A pocas semanas de las elecciones de medio término en Estados Unidos, y con unas encuestas que muestran una ventaja demócrata sobre los republicanos, Donald Trump parece haber asumido el rol de jefe de campaña y ha empezado a implementar en su propio territorio la estrategia electoral que durante años exportó a América Latina: la guerra sucia del odio y el desprestigio. Lo que antes enviaba al sur del Río Bravo, ahora lo aplica en casa. Y lo hace con la desesperación de quien siente que el poder se le escapa.
Casi como en un par de movimientos desesperados, ha lanzado todas las fichas sobre la mesa. Los golpes contra las y los demócratas, cuando se siente acechado, son cada vez más agudos. Ha indultado a nueve de los últimos once congresistas republicanos condenados por delitos federales, mientras su Departamento de Justicia ha imputado, intentado imputar o emprendido investigaciones contra al menos trece miembros demócratas del Congreso desde que regresó al cargo.
A eso se suma una campaña de odio y persecución política que se ha vuelto parte del manual. Los últimos ejemplos son Abdul el Sayed, Ilhan Omar y Bobby Pulido. Los tres candidatos, además de haberse convertido en amenazas electorales, representan un nuevo Estados Unidos: hijos de migrantes, musulmanes, latinos, mujeres. Todos esos grupos que para Trump siguen siendo considerados subalternos, a pesar de que ya se han vuelto parte identitaria esencial del país.
El caso de Abdul el Sayed, candidato demócrata al Senado por Míchigan, es paradigmático. Trump lo llamó “lunático yihadista” y “simpatizante de terroristas” en su red social, sin aportar ninguna prueba. Lo llamó “Mohammed” —un nombre que no es el suyo— de forma deliberada, para señalar su fe musulmana como una amenaza. Sayed respondió con serenidad: “Sabe que mi nombre es Abdul. Lo dice todos los días. Pero no solo me ataca a mí. Nos ataca a todos. Cree que puede usar mi nombre y mi fe para distraernos del sufrimiento que sus políticas nos causan”.
El caso de Ilhan Omar es aún más grave. Agentes federales del ICE allanaron su vivienda en Washington, en una operación que la congresista demócrata calificó como “un intento de atacar a enemigos políticos e instrumentalizar las fuerzas de seguridad federales”. La investigación, según fuentes oficiales, gira en torno a un supuesto “fraude migratorio” relacionado con documentos presentados por su difunto padre cuando ella era niña. Omar tiene 44 años, es ciudadana estadounidense desde hace 26 y representa a Minnesota desde 2018.
El caso de Bobby Pulido es distinto, pero igualmente revelador. El cantante de Tex-Mex, ganador de dos Latin Grammys, es candidato demócrata en el Distrito 15 de Texas, una zona donde el 90 % de la población es latina. Su popularidad es tal que ha realizado más de 70 presentaciones gratuitas en quinceañeras y eventos comunitarios, recolectando datos de votantes mientras canta. Su sola presencia ha puesto en apuros a la representante republicana Mónica De La Cruz, a pesar de que Trump ganó ese distrito por 18 puntos en 2024.
El patrón es claro: Trump no compite con propuestas, compite con miedo. No debate ideas, fabrica enemigos. No respeta instituciones, las usa como instrumento. Su estrategia no es nueva: es la que aplicó en América Latina durante años. La diferencia es que ahora tiene a los hombres más ricos del mundo dispuestos a sostener la arremetida. Solo en tres meses, el billonario Elon Musk ha puesto más de 270 millones de dólares en la tarea de rescatar a los republicanos.
La elección de noviembre no es una elección legislativa más. Es un ejercicio plebiscitario de la administración MAGA y también la normalización de un método: el de quien considera que todo se vale para conservar el poder.
Fotografía: Diario Red












