Además de la nueva correlación de fuerzas que se genere en el Capitolio luego del 3 de noviembre, las midterms en EE. UU. también importan por su muy posible impacto en el equilibrio de poder del Partido Republicano y en la capacidad política de Trump como líder del movimiento MAGA, el motor ideológico y de movilización indiscutido de la tolda conservadora.
El cuadro general y sus matices
Lo que sostuve en mi artículo anterior, publicado en esta tribuna sobre la elección de medio término, no ha mostrado cambios significativos al día de hoy. En el panorama general, los demócratas siguen dominando la intención de voto y muy posiblemente obtengan la mayoría en la Cámara de Representantes —pese al gerrymandering de los republicanos—.
El Senado, por su parte, sigue siendo una moneda al aire y es ahí donde, justamente, Trump busca equilibrar un resultado electoral que se prevé catastrófico. Aunque en el Senado, progresivamente, las probabilidades de triunfo van aumentando a favor de los demócratas, el pronóstico no puede considerarse cerrado.
Como se afirmó en el artículo referido, ya Trump sabe lo que es perder decenas de escaños de la Cámara de Representantes y aun así retener el Senado en un contexto de alta desaprobación en la opinión pública. Fue lo que ocurrió en 2018, un escenario que, de repetirse, significará una victoria política para el magnate republicano. Y dicho escenario no es completamente improbable.
En el panorama general, los demócratas siguen dominando la intención de voto y muy posiblemente obtengan la mayoría en la Cámara de Representantes, pese al gerrymandering de los republicanos.
Un problema generalizado a la hora de encarar las midterms radica en analizarlas desde la perspectiva de una única elección. Sin embargo, no todos los estados pesan lo mismo a nivel político y económico. Existen diferencias notables en cuanto a donaciones privadas y recaudación de fondos en determinadas carreras al Senado, como también en lo que significa políticamente cada victoria o derrota en un estado decisivo.
En tal sentido, Carolina del Sur o Michigan no tienen el mismo peso que Texas u Ohio para Trump, más allá del hecho de que cada pérdida o ganancia constituye un hito decisivo en la configuración de una mayoría o minoría en el Senado.
Los estados decisivos para el Senado
Recuerde estos estados: Texas, Iowa y Ohio.
En los tres convergen factores estratégicos para el mandatario norteamericano en la carrera por el Senado.
Primero, los candidatos demócratas al Senado están a la delantera, aunque por un margen estrecho, con probabilidades de entre el 50 % y el 60 % de salir victoriosos. Si logran arrebatar esos curules, el riesgo de derrota para Trump es extremo.
Segundo, son algunas de las carreras más costosas de las midterms.
En Texas, se han gastado más de 500 millones de dólares en anuncios y actividades de campaña, y solamente Elon Musk ha inyectado más de 150 millones para impulsar al candidato trumpista, Ken Paxton, a través del súper PAC republicano Senate Leadership Fund.
En Iowa y Ohio ocurre el mismo patrón, con gastos superiores a los 200 y 500 millones de dólares, respectivamente.
Tercero, el valor estratégico de cada estado.
Ken Paxton, en Texas, es el símbolo de la imposición MAGA contra la vieja guardia del partido. Trump lo apoyó en las primarias contra el histórico senador John Cornyn, a quien terminó derrotando.
Ya Trump sabe lo que es perder decenas de escaños de la Cámara de Representantes y aun así retener el Senado en un contexto de alta desaprobación en la opinión pública.
En Ohio, el significado político de la contienda es particularmente especial. Se está disputando el escaño del vicepresidente J. D. Vance. El estado del Medio Oeste ha sufrido económicamente la guerra arancelaria de Trump, un malestar amplificado por los altos costos del diésel y los fertilizantes ocasionados por la aventura militar de la Casa Blanca en Irán.
