Por momentos, el octavo congreso extraordinario de Morena fue más una coreografía que un ejercicio político. Asistí al encuentro realizado en el World Trade Center de la Ciudad de México con la expectativa de observar a un partido que, tras haber conquistado el poder en 2018, se encuentra en la fase más compleja de su evolución: gobernar sin el liderazgo presencial de Andrés Manuel López Obrador y bajo la conducción institucional de Claudia Sheinbaum. Lo que encontré fue un partido disciplinado, eficaz en su operación, pero profundamente limitado en su deliberación.
La escena fue reveladora. En el presídium, la nomenclatura: dirigencia partidaria, coordinadores parlamentarios, gobernadores. Abajo, cerca de mil ochocientos congresistas que cumplían un rol más ceremonial que político. No había debate, no había tribuna, no había confrontación de ideas. En su lugar, consignas, aplausos y una maquinaria organizativa que garantizaba votaciones unánimes. La eficacia sustituía a la discusión. La unidad, entendida como ausencia de conflicto, desplazaba a la pluralidad.
¿Que hace un congresista de morena? Legitima. ¿Qué más? Llega temprano, ocupa su lugar, saca muchas selfies y crea algunos contenidos para subir a sus redes sociales, lo demás es votar las decisiones de la dirección nacional.
Esta dinámica explica por qué en Morena no existen corrientes visibles. No porque no haya diferencias —que sin duda existen— sino porque no hay espacio para procesarlas públicamente. La línea política se define arriba y se legitima abajo. Nada que ver con los buenos tiempos del Partido de la Revolución Democrática o con los debates ideológicos del PMS, el PSUM o del viejo Partido Comunista Mexicano, donde las tensiones eran parte constitutiva de la vida interna. Morena, en cambio, ha optado por una uniformidad que le ha dado resultados electorales, pero que plantea interrogantes sobre su madurez democrática.
En ese contexto se dio la elección de Ariadna Montiel como nueva presidenta nacional del partido en sustitución de Luisa Maria Alcande. Su llegada ocurre en un momento particularmente delicado. Morena no sólo se prepara para la próxima elección federal, donde buscará mantener su mayoría constitucional en la Cámara de Diputados, sino que enfrenta el desafío de conservar sus bastiones estatales y, eventualmente, ampliar su mapa político. Pero más allá de la coyuntura electoral, la nueva dirigencia asume en medio de una tormenta política y geopolítica que rebasa por mucho la lógica partidaria.
El discurso inaugural de Montiel fue, en muchos sentidos, predecible. Retomó los ejes discursivos del lopezobradorismo: la centralidad del pueblo, la condena a la corrupción, los principios de no robar, no mentir y no traicionar. Los agradecimientos a López Obrador y a Sheinbaum fueron constantes, casi rituales. Sin embargo, en medio de esa narrativa apareció una omisión que pesó más que cualquier consigna: el silencio frente al caso de Rubén Rocha Moya. El elefante en la sala.
El gobernador con licencia de Sinaloa, señalado por autoridades estadounidenses, fue el gran ausente y, al mismo tiempo, el gran protagonista invisible del congreso. Su nombre no se mencionó —salvo un grupo de congresistas sinaloenses que brevemente corearon su nombre, sin respuesta de la mayoría de los asistentes— pero su sombra estuvo presente en cada intervención, en cada pasillo, en cada conversación informal. Este silencio no es menor. Revela las tensiones internas de un movimiento que, por primera vez, enfrenta un adversario externo real y con capacidad de presión efectiva: Donald Trump.
Si bien en política, el mejor enemigo es el que se inventa, a diferencia de los “adversarios” construidos en el discurso político —los conservadores, la prensa crítica, la oposición fragmentada y hasta influencer—, Trump representa un poder tangible que incide en la economía, la migración y la seguridad nacional de México.
Desde su regreso a la presidencia estadounidense en 2025, Trump ha sido claro en su estrategia, diria brutalmente transparente: combatir a los cárteles mexicanos no sólo como un asunto de seguridad, sino como una bandera política. En ese marco se inscriben las presiones para la captura y deportación de funcionarios mexicanos presuntamente vinculados al crimen organizado. El caso Rocha Moya es apenas la punta del iceberg de una agenda más amplia que busca redefinir la relación bilateral bajo términos más agresivos.
Frente a este escenario, la pregunta es inevitable: ¿qué papel jugará Morena? ¿Será un instrumento de respaldo para el gobierno de Sheinbaum o un factor de tensión adicional? La historia reciente sugiere que el partido ha funcionado más como un vehículo de legitimación que como un espacio de construcción política. Pero las circunstancias actuales exigen algo distinto: un partido capaz de procesar conflictos, articular posiciones y generar estrategias.
El problema es que Morena parece no estar diseñado para eso. Su fortaleza —la disciplina, la unidad, la capacidad de movilización— puede convertirse en su principal debilidad cuando se trata de enfrentar escenarios complejos. La ausencia de debate interno limita su capacidad de adaptación. La dependencia de una figura presidencial —primero López Obrador, ahora Sheinbaum— reduce su margen de autonomía.
Ariadna Montiel tiene frente a sí un desafío mayúsculo. No se trata sólo de ganar elecciones, sino de construir un partido que esté a la altura del poder que ejerce. Eso implica abrir espacios de discusión, reconocer diferencias, asumir costos políticos. Implica, en suma, transitar de un movimiento electoral a una organización política madura.
El congreso extraordinario dejó claro que ese tránsito aún no ocurre. Morena sigue siendo un partido en el gobierno, pero no un partido en el poder. Tiene los votos, tiene las estructuras, tiene el respaldo popular. Pero carece de una vida interna que le permita enfrentar sus propias contradicciones.
El elefante en la sala —Rubén Rocha Moya— es apenas un síntoma de un problema más profundo: la dificultad de Morena para confrontar sus propias crisis. Mientras ese patrón se mantenga, cualquier intento de consolidación será parcial.
En política, los silencios también hablan. Y en el World Trade Center, el silencio fue ensordecedor.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.













