Columnas

De dictadores mediocres y sus exámenes

A lo largo de las últimas dos semanas, hemos sido totalmente abrumados en redes sociales por la opinión de algunas y algunos “creadores de contenido” que, asumiéndose de alguna manera como expertos -inclusive presentando “credenciales académicas” como fuente de legitimidad de sus dichos-, han presentado la nada novedosa idea de limitar el voto de la gente en México como algo positivo e incluso, en algunos casos, como una necesidad.

Los “argumentos” -hasta duele un poco llamarles de esa forma- son siempre muy parecidos: como a ellas y ellos no les gusta la forma en que la gente vota y sus candidatos pierden, entonces es claro que la gente “no sabe votar”. Un poco como cuando éramos niños y pensábamos que todos aquellos a quienes no les gustaba el mismo helado que a nosotros no sabían, en realidad, de helados.

La comparación no es banal, pues, en realidad, la postura de estas personas es, siempre y en cada lugar, profundamente infantil y no resiste un análisis serio en absoluto. Es más, les diría a ustedes que está tan mal estructurada que ni siquiera lo merece. Pero vivimos en una época en la que la gente confunde popularidad con relevancia y silencio con aceptación y, por ello, es necesario decir algo sobre ellas.

Quienes iniciaron esta discusión colocaron como parte de su “propuesta” la idea de que, para tener derecho al voto, se debería exigir pasar un examen. Duele un poco verlos, especialmente porque una de ellas se presenta a sí misma como profesora de derecho constitucional y, al mismo tiempo, muestra un profundo desconocimiento técnico de esa materia. En otros lugares y en otros momentos, igualmente, cada uno de ellos -y ella- ha dicho que preferiría vivir en una dictadura. Una, claro, donde se hiciera lo que ellos -y ella- quieren: una güeritocracia; una dictadura del güeritoriado.

En verdad, resulta difícil creer que haya personas intentando limitar los derechos político-electorales de la gente por una supuesta falta de conocimientos y que, al mismo tiempo, cometan errores tan grandes y muestren tanto desconocimiento. Se trata de un argumento boomerang, que se descalifica a sí mismo. Si las opiniones de la gente importan por las credenciales académicas, ¿por qué debería escuchar a alguien que tiene menos que yo? Si es por un examen, ¿por qué debería permitirse que se expresen cuando claramente ellos no lo pasarían? Estas preguntas, que son criticadas como insultantes o soberbias cuando las digo -aunque no sean resultado de lo que yo pienso, sino de sus propias ideas- tienen una respuesta común: las personas con privilegios siempre piensan que los demás son tontos. No es siquiera que no se den cuenta de que lo están siendo: es que construyen, a partir de su propia ignorancia, el parámetro de lo que entienden como conocimiento.

Cuando esta falta de capacidad para darse cuenta de sus propias limitaciones es algo que no se hace conscientemente -como nos sucede a todos, en muchos temas, todo el tiempo-, tiene un nombre “técnico”. Se llama efecto Dunning-Kruger. Se trata de un sesgo cognitivo que hace que la gente que tiene capacidades limitadas en un área específica sobreestime, debido precisamente a sus limitaciones, su propia capacidad en esa área. Pero, en este caso, tenemos algo distinto, algo que no es solamente un efecto involuntario de falta de comprensión, sino un acto que tiene una dimensión consciente basada en relaciones de poder.

Claramente, estas personas tienen una sobreestimación de sus propias capacidades. Son perfectamente incapaces de comprender conceptos sociales complejos -como se ve en los videos-, pero, al mismo tiempo, de verdad creen, en su ignorancia, que son más listas que el resto. Claro que en cierta medida, ellos conocen también sus múltiples limitaciones. Lo hacen porque son seres sociales y conviven con otras personas, personas que son, incluso para ellos, claramente más capaces, mejor preparadas y más inteligentes. Y es ahí donde, cuando son confrontados con esto, ellos -y ella- se valen de las estructuras de poder que los protegen y les dan voz, como si ellas fueran un argumento más a favor de su propia inteligencia.

A la par de este tema -y no muy lejos de él-, hemos escuchado igualmente sobre el examen de admisión de la Universidad Nacional Autónoma de México. Las noticias mencionan que existió un aumento totalmente atípico de los puntajes en esta convocatoria, que se hizo por vez primera -para el sistema presencial, al menos- por vía remota, es decir, por internet. Algunas personas insisten en hacernos creer que “un ambiente seguro”, como el de la casa propia, es suficiente para explicar este aumento y que resultaría ridículo hablar de una trampa generalizada. Pero la desviación es demasiado grande, demasiado focalizada y demasiado específica, para que esa idea se sostenga.

