Miles de personas participaron en Washington en un mitin cristiano nacionalista presentado como un “día de oración”, pero con un claro trasfondo político en favor de Donald Trump y su agenda presidencial. El acto, encabezado por el líder republicano de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, reunió a pastores conservadores y funcionarios del gobierno estadounidense en torno a una narrativa que busca presentar el proyecto trumpista como una supuesta misión religiosa, en pleno año del 250 aniversario de la Declaración de Independencia.
Trump no asistió físicamente al encuentro y prefirió mantener actividades privadas, pero envió un mensaje grabado en el que apareció leyendo un pasaje bíblico. La participación del mandatario, junto con los mensajes en video del secretario de Guerra, Pete Hegseth, y del secretario de Estado, Marco Rubio, reforzó la dimensión política del evento, que fue utilizado por sectores de la derecha religiosa para vincular la historia nacional de Estados Unidos con una interpretación cristiana conservadora.
El acto generó cuestionamientos porque, pese a que la Constitución estadounidense prohíbe al gobierno establecer una religión oficial, los organizadores recibieron recursos públicos para realizarlo. La puesta en escena incluyó imágenes de los fundadores de Estados Unidos acompañadas por una gran cruz cristiana y símbolos asociados al poder federal, en un intento por reinterpretar los orígenes del país desde una visión religiosa que omite las contradicciones históricas de su fundación.
Durante su intervención, Mike Johnson defendió la idea de que Estados Unidos nació sobre principios bíblicos de igualdad, aunque esa narrativa contrasta con el hecho de que, al momento de la fundación del país, solo hombres blancos con propiedad podían votar y millones de personas permanecían esclavizadas. El discurso republicano buscó presentar al país como una nación excepcional y moralmente superior, mientras acusó a sus críticos de promover ataques ideológicos contra esa versión de la historia, una línea frecuente dentro del movimiento trumpista.
Marco Rubio también se sumó al tono religioso del encuentro al defender la idea de que Estados Unidos fue moldeado por una visión cristiana desde sus orígenes. Su mensaje reforzó una lectura política que coloca al cristianismo conservador como eje de identidad nacional, en momentos en que el gobierno de Trump enfrenta críticas por impulsar una agenda que mezcla nacionalismo, religión y poder estatal, pese al principio histórico de separación entre Iglesia y Estado.
Organizaciones civiles y voces cristianas progresistas rechazaron el carácter del evento y advirtieron que no se trató de una ceremonia religiosa amplia, sino de un acto político diseñado para fortalecer la base ideológica de Trump. Public Citizen calificó el encuentro como un programa cercano a una “Iglesia de Trump”, mientras líderes religiosos progresistas alertaron que la rededicación simbólica del país favorece una versión estrecha de la fe cristiana y pone en riesgo el compromiso estadounidense con la libertad religiosa.
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