Donald Trump elevó de 7 mil 500 a 17 mil 500 el tope anual de refugiados que podrá admitir Estados Unidos, pero la ampliación tiene un destinatario específico: hasta 10 mil sudafricanos blancos adicionales, principalmente afrikáners. La decisión, publicada en el Federal Register, refuerza una política migratoria selectiva que contrasta con el cierre casi total del programa de refugio para otras poblaciones desplazadas por guerras, persecución o crisis humanitarias.
En 2025, la administración Trump había reducido el cupo de refugiados a 7 mil 500 personas, frente a los 125 mil autorizados durante el año anterior, bajo el argumento de priorizar a la minoría blanca de Sudáfrica. De acuerdo con datos del Departamento de Estado citados por medios internacionales, la mayoría de los refugiados admitidos desde el inicio del año fiscal han sido sudafricanos, con apenas unas cuantas excepciones de otras nacionalidades.
El gobierno estadounidense justificó la nueva ampliación con el argumento de una supuesta “situación de emergencia” derivada de un incremento de violencia e incitación racial contra los afrikáners. Sin embargo, el gobierno de Sudáfrica ha rechazado de forma reiterada las acusaciones de persecución sistemática contra la población blanca, mientras organizaciones humanitarias han cuestionado que Washington concentre el programa de refugio en un solo grupo racial y nacional.
La decisión también ocurre en medio de tensiones diplomáticas entre Washington y Pretoria. Trump ha endurecido su postura contra Sudáfrica por su denuncia ante la Corte Internacional de Justicia contra Israel por la guerra en Gaza, además de imponer aranceles elevados a productos sudafricanos y boicotear espacios multilaterales como la cumbre del G20 en Johannesburgo. En ese contexto, la política de refugio aparece también como una herramienta de presión política.
El giro migratorio de Trump exhibe una contradicción central: mientras restringe la entrada de personas refugiadas de países afectados por conflictos como Afganistán, Sudán o Irán, abre una vía preferente para sudafricanos blancos bajo una narrativa promovida por sectores de extrema derecha. Críticos de la medida sostienen que esta política rompe con el principio humanitario de atender a las poblaciones más vulnerables sin distinción racial o ideológica.
Con esta decisión, Estados Unidos no sólo redefine su programa de refugio, sino que lo convierte en un instrumento político alineado con las prioridades ideológicas de Trump. La ampliación del cupo para afrikáners profundiza las críticas contra una administración que cerró la puerta a miles de solicitantes de asilo, pero mantiene abierta una ruta excepcional para un grupo cuya supuesta persecución sigue siendo disputada por el gobierno sudafricano y por organizaciones internacionales.
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