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México y los retos de ser el último bastión

El verdadero legado de una transformación queda en la capacidad de un pueblo para reconocer lo conquistado y defenderlo cuando sea amenazado

Dos años después del triunfo electoral de Claudia Sheinbaum, la primera mujer en alcanzar la Presidencia de México, el balance no puede limitarse a enumerar conquistas, también debe exigir mirar hacia adelante y preguntarse cuáles son los retos que deberán vencerse para que esas transformaciones sobrevivan a un gobierno, a una generación, sean recordadas en la historia y, sobre todo, defendidas por quienes las vivieron.

El Segundo Informe de Gobierno ocurre en un escenario radicalmente distinto al de 2024. El regreso de Donald Trump convirtió nuevamente la presión sobre América Latina y el Caribe en una política de Estado. México ocupa un lugar central en esa disputa ya que parece haberse convertido en el principal némesis del norte. A ambos países no solo los separa una frontera de miles de kilómetros; los separa una frontera que divide como se debe entender el mundo.

México dialoga entre iguales y ningún interés extranjero puede decidir el rumbo de la nación. Es una definición fundamental frente a una potencia acostumbrada históricamente a considerar América Latina como su zona de influencia.

Por eso no es casual los tres ejes que atravesaron el mensaje presidencial: soberanía, honestidad y derechos sociales.

Frente a Estados Unidos, Sheinbaum reiteró que puede existir cooperación, pero nunca subordinación. México dialoga entre iguales y ningún interés extranjero puede decidir el rumbo de la nación. Es una definición fundamental frente a una potencia acostumbrada históricamente a considerar América Latina como su zona de influencia. Pero la soberanía no termina en el discurso. El desafío será convertir ese principio en capacidad efectiva para establecer límites frente a las presiones de Washington y la actuación de agencias estadounidenses como la DEA, el ICE o hasta a misma CIA que al parecer creen no necesitar una invitación para llegar a casa.

El segundo reto está dentro del propio movimiento. Sheinbaum reivindicó la honestidad, la austeridad y la unidad como principios y recordó uno de los cimientos de su Movimiento: no puede haber gobierno rico con pueblo pobre.

Pero gobernar durante años también produce contradicciones. ¿Cómo impedir que un movimiento popular termine convertido en una estructura burocrática donde la militancia sea sustituida por la aspiración al cargo? La continuidad de la transformación dependerá de fortalecer la organización territorial, fiscalizar a sus propios cuadros y, fundamentalmente, recuperar la formación política. Ya la experiencia no ha mostrado que un movimiento puede ganar elecciones sin necesariamente construir conciencia.

Recuperar una idea que décadas de neoliberalismo intentaron destruir: que una vida digna no es un privilegio sino un derecho y que reducir la desigualdad también es responsabilidad del Estado.

Y ahí es crucial el tercer eje: los programas sociales. Convertir pensiones, becas y políticas de bienestar en derechos significa recuperar una idea que décadas de neoliberalismo intentaron destruir: que una vida digna no es un privilegio sino un derecho y que reducir la desigualdad también es responsabilidad del Estado.

Pero también es cierto que América Latina ya aprendió que en muchos casos mejorar las condiciones materiales no garantiza por sí mismo la continuidad de un proyecto político ni la construcción de la conciencia.

Los gobiernos progresistas de la llamada época ganada redujeron pobreza, recuperaron recursos estratégicos, ampliaron derechos y levantaron nuevamente las banderas de la soberanía parándose de frente contra cualquier potencia que busque someter a los pueblos. Sin embargo, muchas de aquellas sociedades posteriormente giraron hacia gobiernos de derecha que solo prometían desmontar esas mismas conquistas.

Ahí está quizás la principal advertencia para México. No basta con transformar la vida de millones; hay que construir conciencia sobre por qué esa vida cambió.

Ahí está quizás la principal advertencia para México. No basta con transformar la vida de millones; hay que construir conciencia sobre por qué esa vida cambió. No basta con entregar derechos; hay que disputar políticamente su significado. No basta con gobernar bien; hay que organizar, formar, comunicar y renovar permanentemente el proyecto.

Cada proceso histórico tiene sus particularidades, pero América Latina también acumula experiencias compartidas. Hubo victorias comunes, errores comunes y derrotas comunes.

México tiene hoy la posibilidad de aprender de todas ellas. Porque el verdadero legado de una transformación no se mide solamente por aquello que logra mientras gobierna, sino por la capacidad de un pueblo para reconocer lo conquistado, defenderlo cuando sea amenazado y continuar transformando su país cuando quienes iniciaron el camino ya no estén.

Fotografía: Diario Red

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