Irán llegó a Biskek, capital de Kirguistán, con el eco de las bombas estadounidenses aún resonando en su territorio. La noche anterior al inicio de la XXVI Cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, Washington lanzó ataques militares contra objetivos en territorio persa, una escalada que buscaba intimidar y aislar a la República Islámica. Pero el mensaje que recibió el imperio fue el opuesto: Irán no está solo. En la cumbre que conmemora el 25.º aniversario de la OCS, el país persa encontró un blindaje colectivo que desafía la lógica imperial.
La OCS, que agrupa a naciones que suman aproximadamente 3.500 millones de habitantes, se erige como una de las formaciones geopolíticas más importantes del mundo. Liderada por China y Rusia, y con gigantes como India, Pakistán e Irán en su seno, representa el contrapeso natural al multilateralismo occidental. Pero en esta edición, la defensa de Irán se ha convertido en el eje político de la cumbre. En la Declaración de Biskek, los países miembros reafirmaron su «apoyo a la soberanía e integridad territorial de la República Islámica de Irán» y abogaron por el arreglo del conflicto «exclusivamente por medios político-diplomáticos». No es retórica vacía: China ratificó que defenderá sus intereses energéticos como comprador de petróleo iraní, y Rusia consolidó su alianza militar y comercial con Teherán.
El mensaje es claro: la Organización no tolera la injerencia extranjera en sus miembros. Para Irán, que ha sido víctima de sanciones y agresiones durante décadas, esta organización funciona como un «paraguas de seguridad» frente a las amenazas externas. Y la cumbre de Biskek ha demostrado que ese paraguas se extiende con firmeza. Además, los miembros debaten la creación de un banco común y sistemas de pago alternativos que permitan comerciar sin recurrir al dólar estadounidense, una iniciativa prioritaria para Irán en su estrategia para eludir el cerrojo económico occidental.
Pero la agenda de la cumbre va mucho más allá de la seguridad tradicional. Los Estados miembros discuten sobre seguridad nuclear y energética, lucha contra el narcotráfico, una postura unificada sobre el cambio climático y una política conjunta de inteligencia artificial. La decisión de adoptar el inglés como idioma oficial, junto al chino y el ruso, busca agilizar los trámites burocráticos de la organización.
La OCS no es la OTAN, ni pretende serlo, pero posee algo quizás más poderoso: la voluntad política de sus miembros para definir un orden internacional basado en la soberanía y el respeto mutuo. Mientras el imperio estadounidense se desangra en guerras comerciales y crisis energéticas, el mundo multipolar avanza, firme, en Biskek. E Irán, corazón de la resistencia, demuestra que la soberanía se defiende con alianzas, no con sumisión.
Fotografía: Diario Red












