Donald Trump vuelve a elevar el tono contra México y Canadá, pero esta vez su ofensiva puede estar produciendo un efecto contrario al que busca: acelerar el distanciamiento de sus dos principales socios comerciales y empujarlos hacia una mayor diversificación de sus relaciones internacionales.
La imagen difundida por Trump de una América del Norte convertida prácticamente en territorio estadounidense no es solamente una provocación. Es la expresión de una concepción de las relaciones internacionales en la que Washington pretende que sus vecinos funcionen como una extensión de sus intereses económicos y estratégicos. El problema para Estados Unidos es que México y Canadá ya no parecen dispuestos a aceptar esa relación de subordinación.
La escalada comercial lo demuestra. Washington ha utilizado aranceles, amenazas y presiones políticas como instrumentos de negociación, llegando incluso a exigir que Bombardier fabrique en territorio estadounidense para poder vender sus aviones en ese mercado. Canadá respondió con nuevos aranceles sobre productos estadounidenses, mientras México ha insistido en defender su soberanía y su capacidad para decidir su política exterior.
Pero el dato más significativo está ocurriendo lejos de Washington.
Mientras Trump insiste en cerrar filas alrededor de Estados Unidos, México y Canadá comienzan a mirar al otro lado del mundo. Y allí aparece China.
La visita del canciller mexicano Roberto Velasco a Beijing y su encuentro con Wang Yi adquieren una importancia que va más allá de la diplomacia. Ambos gobiernos reivindicaron principios como la soberanía, la autonomía y la no injerencia, y señalaron que su relación bilateral no está condicionada por ningún tercer país.
No se trata de sustituir una dependencia por otra. Precisamente ahí está el desafío. Durante décadas, la integración económica de México con Estados Unidos fue presentada como la única vía posible para el desarrollo. El TMEC profundizó esa estructura hasta convertir a la economía mexicana en una de las más vinculadas al mercado estadounidense.
Ahora, la política de Trump está demostrando los límites de esa dependencia.
Canadá también parece haber entendido la señal. Ottawa no solamente respondió comercialmente a Washington: retomó el diálogo militar con Beijing después de ocho años y su primer ministro, Mark Carney, ha llegado a afirmar que la era del sistema comercial mundial centrado en Estados Unidos ha terminado.
Lo que está ocurriendo, entonces, es más profundo que una disputa arancelaria. La política de Trump está chocando con un mundo que ya cambió, y su rol de mandamás en América del Norte parece estar terminando.
China se ha convertido en un actor económico y político central, mientras distintas naciones buscan diversificar mercados, alianzas y mecanismos de cooperación. Para México, esto abre una discusión largamente postergada: ¿puede existir integración económica con Estados Unidos sin ningún tipo de subordinación política?
La respuesta dependerá de la capacidad de construir una política exterior verdaderamente soberana y de utilizar la posición estratégica de México para diversificar sus relaciones, fortalecer su mercado interno y negociar desde una posición más fuerte.
Trump pretende recuperar el control de su vecindario mediante amenazas y presión económica. Paradójicamente, puede estar consiguiendo lo contrario: que sus propios vecinos comiencen a buscar alternativas menos condicionantes y amenazantes.
Fotografía: Diario Red












