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Las batallas ganadas

Votar a la izquierda no es una cuestión de fe, es una apuesta pragmática por transformar las condiciones materiales de existencia

A pocos días de la segunda vuelta electoral en Brasil —una contienda cuyo resultado marcará el rumbo de toda la región—, el escenario expone con nitidez las dos visiones en pugna. Por un lado, la derecha de Jair Bolsonaro se apoya en el poder de los grandes capitales y las corporaciones tecnológicas, las cuales han mostrado un claro sesgo al censurar contenidos progresistas y favorecer narrativas de odio. Por el otro, la izquierda de Luiz Inácio Lula da Silva responde con política concreta: la construcción de reformas estructurales que amplíen derechos y sirvan de blindaje social ante la arremetida conservadora.

El ejemplo más contundente de este contraste es el avance hacia el fin de la jornada laboral 6×1. La histórica exigencia de reemplazar los seis días de trabajo y uno de descanso por un esquema de cinco por dos nació de la asfixia cotidiana de millones de trabajadoras y trabajadores. No se trataba de una excentricidad, sino de la realidad de una clase obrera que sacrificaba su salud, su familia y su vida para sostener un modelo diseñado para el beneficio de unos pocos.

Impulsada por el gobierno progresista y promovida fuertemente por referentes como la diputada Erika Hilton, la reforma constitucional aprobada por el Senado reduce la jornada máxima semanal de 44 a 40 horas, beneficiando de forma directa a cerca de 22 millones de personas. La fuerza de este clamor popular fue tal que la ultraderecha no se atrevió a frenarla; el papel de verdugo solitario quedó relegado al exvicepresidente de Bolsonaro, el general Hamilton Mourão, único senador en votar en contra.

Esta victoria, celebrada en centros de trabajo a lo largo de todo Brasil, trasciende el mero cálculo electoral. Aunque el respaldo popular a esta medida alcance entre el 70 % y el 80 % de la población, su verdadero impacto es cualitativo. Lo que demuestra este hito es que la izquierda, aun en contextos adversos, con las plataformas digitales en contra y enfrentando la maquinaria del odio, conserva su capacidad de ganar batallas sociales que benefician a la mayoría sin distinción.

Ese es, en última instancia, el sentido profundo de votar a la izquierda. No es una cuestión de fe ni un dogma ideológico; es una apuesta pragmática por transformar las condiciones materiales de existencia. Mientras la derecha recurre a la censura, la desinformación y la defensa del privilegio, la izquierda legisla, dignifica y transforma. A las puertas de las urnas en Brasil, esa diferencia no se mide en promesas ni en consignas abstractas, sino en algo mucho más sagrado: horas de vida recuperadas para el pueblo.

Fotografía: Diario Red

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