Fui profesor universitario de asignatura antes y durante la pandemia. Esa experiencia más una anterior como asistente de enseñanza a nivel posgrado fueron motivos suficientes para confirmar en carne propia la honda recomposición del método tradicional de enseñanza. La tecnología trastocó los niveles de atención de los alumnos y cambió su grado de interés en el maestro. Los resultados de la última prueba PISA, imperfecta pero útil, debieran alarmar a quienes moldean los sistemas educativos.
Las caídas en lectura y matemáticas de 40 puntos equivalen a unos dos años de escolarización perdida en la OCDE.
Cada tres años, la OCDE —un club integrado por países ricos— publica los resultados de las pruebas escolares realizadas por jóvenes de todo el mundo. El Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA) mide en qué medida los estudiantes de 15 años aplican sus conocimientos y habilidades en lectura, matemáticas y ciencias a situaciones de la vida real. Ciertamente, la estandarización y los sesgos de origen prescriben cautela al comparar países. Pero en un análisis grupal, aun con sus deficiencias, es la mejor medición disponible de los avances y retrocesos en la educación formal, que ciertamente es solo uno de varios pilares del aprendizaje.
Los resultados de este año son desalentadores y deberían encender alarmas. Los puntajes escolares en los exámenes siguen desplomándose a nivel internacional. El bajo desempeño pone de relieve que las sospechas iniciales achacadas al COVID pintaban una historia incompleta. En verdad, persiste un declive sostenido. Las caídas en lectura y matemáticas de 40 puntos equivalen a unos dos años de escolarización perdida en la OCDE. Por ser desarrollados —o a lo menos de ingreso medio alto, como es México—, estos países están menos sujetos a los factores socioeconómicos o nutricionales que condicionan el rendimiento académico en países pobres. Es preciso desenraizar otras causas.
Al sumar que la inteligencia artificial puede enseñar igual o mejor que un profesor una temática focalizada, estudiar es más y más un acto de fe que un beneficio tangible.
La penetración tecnológica es la principal sospechosa detrás del retroceso en los puntajes. Cuando enseñaba a nivel universitario, con desánimo atestiguaba que grupos enteros de estudiantes sintonizaban en plena clase partidos de la Champions League. Otros tantos buscaban refugio en Instagram a la menor pérdida de interés. En casa, los jóvenes enfrentan como dilema cumplir la tarea escolar a la antigua o bien pedir el auxilio de chatbots. Al sumar que la inteligencia artificial puede enseñar igual o mejor que un profesor una temática focalizada, estudiar es más y más un acto de fe que un beneficio tangible. Tener el mundo digital como rival de atención es una batalla perdida de antemano. Una hipótesis razonable es que los déficits de atención sean mayores en países ricos donde los jóvenes tienen más teléfonos y laptops.
Un segundo condicionante es la precariedad laboral en la enseñanza. El neoliberalismo prescribe Estado mínimo y ensalza las virtudes del emprendimiento individual. Aunque otorga un lugar especial a la salud y la educación en el gasto público, sus contradicciones imponen camisas de fuerza. Esa ideología dominante, en manos (o mentes) de malos gobiernos, conduce a derechos laborales acotados, a la estigmatización de los sindicatos y a salarios que crecen por debajo de la inflación o de las remuneraciones de profesiones con menores ganancias sociales. En la práctica, que enseñar se haya convertido en sinónimo de medianía o incluso de sacrificio estoico obstaculiza la captación de talento, dispara el ausentismo y coarta el apetito de educación continua.
La popularidad de los casinos en línea y de aplicaciones como OnlyFans entre menores de edad sugiere que la creciente percepción de un destino inexorable invita a desafiar el camino del aula.
Por último, las crecientes desigualdades de ingreso y riqueza reducen la movilidad social. ¿Por qué un joven habría de estudiar miles de horas cuando tiene como referentes de éxito a un futbolista rico, como Cristiano Ronaldo, a un magnate que abandonó la universidad, como Mark Zuckerberg, a un tiktoker adolescente vuelto millonario con videos de bailes, como Charli D’Amelio, o a un capo de la droga sin estudios, como “El Chapo” Guzmán? Si estudiar no rima con vida digna ni mejoría económica en relación a los padres o vecinos —reales o digitales—, las rutas al dinero expedito seducen al más abnegado. Si solo triunfan en grande unos cuantos, derrochar tiempo es propio de tontos. La popularidad de los casinos en línea y de aplicaciones como OnlyFans entre menores de edad sugiere que la creciente percepción de un destino inexorable invita a desafiar el camino del aula.
Si las expectativas son defraudadas, los hogares adaptarán su comportamiento más temprano que tarde.
La advertencia de la prueba PISA es clara: los métodos de enseñanza tradicional corren peligro. Su amplia aceptación descansa en la percepción de que la educación formal da herramientas útiles para la vida y, sobre todo, el trabajo. Si las expectativas son defraudadas, los hogares adaptarán su comportamiento más temprano que tarde. Ante una alteración sustancial de la relación costo-beneficio de estudiar, las tasas de deserción y autoenseñanza irán en aumento. La pérdida de escala segmentaría y reforzaría privilegios. Uno de los pilares del Estado de bienestar quedaría trastocado. Las derramas sociales caerían. Un mundo mejor sería tarea aún más compleja.











