Hay épocas que se reconocen por su olor a ceniza. La nuestra es una de ellas. Las potencias redibujan fronteras mientras el capital nos impone vidas precarias, y la política se reduce a una pregunta elemental: cómo sobrevivir un día más. Ucrania lanza el mayor ataque contra Rusia desde el inicio de la guerra. La Liga Árabe se fractura entre Washington y Teherán. China asume el liderazgo de los BRICS y se convierte en el único mediador posible entre Irán y Estados Unidos. No es una época de certezas: es un interregno, ese tiempo ambiguo entre un orden que muere y otro que no termina de nacer.
Los historiadores advierten que las comparaciones con 1914 son exageradas. Puede ser. Pero las similitudes se acumulan con una obstinación incómoda: nacionalismos inflamados, propaganda industrial, derecho internacional hecho jirones, ambiciones imperiales sin disfraz, militarización acelerada y una rivalidad entre grandes potencias que no admite árbitros. No estamos ante la repetición de la Primera Guerra Mundial, pero sí ante su gramática. Y la gramática, cuando se aprende bien, termina escribiendo los mismos horrores.
La tecnología, que alguna vez fue promesa de emancipación, se ha convertido en la arquitecta de la matanza impersonal. Los drones eliminan a distancia; los algoritmos seleccionan objetivos; las pantallas nos muestran genocidios en directo mientras nos insensibilizan. La guerra ya no exige mirar al enemigo a los ojos. La bayoneta obligaba a ver la sangre; el misil inteligente, no. Esa invisibilidad de las víctimas es la forma más perfecta de deshumanización jamás inventada. El siglo XX nos legó bombardeos sobre ciudades, hambrunas por bloqueos, cámaras de gas, tortura sistemática y genocidios. El XXI aprendió la lección y la perfeccionó: ahora se mata por control remoto, se destruye por satélite, se niega la humanidad del otro con un clic.
Las guerras totales se convirtieron en guerras del pueblo porque la población civil dejó de ser un daño colateral para convertirse en el objetivo central. Se demoniza al adversario hasta convertirlo en un ser odioso, y entonces matarlo parece justicia. Gaza, Cuba, Irán, Venezuela: los nombres cambian, la lógica es idéntica. La barbarie no es un accidente de la historia: es un producto recurrente de un sistema que necesita expandirse, extraer y dominar.
Y mientras las potencias juegan su partida, nosotros nos encogemos. Cada vez más pequeños, más temerosos, más carentes. El tiempo, en un mundo mercantilizado, se ha vuelto moneda de cambio, y ya ni siquiera alcanza para mirar al de al lado. La precariedad nos encierra, nos aísla, nos convence de que la política es un lujo de otros. El capital no necesita que lo amemos: le basta con mantenernos ocupados en no caer.
Pero ninguna era de catástrofe es el final de la historia. Los pueblos detuvieron el fascismo, conquistaron derechos, levantaron la dignidad sobre las ruinas. Hoy la tarea vuelve a ser la misma: romper el aislamiento, politizar el miedo, reconstruir los lazos que el mercado destruye. No podemos aceptar que la guerra sea el estado natural de la humanidad. No podemos permitir que la barbarie se normalice. Frente al interregno, la respuesta sigue siendo la organización, la memoria y la rabia.
Que esta época no nos encuentre de rodillas. Que nos encuentre con los ojos abiertos, las manos tendidas y la certeza de que, mientras alguien mire al de al lado y decida no dejarlo atrás, la barbarie no tendrá la última palabra.
Fotografía: Diario Red











