Terminó el Mundial. España derrotó a Argentina por la mínima diferencia en una final intensa. El conjunto español salió a buscar el triunfo desde el primer minuto, mientras que la selección argentina apostó por resistir, defender con disciplina y llevar el partido al límite de sus posibilidades. Lo consiguió durante prácticamente todo el encuentro, pero el gol español en el primer minuto del segundo tiempo extra determinó el resultado. Fue una victoria justa y el cierre de un torneo que dejó imágenes imborrables para millones de aficionados alrededor del planeta.
Dentro de la cancha, el Mundial confirmó que el fútbol continúa transformándose. África y Asia dejaron de ser protagonistas secundarios para convertirse en competidores. Selecciones como Cabo Verde demostraron que el talento, la organización y el corazón deportivos pueden desafiar la historia y las diferencias económicas. El fútbol ya no pertenece exclusivamente a Europa y Sudamérica. Las distancias competitivas se reducen y el crecimiento de nuevas escuelas futbolísticas anuncia un escenario mucho más equilibrado para las próximas décadas.
También fue el Mundial del adiós. Se despidió una generación irrepetible que marcó más de veinte años del fútbol internacional. Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Luka Modrić y Neymar cerraron un ciclo que difícilmente volverá a repetirse. Fueron futbolistas capaces de trascender el deporte para convertirse en símbolos culturales, referentes comerciales y figuras políticas involuntarias. Su legado no sólo se mide en campeonatos, goles o Balones de Oro, sino en la capacidad de movilizar emociones, construir identidades y generar una industria económica que pocas actividades humanas pueden igualar.
Al mismo tiempo asistimos al nacimiento definitivo de una nueva generación. Kylian Mbappé y Erling Haaland confirmaron que serán las principales referencias del fútbol mundial durante los próximos años, mientras que España presentó una camada de futbolistas jóvenes capaces de dominar el juego desde la técnica, la velocidad y la inteligencia táctica. El relevo generacional llegó de manera natural. El fútbol nunca se detiene. Cuando unas estrellas comienzan a apagarse, otras aparecen para mantener vivo un espectáculo que cada cuatro años paraliza literalmente al planeta.
Hasta aquí hablamos únicamente del deporte. Sin embargo, basta alejar un poco la mirada para descubrir que el Mundial representa mucho más que veintidós jugadores persiguiendo un balón. Detrás del torneo aparece la FIFA, probablemente una de las organizaciones privadas con mayor capacidad de influencia política, económica y cultural del mundo. Mientras los aficionados celebran goles, derrotas y hazañas deportivas, la FIFA ya diseña el siguiente negocio global: un Mundial de 2030 con sesenta y cuatro selecciones y seis sedes distribuidas en distintos continentes.
La FIFA constituye uno de los ejemplos más acabados del llamado poder suave y diría yo no tan suave. A través del fútbol proyecta valores, emociones, aspiraciones y narrativas que trascienden cualquier frontera. Ninguna campaña diplomática logra generar semejante nivel de atención mundial. El balón funciona como un lenguaje universal capaz de unir culturas profundamente distintas. Esa enorme capacidad de atracción convierte al organismo rector del fútbol en un actor internacional cuya influencia supera incluso la de numerosos Estados.
Pero el poder suave de la FIFA también tiene una dimensión mucho menos amable. Su capacidad de negociación frente a gobiernos nacionales resulta extraordinaria. Los países compiten por organizar los mundiales porque representan prestigio internacional, inversiones, turismo y visibilidad. A cambio, la FIFA impone condiciones jurídicas, fiscales, comerciales y administrativas que pocos gobiernos se atreven a cuestionar. Exige exenciones tributarias, controla derechos comerciales, regula espacios publicitarios y establece reglas que modifican temporalmente la legislación nacional para proteger exclusivamente sus intereses económicos.
Durante la organización de un Mundial, la FIFA prácticamente toma posesión de los estadios. Controla la imagen de los recintos, determina quién vende productos, quién transmite los partidos, qué marcas pueden anunciarse y cuáles quedan excluidas. La publicidad local desaparece para dar paso a patrocinadores globales previamente autorizados. El evento deja de pertenecer al país anfitrión y pasa a formar parte de una maquinaria corporativa cuidadosamente diseñada para maximizar ganancias. El espectáculo deportivo se convierte, simultáneamente, en uno de los negocios más rentables del planeta.
Su presidente tampoco actúa como un simple dirigente deportivo. Se reúne con jefes de Estado, reyes, primeros ministros, empresarios y líderes económicos. Los gobiernos buscan la fotografía, la influencia y el prestigio que representa la FIFA. Todos desean organizar competiciones, recibir congresos, construir estadios o aparecer como aliados del deporte más popular del mundo. Esa capacidad para abrir puertas diplomáticas convierte al organismo en un actor geopolítico de primer orden, aunque formalmente siga siendo una asociación privada dedicada al fútbol.