Es perfectamente posible hablar de la injusticia de que exista un examen de admisión para entrar a la universidad y de cómo la reproducción de una visión “meritocrática” nos hace pensar/sentir que hacer trampa es algo totalmente incorrecto. Lo digo en plural porque me incluyo en este sentido. Me parece que las reglas son claras y que romperlas para “beneficiarte” en un sistema de competencia no es solamente algo que te beneficia, sino que perjudica a otros. Y eso me parece moralmente reprobable, aunque esté de acuerdo en la necesidad de universalizar el acceso a la educación universitaria. Precisamente porque todavía no lo es. Aunque, reitero, debería serlo.

Considero aquí posible hacer una analogía. Estoy seguro de que muchas y muchos de quienes hicieron trampa -porque algunos lo hicieron- piensan dentro de ellos mismos que realmente no la hicieron. Sienten, y eso lo sé porque lo escucho, que trabajaron mucho, que se esforzaron y que su propia capacidad de darles la vuelta a las reglas y a las medidas de seguridad muestra ya su propia inteligencia o sagacidad. Hay otros que saben y reconocen que, efectivamente, hicieron trampa, pero se lanzan retadores a decirnos que no podemos hacer nada. Si la universidad decidiera repetir el examen, la gran mayoría de ellos -por no decir “todos”, para no caer en una generalización- podría ganarle a la UNAM en un juzgado. Claro, por lo menos aquellos que tuvieran los recursos y la capacidad de llevar efectivamente la lucha a ese campo.

En estas dos respuestas posibles, sin embargo, es posible observar el mismo tipo de sesgo que vemos en los creadores de contenido que se asumen a sí mismos como “expertos” y colocan sus opiniones no como prejuicios o ideas simples, sino como verdades evidentes mostradas por ellos. Por un lado, porque algunos de ellos verdaderamente confunden su relativo esfuerzo para tener una carrera como creadores de contenido con el esfuerzo que deberían hacer para verdaderamente saber del tema. Es decir, piensan que el número de visualizaciones de su video, el número de “likes”, de veces compartido o de comentarios -o incluso aparecer en los medios de comunicación o en las conferencias de la Presidenta- hace válidos e incluso más valiosos, sus argumentos. Por otro lado, considero que varios de ellos saben, en algún nivel, que están mintiendo, pero entienden que la gente no puede hacer nada porque ellos tienen una voz pública más alta que la del resto. Se trata de la defensa última del privilegiado, que sabe perfectamente que puede mentir impunemente porque tiene poder sobre los demás.

El problema del examen de admisión ha demostrado igualmente la poca certidumbre que nos da este tipo de mecanismos para saber la “justicia” de una selección cualquiera. Si algunas personas -muchas, al parecer- utilizaron mecanismos de “trampa” para pasar el examen, esto sólo puede entenderse como continuación de un sistema injusto de exclusión y privilegio. Los alumnos de zonas urbanas, con cercanía geográfica a los centros de aplicación, tienen ventajas en exámenes presenciales, frente a aquellos que deben desplazarse grandes distancias para llegar a tiempo, así como frente a quienes tuvieron condiciones escolares precarias. Aquellas personas que tuvieron capacidad económica para pagar cursos tienen otra ventaja respecto de quienes no. También la tienen quienes fueron a mejores escuelas o quienes tuvieron tiempo para estudiar sin la presión de buscar su propio sustento…

Estas desigualdades estructurales existen todo el tiempo y afectan muchísimo a gente especialmente brillante. Ahora, imaginemos: un examen para votar. Mientras los niños con privilegios sociales tendrían una materia para ello -con tutores personales si no lo lograran a la primera y condiciones de vida que les permitirían estudiar adecuadamente-, las personas sin ellos tendrían un problema extra en sus vidas: el de no ser reconocidas como ciudadanas por las propias condiciones estructurales que les impiden ganar dicho reconocimiento.

Por ello, en este tema y para mí, no existen razones más allá de la maldad o la ignorancia para pedir algo como un examen para poder votar. Como tampoco debería haber, al final del día, un examen para poder estudiar en la Universidad…

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