Una de las dificultades más importantes de escribir algo semanalmente consiste en que la realidad cotidiana se mueve a ritmos mucho más acelerados que esta regularidad temporal. No quiero que me malentiendan: yo sé que, si lo necesitara, algunas veces podría publicar mucho antes, pero eso significaría no sólo alterar los tiempos de nuestras publicaciones como medio, sino también dejar de lado muchas otras actividades que, a nivel personal, se me solicitan para mi propio trabajo.
Debido a ello, he tardado tanto en hablar esta vez sobre el atentado terrorista en la zona arqueológica de Teotihuacán. Esto es algo que, además, siento profundamente, porque se trata de uno de los temas centrales de mi propia investigación académica actual: las formas de violencia de la extrema derecha y cómo ésta se legitima a través de un discurso supuestamente neutro que pretende, por un lado, engañar a la gente. Piénsese, por ejemplo, en la facilidad con que ciertos medios de comunicación insistieron en mentir diciendo que se trataba de un “comunista” cuando todavía no teníamos ninguna información; o en cómo, aun con pruebas explícitas en contrario —como videos donde se escucha su intento de imitar un acento español—, se insiste en que se trataba de una persona que “odiaba a los europeos” y que pensaba en términos de superioridad indígena. Por otro lado, ese discurso construye la idea de que es “inútil” o “totalmente irrelevante” discutir sobre la posición política del perpetrador de dicho atentado, algo repetido constantemente por quienes piensan de la misma forma, pero no quieren ser vinculados a esos hechos.
La discusión podría tomar muchos caminos sobre estos dichos. Por un lado, resulta muy problemático que exista gente totalmente deseosa de escuchar algo que se ajuste a sus propios prejuicios para tomarlo como una verdad última: “Se trata de una modificación con inteligencia artificial” —no es verdad—; “mira, aquí está la foto original, en su propio perfil” —jajaja, buena maroma chairo—; “no, en verdad, mira, los libros que está mostrando son otros” —yo no me dejo engañar, soy alguien crítico—. Por otro lado, es tal vez moralmente mucho peor que haya gente que sepa que está mintiendo y lo haga sin importarle; y, políticamente, que no encuentre quien sepa darle la vuelta a ello.
Una semana después del atentado, sabemos, por lo que se ha estudiado, la verdad sobre sus motivaciones: fue realizado por un hispanista, es decir, alguien que piensa, muy torpemente, que lo mejor que le pudo pasar a nuestra tierra es que los reinos que ahora llamamos España —debería ser Hispania porque así lo escribían los romanos…— llevaran a cabo un genocidio y una serie de guerras de conquista y exterminio desde el siglo XVI, y que se sustenta para ello en una supuesta superioridad racial de esos pueblos, homologados e higienizados fuera de sus contextos mozárabes y sefarditas. Era, además, alguien que asumía una postura contra el pensamiento de izquierda, el feminismo y las visiones de equidad social; y, sobre todo, alguien que distaba mucho de estar psicológica o psiquiátricamente “enfermo” en los términos que te aceptarían en el trabajo para faltar un día. La patologización sólo sirve para disculpar a las estructuras, nunca para beneficiar a las personas y, en ese sentido, sólo reproduce los esquemas de dominio existentes: nadie está enfermo, a menos que sea más rentable decir que lo está que aceptar los problemas estructurales presentes en la sociedad actual.
Estas características son mucho más claras si se observan las condiciones del otro enorme ataque terrorista de esta semana: el que se dio contra Donald Trump. El atacante, alguien que colocó una serie de postulados políticos —algunos de ellos cuestionables en su coherencia interna, aunque todos y cada uno totalmente respaldados con la visión gringa de la vida—, buscó ante todo acabar con lo que entendía como un problema social que perjudicaba en primer lugar, a gente mucho menos privilegiada que él mismo. Las disculpas dirigidas en su manifiesto iban encaminadas a ellos: los trabajadores cuya vida diaria se vería dificultada; sus estudiantes, cuyas rutinas se alterarían; sus compañeros, que verían una mayor carga de trabajo; su familia y sus amigos, que serían excluidos, cuestionados y perseguidos por lo que él había hecho.
Por el contrario, lo que nosotros encontramos en nuestro terrorista doméstico es un intento de fama que trascienda su propia mediocridad cobarde. Alguien que no sólo no tenía ninguna característica especial en la vida, sino que además culpaba de ello a otros, especialmente a los menos privilegiados. Que se mostró abiertamente a favor de actores políticos que sustentan estas ideas, como Lilly Téllez o Ricardo Salinas Pliego, y que pensaba que la sociedad tenía una deuda con él, como el junior mencionado, que insiste en que obligarle a pagar impuestos como lo hacemos todos es ser injusto con él.
Viendo estas diferencias, me queda mucho más claro cómo aquellos que insisten en que no debemos problematizar la postura política de quien hace algo legalmente terrible o moralmente reprochable no hacen sino intentar defender sus propias posturas. Cuando alguien insiste en que “hablar de que el terrorista de Teotihuacán es de izquierda o de derecha es igualmente malo”, de lo que se trata no es de ser objetivo: es un intento de ocultar sus propias preferencias y, a partir de ello, construir un discurso que legitime que mañana ellos, u otros que sigan sus ideas, puedan intentarlo de nuevo.
Por eso, el peligro de lo que ha pasado tiene dos niveles distintos. Por un lado, el peligro físico, brutal y terrible, de cualquier atentado. Pero, en segundo lugar, el intento, ideológicamente claro, de naturalizar una forma de entender el mundo que legitime la violencia de derecha como algo alejado de la política que le sustenta.
Intenten engañar a la gente, señoras y señores. Aquí continuaremos mostrando cómo lo hacen.













