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La bandera palestina

La bandera palestina ha significado resistencia global. Se ha convertido en un símbolo de lucha contra el imperialismo

Tres años después del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, el aceleramiento del genocidio palestino ha dejado de ser un conflicto encapsulado en Asia Occidental. La causa palestina está en el centro de la disputa por el orden internacional, mientras Israel atraviesa una crisis política, social y estratégica que ha alterado su relación con Estados Unidos, Europa y buena parte del Sur Global.

Pero hay algo más profundo: Palestina se ha convertido en la medida para probar los tiempos que nos ha tocado vivir. Permitir Palestina ha significado permitir otras muchas cosas. Y la bandera palestina se ha convertido en una bandera global.

La magnitud de la destrucción permite dimensionar la ruptura. Según la evaluación conjunta de Naciones Unidas, Banco Mundial y Unión Europea publicada en abril de 2026, los daños físicos directos ascienden a 35.200 millones de dólares, las pérdidas económicas y sociales a otros 22.700 millones, y las necesidades de reconstrucción a 71.400 millones durante la próxima década. Más de 371.888 viviendas han sido destruidas o dañadas, más de la mitad de los hospitales han dejado de funcionar y prácticamente todas las escuelas han sufrido daños. La economía palestina se ha contraído un 84 % y el desarrollo humano ha retrocedido aproximadamente 77 años. Naciones Unidas estima que Palestina acumula unos 61 millones de toneladas de escombros, cuya retirada podría prolongarse durante años.

Pero la destrucción material es solo una parte. La verdadera ruptura es política y moral. Palestina ha dejado de ser un tema de Asia Occidental para convertirse en una bandera de resistencia global. Y en América Latina, la disputa por las alianzas se ha vuelto el termómetro de esa resistencia. Mientras gobiernos como el de Gustavo Petro rompieron relaciones con Israel y Lula mantuvo una posición frontalmente crítica, el giro a la derecha que ha experimentado la región durante 2026 está generando un espacio nuevo para la diplomacia israelí.

El caso más explícito es Argentina. Javier Milei ha convertido su alianza con Netanyahu en uno de los componentes centrales de su política exterior. En abril de 2026, ambos gobiernos lanzaron los Acuerdos de Isaac, concebidos como un marco de cooperación entre Israel, Argentina y otros países afines en materia diplomática, seguridad, comercio y tecnología. Milei ha definido la relación como una “unión moral, espiritual y política”.

En Colombia, el cambio es todavía más espectacular: Gustavo Petro rompió relaciones con Israel en mayo de 2024, y su sucesor, el ultraderechista Abelardo de la Espriella, prometió exactamente lo contrario. En julio anunció el restablecimiento de relaciones y el traslado de la embajada a Jerusalén, reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán y planteó retirar el apoyo colombiano a la denuncia contra Israel ante tribunales internacionales. En Brasil, el escenario podría cambiar radicalmente si Flávio Bolsonaro gana la segunda vuelta del 25 de octubre: ya anunció que trasladaría la embajada a Jerusalén. Chile, con José Antonio Kast, ha reforzado igualmente su relación con Israel.

Permitir Palestina ha significado permitir otras muchas cosas. Ha significado permitir que se normalice el genocidio, que se premie a quienes lo cometen, que se castigue a quienes lo denuncian. Ha significado que la impunidad se convierta en regla y la justicia en excepción. Pero también ha significado que Palestina se convierta en una bandera de resistencia global, en un símbolo que une a los pueblos del Sur Global en la lucha contra el imperialismo.

La pregunta no es qué pasará con Palestina, sino qué hemos permitido que pase con nosotros mismos. Porque cuando se permite Palestina, se permite todo. Y la resistencia, hoy, es la única respuesta posible.

Fotografía: Diario Red

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