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El bono demográfico se agotó antes de lo previsto

El INEGI causó desconcierto con la publicación de cifras demográficas inquietantes. Entre el Censo de Población y Vivienda (CPV) 2020 y la EIC 2025, la tasa de crecimiento promedio anual de la población fue de 0.7%, ritmo menor al observado entre 2015 y 2020, cuando alcanzó 1.0% anual. Más alarmante fue la tasa de fecundidad: la tasa nacional bajó de 1.9 hijos e hijas por mujer en 2019 a 1.2 en 2024. Aunque se esperaba un descenso por obra de la inercia y las recomposiciones globales, el ritmo de desaceleración resultó sorpresivo. Como otros países latinoamericanos, México se acerca aprisa al problemático punto de inflexión donde un país pierde habitantes año con año. 

Perder población es indeseable desde una óptica macroeconómica.  La reducción de la población en edad laboral reduce el PIB potencial y puede dañar la productividad. La mayoría de las economías dependen de sistemas de pensiones con beneficios definidos, donde los trabajadores activos financian a los jubilados actuales. El envejecimiento poblacional derivado de la baja natalidad altera la composición del gasto público—sobre todo en salud—, en detrimento de la inversión productiva. Empíricamente, Japón es un ejemplo de que el estancamiento económico es parcialmente atribuible a cambios en la pirámide poblacional, aunque casos como los de Corea y Taiwán, con tasas de fecundidad aún más bajas, templan las exageraciones.

La pregunta del millón de Lenin, “qué hacer”, está muy abierta al choque de valores sociales y posturas políticas. Las izquierdas harían mal en dejar la fertilidad como eje temático en manos de las derechas. Los ultras abordan el problema como una disputa cultural que pone en riesgo la supremacía de Occidente, la religión judeocristiana, la raza blanca y la economía de mercado como sistema. Elon Musk, activo procreador de descendientes, encapsula el ánimo reaccionario. Un sector más moderado—llamémosle “centro” por simplicidad—usa la caída en las tasas de reproducción en países como Alemania o Japón para justificar recortes a las pensiones y al gasto público.

“Aumentar los permisos de maternidad—y de paternidad para no penalizar la contratación de mujeres—también mitigaría el efecto disuasivo de trabajos exigentes. Legislar la gratuidad efectiva de los tratamientos de infertilidad en la sanidad pública daría notables retornos. Dar otras facilidades como un bono a la infancia o un subsidio al parto enviaría señales de abordaje holístico”.

La tercera vía es un relato progresista acompañado de política pública solvente. Las izquierdas podrían encuadrar esta problemática en dos grandes avenidas. Una es mediante la migración. Los países sin jóvenes están más obligados por la circunstancia a abrir las fronteras a trabajadores escasos. Enfrentaría en lo inmediato una gran resistencia, aunque de largo plazo podría redituar. 

Una alternativa más realista y consecuente es aprovechar el cambio estructural para vigorizar una agenda de asequibilidad transversal. Buena parte de la decisión individual de tener hijos abarca un cálculo de sacrificio económico, tanto por la vía de los gastos directos como por la de ingresos laborales perdidos. Para que los jóvenes tengan hijos de nuevo sin perder las libertades ganadas, un gran facilitador sería un mundo laboral más flexible y mejor remunerado. 

“Existe un amplio abanico de política pública focalizada para fomentar la fertilidad. Erigir un sistema de cuidados masivo y subvencionado que permita balancear una carrera con una familia sería la acción más directa”.

Existe un amplio abanico de política pública focalizada para fomentar la fertilidad. Erigir un sistema de cuidados masivo y subvencionado que permita balancear una carrera con una familia sería la acción más directa. Aumentar los permisos de maternidad—y de paternidad para no penalizar la contratación de mujeres—también mitigaría el efecto disuasivo de trabajos exigentes. Legislar la gratuidad efectiva de los tratamientos de infertilidad en la sanidad pública daría notables retornos. Dar otras facilidades como un bono a la infancia o un subsidio al parto enviaría señales de abordaje holístico. 

Otras intervenciones más generales crean efectos encontrados. Mejorar las pensiones dignifica la vida, aunque también reduce la necesidad de tener hijos como red de protección en la vejez. Crecer los salarios también abate la crisis de asequibilidad, aunque fomenta un salto en la Población Económicamente Activa (PEA) con la incursión laboral de mujeres que pausan las horas dedicadas a tareas domésticas, donde prima el cuidado de los hijos. Crear más vivienda contiene la inflación en los alquileres, aunque también acelera la migración del campo a las ciudades, donde las tasas de fecundidad son sustancialmente menores. 

Las ciencias sociales están llenas de proyecciones erradas. Hace algunos siglos, Malthus teorizó que un aumento de población—fenómeno opuesto al actual—sería catastrófico para las naciones. Su predicción pesimista no contaba con el cambio tecnológico. Aun así, mucho tiempo después, inspiró la política de un solo hijo de China, hoy día relajada primero y revertida después por Xi Jinping. El hecho irrefutable es que América Latina agotó su bono demográfico antes de lo previsto. En el mejor escenario, uno libre de pesimismo, la inercia obliga a una batería de intervenciones que reconozcan el giro de prioridades. Que la tasa de fecundidad en México haya sorprendido tan a la baja acota el margen de inacción. 

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