La fortuna y la red empresarial de Abelardo de la Espriella, presidente electo de Colombia y figura de la ultraderecha, volvieron a quedar bajo escrutinio luego de que investigaciones periodísticas documentaran vínculos patrimoniales, legales y empresariales con el entorno de Hugues Rodríguez Fuentes, conocido como “Comandante Barbie”, exparamilitar y narcotraficante condenado.
El caso más señalado se remonta a 2013, cuando De la Espriella adquirió un predio de 178 hectáreas en Becerril, Cesar, denominado Nueva Jerusalén. La propiedad formaba parte de una herencia de la familia Rodríguez Fuentes y fue vendida por Martha Rodríguez Fuentes, hermana de “Comandante Barbie”, en una zona estratégica por su relación con títulos mineros y expansión carbonífera.
La polémica creció porque el terreno colinda con propiedades vinculadas a Hugues Rodríguez Fuentes, entre ellas la hacienda El Carmen, señalada en informes judiciales y de memoria histórica como un espacio ligado a operaciones paramilitares. Para un político que construyó su campaña desde la mano dura y el discurso contra el crimen, estos vínculos abren una contradicción difícil de borrar.
Las investigaciones también han señalado que De la Espriella representó legalmente a empresas del grupo familiar Rodríguez Fuentes, como Inversiones Rodríguez Fuentes y Carbones Sororia, además de personas cercanas al exparamilitar. A ello se suma la presencia de Elisa Rodríguez Fuentes como accionista de Dominio De la Espriella, empresa relacionada con la producción del Ron Defensor.
El historial profesional del abogado agrega más elementos al debate. Su firma jurídica ha representado a personajes involucrados en escándalos de corrupción, paramilitarismo y crimen organizado, entre ellos David Murcia Guzmán, integrantes del Grupo Nule, el exsenador Jorge Visbal Martelo y Diego Fernando Murillo, alias “Don Berna”, antiguo jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia.
Aunque De la Espriella ha proyectado una imagen de empresario exitoso y dirigente de orden, las revelaciones sobre sus negocios muestran las zonas oscuras que acompañan el ascenso de la ultraderecha colombiana. Su llegada al poder no sólo abre un debate electoral, sino una discusión sobre qué intereses económicos y políticos rodean al nuevo liderazgo conservador del país.
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