Hay victorias que se miden en votos y otras que se miden en dignidad. La de Luiz Inácio Lula da Silva reúne ambas cosas. A los 80 años, el viejo tornero metalúrgico que un día fue sindicalista de fábrica dio vuelta a un resultado que parecía escrito y ganó la segunda vuelta con más de 64 millones de votos para vencer al ultraderechista Flávio Bolsonaro, con 51,7% contra 48,2%. Es una remontada sin precedentes y el primer cuarto mandato de la historia de Brasil.
La campaña fue una carrera de obstáculos. Primero, la desinformación bolsonarista inundándolo todo de mentiras. Después, la censura de Meta, una plataforma convertida hoy en el adversario con el que los gigantes tecnológicos pueden inclinar la balanza de una democracia. El algoritmo contra la gente.
Pero Lula no aceptó jugar con las cartas marcadas y su campaña rompió el molde. Dejó atrás la comunicación rígida de los comités y abrió las puertas a la creatividad popular. Nació el Lulaverso, y miles de simpatizantes tomaron los materiales de campaña y los hicieron suyos, con videos, memes y mensajes salidos de las casas, los barrios y los celulares de quienes no esperaron una orden para luchar. La inteligencia artificial, el humor y la cultura pop hicieron el resto. El veterano dirigente sindical se volvió protagonista de una conversación digital que llegó a las nuevas generaciones, esas que nadie creía poder alcanzar.
Mientras, el Ejército de Lula, comandado por André Janones, disputaba la agenda a la ultraderecha en su propio terreno, sin complejos y con la misma contundencia, logró que 10 millones de personas organizadas en WhatsApp sostuvieran la esperanza desde abajo, mensaje a mensaje y familia a familia. La campaña también recuperó los símbolos nacionales que el bolsonarismo había convertido en patrimonio propio. La bandera brasileña volvió a representar a quienes defienden la justicia social y la democracia.
El triunfo de Lula en Brasil es el primer golpe contundente al proyecto reaccionario internacional de Donald Trump, que encontró en el bolsonarismo a uno de sus aliados más fieles en la región. La ultraderecha global se presenta como invencible, con plataformas todopoderosas, dinero y respaldo desde Washington. Brasil acaba de demostrar que no lo es.
Lula lo dijo con claridad: “Vencimos la injerencia extranjera a través de plataformas digitales, vamos a regularlas. Es hora de que el crimen en el mundo digital se trate igual que el crimen en la vida real”.
La lección es para toda América Latina: no basta con denunciar las reglas del juego, hay que disputar el terreno, conquistar la conversación y movilizar a la gente. Incluso en tiempos de hegemonía digital, el poder tiene una frontera que ningún algoritmo controla del todo: la voluntad popular.
Fotografía: Diario Red












