron a colocar sobre la mesa las investigaciones por un presunto daño patrimonial de 83.5 millones de pesos durante su gobierno en Campeche. Ese era el asunto políticamente incómodo para el PRI. Poco después, Mancilla esperó al vocero morenista, lo confrontó entre insultos y forcejeos y consiguió, voluntaria o involuntariamente, que las cámaras cambiaran de objetivo. Las acusaciones contra Moreno cedieron terreno ante una escena mucho más atractiva para medios y redes: dos diputados al borde de los golpes.

El problema para Mancilla es que difícilmente puede presentarse como un episodio completamente aislado. En agosto de 2025 también estuvo involucrado en la confrontación protagonizada por Alejandro Moreno y Gerardo Fernández Noroña. Cuando una conducta comienza a repetirse deja de percibirse únicamente como un accidente y empieza a construir una reputación. Mancilla corre el riesgo de consolidar un personaje reconocible en política: el hombre de choque, aquel cuya lealtad hacia el dirigente se demuestra mediante la confrontación y cuya presencia pública comienza a asociarse más con defender al jefe que con defender posiciones políticas. Para algunos sectores partidistas esa actitud puede interpretarse como valentía o compromiso; para públicos más amplios también puede comunicar intolerancia, impulsividad y ausencia de control.

Porque ser firme no significa ser agresivo. Un legislador puede rechazar acusaciones, defender a su partido y confrontar duramente a un adversario sin convertir una diferencia política en una escena física. Arturo Ávila tampoco salió limpio del episodio: respondió con insultos, provocaciones y contribuyó a degradar la discusión. Pero eso no elimina el error principal de Mancilla. El autocontrol también es una demostración de poder. Quien mantiene la cabeza fría conserva la posibilidad de decidir cuándo responder, en qué terreno hacerlo y qué mensaje quiere dejar. Quien pierde el control permite que la confrontación decida por él. Más aún, Mancilla entregó a Morena una imagen extremadamente fácil de utilizar si decide asociarlo con una narrativa de agresividad y defensa incondicional alrededor de Alejandro Moreno.

Sin embargo, el episodio contiene una paradoja. Si alguien hubiera diseñado la confrontación como una “caja china” para desplazar la discusión sobre el desafuero de “Alito”, probablemente habría quedado satisfecho con el resultado. No existe evidencia para afirmar que esa fuera la intención de Mancilla, pero el efecto fue similar: durante las horas siguientes resultaba mucho más atractivo hablar de insultos, empujones y amenazas que profundizar en las investigaciones, las cantidades señaladas o las razones por las que Morena pretende retirarle el fuero al dirigente priísta. Mancilla pudo perder personalmente y, al mismo tiempo, regalarle al PRI algunas horas de oxígeno. La imagen de la pelea terminó devorándose al asunto que había originado la confrontación.

Ese beneficio, sin embargo, puede resultar demasiado corto frente al costo de largo plazo. Mancilla parece entender la lealtad hacia Alejandro Moreno como una disposición permanente a enfrentar a quienes cuestionan a su dirigente, cuando políticamente un aliado útil debería ayudar a resolver problemas y no convertirse en uno nuevo que después tenga que explicarse. También corre el riesgo de confundir notoriedad con capital político. Conseguir cámaras, titulares y circulación digital es sencillo cuando existe una pelea de por medio; lograr que esa exposición fortalezca una trayectoria es mucho más complicado. Si sus futuras apariciones continúan asociadas a confrontaciones, empujones y defensa personal de “Alito”, llegará un momento en que poco importará lo que Mancilla quiera comunicar: su personaje hablará antes que él. En política llamar la atención puede tomar unos segundos; construir una reputación que valga la pena conservar requiere mucho más.

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