Sin embargo, donde la voracidad corporativa resulta más evidente es en la experiencia de los propios aficionados. Los precios de los boletos alcanzaron niveles prohibitivos para amplios sectores sociales. Conseguir una entrada dejó de depender únicamente del entusiasmo o del ahorro familiar y pasó a convertirse en un privilegio reservado para quienes podían pagar costos extraordinarios o adquirir paquetes comerciales exclusivos. El fútbol, históricamente nacido en barrios populares, comenzó a parecerse demasiado a un espectáculo reservado para consumidores de alto poder adquisitivo.
La paradoja consiste en que, pese a todo ese control, el fútbol continúa escapando parcialmente del dominio corporativo. La FIFA organiza el torneo, administra los derechos y obtiene las ganancias, pero no puede apropiarse completamente de la pasión colectiva. El verdadero Mundial volvió a desarrollarse fuera de los estadios. Se vivió en plazas públicas, calles, restaurantes, parques, estaciones del metro y hogares donde millones de personas compartieron emociones sin necesidad de poseer un boleto. Allí apareció el auténtico poder social del fútbol.
Las calles derrotaron nuevamente a la mercadotecnia. En México quedó demostrado durante semanas enteras de convivencia espontánea. Familias completas, jóvenes, adultos mayores y niños transformaron el espacio público en una inmensa fiesta nacional. Lo mismo ocurrió en numerosas ciudades del mundo. Las aficiones construyeron un Mundial paralelo, mucho más auténtico que cualquier campaña publicitaria diseñada por agencias internacionales. La identidad colectiva volvió a imponerse sobre la lógica comercial.
Incluso los fenómenos virales escaparon al control corporativo. Mientras la FIFA impulsaba mascotas oficiales y estrategias cuidadosamente diseñadas para posicionar su marca, los aficionados creaban espontáneamente sus propios símbolos. En el caso mexicano, hasta el pato Merlín terminó generando mayor identificación emocional que las campañas de la FIFA.
Quizá esa sea la principal lección que deja este Mundial. La FIFA posee un inmenso poder económico, político y comunicacional, pero el fútbol continúa perteneciendo, sobre todo, a quienes lo sienten. Ninguna organización puede monopolizar completamente una emoción colectiva construida durante más de un siglo. Los organismos administran competencias; las personas construyen identidades. Los dirigentes negocian contratos; los aficionados producen memoria. El balón sigue siendo mucho más poderoso que cualquier estrategia empresarial.
Concluido el torneo, regresamos inevitablemente a la cotidianidad. Se terminó la tregua futbolera. Durante varias semanas el deporte consiguió suspender, al menos parcialmente, la polarización política, los enfrentamientos ideológicos y las discusiones que dominan permanentemente la conversación pública. El Mundial ofreció un espacio excepcional de convivencia nacional donde personas con posiciones políticas completamente opuestas pudieron abrazarse después de un gol. Esa capacidad para generar comunidad constituye, probablemente, el verdadero poder suave del fútbol.
Para México el balance deportivo resulta razonablemente positivo. La selección nacional logró reconciliarse con una afición que durante años mantuvo una relación distante y profundamente crítica. El equipo llegó hasta donde su nivel futbolístico realmente podía llegar. No hubo milagros ni fracasos estrepitosos. Existió competitividad, entrega y un proyecto que comienza a ofrecer señales alentadoras. La ilusión regresó porque los aficionados percibieron compromiso y honestidad dentro del terreno de juego.
Existe, además, una generación prometedora de futbolistas mexicanos que merece ser protegida, impulsada y desarrollada adecuadamente. Si reciben oportunidades reales de competencia internacional, formación de calidad y procesos deportivos consistentes, México puede aspirar a elevar su nivel en los próximos años. El talento existe. Lo que históricamente ha faltado son estructuras capaces de potenciarlo y convertirlo en resultados sostenibles.
El verdadero problema permanece fuera de la selección nacional. La Liga MX continúa atrapada en intereses corporativos que privilegian negocios inmediatos sobre el desarrollo deportivo. La ausencia de ascenso y descenso efectivo, la sobreprotección económica de los clubes, la importación indiscriminada de jugadores extranjeros en ciertas posiciones y la falta de incentivos para consolidar jóvenes mexicanos siguen frenando el crecimiento estructural del fútbol nacional. Mientras esa realidad no cambie, cualquier éxito de la selección seguirá dependiendo más del esfuerzo individual que de un proyecto institucional sólido.
El Mundial terminó con un campeón merecido y con millones de recuerdos imborrables. También dejó al descubierto que detrás del deporte más popular del planeta existe una organización capaz de ejercer una influencia económica y política pocas veces vista en la historia contemporánea. La FIFA representa uno de los rostros más sofisticados del poder suave global. Sin embargo, cada vez que un niño juega en una calle, cada vez que una familia celebra un gol frente al televisor y cada vez que una afición convierte una plaza pública en una fiesta colectiva, queda claro que el fútbol sigue siendo demasiado grande para pertenecer únicamente a una corporación.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de Bronce.
@onelortiz