Sherrod Brown, el candidato demócrata que perdió la elección al Senado hace un par de años, se ha catapultado explotando el malestar de sectores industriales, sindicales y agrícolas. Brown ha adelantado a Jon Husted en las encuestas, lo que ha obligado al candidato republicano a posicionarse contra la guerra de Trump en Irán para simpatizar con un electorado frustrado por los altos precios de los combustibles.
Políticamente, lo que se juega Trump en Ohio es si la base de apoyo de Vance —el hasta ahora seguro sucesor para 2028— resistirá y si el sujeto político fabril del Medio Oeste continuará conectado al movimiento MAGA o, más bien, abrazará al Partido Demócrata.
Por último, Iowa. Al igual que Ohio, este estado agrario central del Corn Belt estadounidense sufre las consecuencias de la guerra arancelaria y bélica de Trump. El daño infligido al poderoso sector exportador de maíz y soja de la entidad ha puesto a la candidata republicana Ashley Hinson contra las cuerdas, viéndose obligada a contradecir al jefe de la Casa Blanca públicamente.
Trump ganó cómodamente en Iowa las tres veces que se presentó a la presidencia, pero los impactos negativos de su errática política exterior han puesto en entredicho su dominio. En el estado agrario, Trump no solo está viendo la sumatoria de un escaño para retener la estrecha mayoría actual en el Senado, sino la afiliación del voto rural como pieza estratégica de la coalición MAGA. Perder dicho estado implicaría el debilitamiento del movimiento que dirige.
Un futuro incierto
En un ensayo para el New York Times publicado hace más de un mes, Michael Brendan Dougherty sostiene con una mirada optimista que las contradicciones internas entre MAGA y los sectores tradicionales del Partido Republicano representan una fortaleza tanto para la organización como para el propio Trump.
El argumento sociológico de Dougherty es sugerente: “Pero cabe señalar que la gente común puede parecer políticamente extraña. Una misma persona puede ser paranoica con las cámaras Flock y estar entusiasmada con la IA, ser antirracista pero crítica con el género, desconfiar de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) pero querer que los aditivos alimentarios estén mejor regulados. Un partido de coalición no intenta resolver exhaustivamente esas contradicciones; simplemente intenta contenerlas y extraer de ellas lo que le resulte útil”.
Recuerde estos estados: Texas, Iowa y Ohio. En los tres convergen factores estratégicos para el mandatario norteamericano en la carrera por el Senado.
Una parte de la reflexión sobre la flexibilidad de la coalición gobernada por Trump de Dougherty tiene asidero en la realidad. Como señala un análisis de Brookings Institute fundamentado en encuestas, “la guerra [en Irán] ha demostrado que el movimiento MAGA es mucho más un grupo de seguidores incondicionales de Trump que un movimiento ideológico con principios claros y firmes”.
Sin embargo, dicha flexibilidad tiene un costo significativo. Según el think tank estadounidense, la lealtad de MAGA convierte a los republicanos tradicionales, que no son pocos, en votantes casi indistinguibles de los “independientes” en la práctica.
El escenario está cargado de profundos dilemas. Una derrota republicana catastrófica en las midterms recaerá sobre Trump, quien será cuestionado por debilitar la competitividad del partido. Pero para quienes conviertan esta crisis en disputa interna, el camino no es lineal y automáticamente victorioso: no hay una opción superadora de Trump —salvo la hipótesis sucesoral de Vance— en el horizonte. MAGA es una coalición-plastilina, que se amolda a las manipulaciones del señor feudal de Mar-a-Lago.
Por ese motivo, las elecciones al Senado en Texas, Iowa y Ohio son tan cruciales, pues allí está en riesgo su sucesor, su modelo de imposición de candidatos (Ken Paxton) y la afiliación del voto rural y fabril al bando conservador. Lo que pase allí influirá en el futuro del Partido Republicano, en sus equilibrios internos y en la posición de Trump como ordenador de facciones en conflicto.
Fotografía: Diario Red












